Stevan (Atrapada y rendida nº 2) Epílogo
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Epílogo

◆Malek◆

A principios de 2027, meses después de aquella primera reunión en Canary Wharf, estaba en la cocina del cuartel general, viendo cómo el nuevo Pakhan perdía una discusión sobre café.

—Es un café de filtro —dijo Stevan—. Tarda cuatro minutos.

—Debería tardar quince segundos —dijo Bianca desde la encimera, con una bota apoyada en un taburete—. Roman, díselo.

—Yo no me meto —dijo Roman desde debajo del fregadero, donde estaba arreglando algo que nadie le había pedido que arreglara.

—Cobarde —dijo Bianca.

—Vivo —dijo Roman—. Hay una diferencia. Lev lo decía siempre.

Nadie dijo nada durante un momento. Bianca alargó la mano y le dio un golpecito en la cabeza a Roman.

Él soltó una risa corta y el café acabó de colarse.

Ahora hablaban de Lev. No constantemente, no para sentirse mejor.

Simplemente, no fingían que se hubiera esfumado solo porque doliera decir su nombre.

Me apoyé en el marco de la puerta con el café que me había preparado yo en menos de un minuto, como un ser humano civilizado.

Lo exasperante era que su sistema funcionaba.

Stevan dirigía una organización que prestaba atención a sus propios registros.

Los consejos se reunían en las fechas previstas y las pensiones de las viudas salían el día uno de cada mes.

Cuando un jefe de Marsella intentó sisar del fondo, los auditores de Kazimir lo pillaron en nueve días.

Bianca dirigía los frentes occidentales desde un escritorio sembrado de mapas y fruta a medio comer.

Lo desautorizó dos veces en enero. Él recurrió una vez, perdió y se quedó absurdamente satisfecho.

Daba casi asco lo bien que funcionaba.

—Estás poniendo la cara —dijo Stevan, sin volverse.

—¿Qué cara?

—La que significa que algo te gusta y te molesta que te guste.

—No me molesta nada. Soy un hombre de paz. —Bebí un trago de café—. Solo me pregunto cuánto tardará alguien en quemar este cuartel general tan doméstico de la Bratva.

—Roman ya lo ha intentado —dijo Bianca.

—Eso fue la tostadora —dijo Roman, con voz amortiguada—. Y la habían provocado.

Stevan me miró por encima de su taza. Casi cuatro meses como Pakhan le habían dejado algunas canas en las sienes. Parecía cansado, pero ya no parecía que alguien pudiera quitarle el puesto antes de la hora de comer.

—No has volado desde Kiev para quejarte de nuestro café.

—No.

—Ven, acompáñame.

Subimos a la azotea. El Támesis se veía gris y el cielo estaba muy bajo; el viento olía a lluvia y a tráfico fluvial. Stevan sacó uno de esos cigarrillos que le había prometido a Bianca que iba a dejar. No lo encendió.

Le entregué una carpeta fina de papel manila.

Dentro había tres registros de carga de Róterdam y un fragmento de tráfico radiofónico interceptado. Cada envío estaba vinculado a uno de los antiguos proveedores de Mikhail; a todos los habían vigilado lo suficiente para identificar su destino antes de que nadie interviniera.

—¿Aduanas? —preguntó, pasando la primera página.

—Aduanas normales, no. Nadie coordina una vigilancia en tres jurisdicciones sin dejar rastro a menos que se mueva desde algo más grande. Quien está haciendo esto no pretende quedarse con la carga. Está averiguando a quién iba destinada.

Pasó una página.

—De Mikhail.

—De los viejos acuerdos de Mikhail. Algunos los conocía. Otros habría jurado que no tenía imaginación para montarlos. —Le quité el cigarrillo sin encender y lo partí en dos—. Alguien está leyendo esos libros de cuentas mejor que nosotros. Y lo está haciendo sin pedirnos permiso.

—¿Es una amenaza?

—Una pista. Puede convertirse en amenaza. Eso es lo que pienso averiguar.

Se quedó callado un momento, mirando el agua. Abajo, en alguna parte, se oyó débilmente la risa de Bianca por algo que había dicho Yuri.

—Quieres ir tras esto tú solo.

—Quiero averiguar quién lo está coordinando. —Di un golpecito en el registro de Róterdam—. Los mismos tiempos, la misma contención. El equipo se acerca lo justo para identificar a los compradores y luego desaparece antes de que nadie pueda echarles el guante. No sé quién está detrás.

—¿Algún indicio de quién los dirige?

—Una voz, en un fragmento del tráfico de radio de Róterdam, llamó señora a otra. Podría significar que una mujer estaba al mando. Podría no significar nada. Es el único detalle que tengo, y no voy a jugarme toda la investigación a eso.

—Es una pista muy pobre.

—Las pistas pobres siguen siendo pistas, imbécil.

Algo parecido a una sonrisa. Luego se puso serio.

—Podría ser una trampa. Si Mikhail dejó algo montado, te estarías metiendo solo en la boca del lobo.

—Tengo gente que puede ayudar. Vlad puede revisar los registros sin dejar al descubierto la situación de Valentin. Kazimir conoce a los viejos proveedores de Mikhail mejor de lo que admite. Y no voy a meterme en la operación de un desconocido sin averiguar primero quién me espera.

—Te lo contará cuando esté listo.

—Me lo contará cuando resulte inoportuno. —Me aparté del pretil—. Que es lo mismo, pero en peor momento.

El viento arreció. Stevan me apretó el hombro una vez antes de que nos dirigiéramos a las escaleras. Era su versión de un discurso de despedida. Por suerte, fue breve.

—Ten cuidado, hermano.

—Nunca.

—Entonces sé útil.

—Eso está mejor.

De vuelta abajo, Bianca me había robado el café.

Roman estaba de pie junto al fregadero desmontado, con grasa en las manos y la victoria en la cara.

Yuri le explicaba a alguien que su bufanda era una necesidad médica, no un capricho de moda.

Los miré un momento. Habían perdido gente.

Habían construido algo que quizá sobreviviera a la próxima pelea.

Para una panda de lunáticos, aquello bastaba como final feliz.

Fuera, mi coche estaba aparcado sobre la doble línea amarilla.

El móvil se me iluminó con un mensaje de un número desconocido: unas coordenadas y una hora.

Mañana a las once de la noche. Ni nombre ni explicación.

Reenvié la ubicación a mi propio equipo para que la comprobaran antes de ponerme al volante.

Luego arranqué el motor. Quien hubiera mandado ese mensaje tendría toda mi atención. Eso no significaba que fuera a pillarme a solas.