Stepanov (Lazos de sangre y pasión nº 7) Prólogo - El eco de un roce
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Stepanov (Lazos de sangre y pasión nº 7)

Stepanov (Lazos de sangre y pasión nº 7)

Por Miranda Holt

© inepub.com

Prólogo - El eco de un roce

Faína Stepanov

La habitación todavía huele a nosotras dos. Las sábanas de seda negra se arrugan bajo mi cuerpo y el aliento de Elena, caliente y lento, me roza la nuca. Debería sentirme saciada. En cambio, siento un vacío que ni el orgasmo más violento puede llenar.

Elena duerme con un brazo echado sobre mi cintura. Es posesiva incluso dormida. Las luces de la ciudad dibujan sombras fantasmales en el techo y me quedo observando cómo sube y baja su pecho. Cada respiración es un recordatorio: estoy aquí, pero no pertenezco a este lugar.

—Nunca duermes después... —su voz sale como un murmullo ronco, y noto que abre los ojos contra mi nuca.

—Dormir es un lujo para quienes no tienen fantasmas.

Se incorpora apoyándose en un codo. Su cabello rubio cae en cascada sobre el hombro y sus ojos, azules como hielo a punto de derretirse, me recorren con una intimidad que debería haberme hecho huir hace mucho.

—Algún día deberías intentar confiar en alguien.

No es una petición. Es un diagnóstico que insiste en repetir cada vez que nos vemos.

—La confianza es más peligrosa que cualquier arma. —Mi propia risa suena hueca.

Desvío la mirada hacia la ventana. Ahí fuera está Verona, brillando como una herida abierta en mi memoria.

—¿Qué te pasa por la cabeza ahora mismo? —Elena me toca la barbilla y me obliga a mirarla.

Por un segundo, dudo, y eso es algo que nunca hago.

La mentira siempre está lista en la punta de mi lengua, afilada como una de mis navajas.

Pero su rostro invade mi mente sin permiso.

Con ese cabello rojizo que parece fuego a punto de apagarse.

Ojos demasiado claros, como si pudieran ver a través de mi piel.

Y esa voz. Dios, esa voz, de una calma irritante, que pronunció mi nombre como si fuera una de las siete maravillas del mundo.

Yo, precisamente yo, una mujer rota de la peor manera posible.

—¿Quién es él? —Elena se da cuenta.

Claro que se da cuenta. Conoce los lugares donde olvido esconder las grietas.

—¿Él? —Frunzo el ceño, intentando ocultarle la verdad.

—El hombre en el que estás pensando. —Dejo escapar un suspiro.

—Un problema. —La palabra me sale más áspera de lo que pretendía.

—No sueles tener problemas con los hombres. —Sonríe, pero la sonrisa no le llega a los ojos—. Que yo sepa, los usas, los rompes y desapareces de sus vidas.

—Él no es como los demás. —Mi voz vacila al final de la frase.

Una grieta diminuta, pero Elena la capta como un maldito sabueso.

—Eso suena peligroso.

—Sí, y mucho.

Se acerca más. Sus dedos se deslizan por mi mandíbula y le permito tocarme. Porque, por un momento, su roce me ancla al presente. Me recuerda que estoy hecha de carne y sangre, no solo de las cenizas que arrastro.

—Cree que sabe quién soy. —La confesión se escapa como veneno de una herida.

—¿Y eso te molesta? —Sus ojos están clavados en mi rostro.

—Mucho.

—Tal vez porque tiene razón.

Le agarro la mano antes de que se deslice hacia mi cuello. Mis dedos se cierran sobre los suyos con fuerza repentina. Siento un pulso acelerado contra la palma. Me detengo un segundo y me doy cuenta de que no es el suyo. Es el mío.

Maldita sea.

—No soy quien él cree que soy.

Elena ladea la cabeza. El gesto es tan familiar que duele. Es el mismo que hace cuando desmantela una de mis mentiras, pieza por pieza, hasta dejar la verdad cruda y desnuda ante mí.

—Entonces, ¿por qué sigue en tu cabeza?

El silencio que sigue es un abismo enorme. Podría mentir y decir que es solo orgullo herido, o la incomodidad de que un extraño se haya acercado demasiado. Pero Elena merece más que eso. Y en el fondo, merezco sentir el peso de la verdad.

—Porque me miró como si ya me hubiera visto antes. —La frase me sale baja, casi inaudible—. Y no era deseo lo que había en sus ojos. Era una especie de reconocimiento.

No responde. Solo me observa, y en esa mirada hay algo peor que el juicio: comprensión. Y no sé qué hacer con eso.

Pero algo cambia cuando Elena se acerca despacio y me besa.

No es el beso perezoso de antes, lleno de satisfacción y afecto. Es un beso de reclamo. Me muerde el labio inferior y la sacudida de dolor me arranca un gemido que resuena en la habitación vacía. Sus manos ya están sobre mi cuerpo, sin pedir permiso, tomando posesión de lo que desea.

—Quiero que olvides su nombre... —susurra contra mi boca. La exigencia me calienta por dentro como el vodka al bajar por la garganta.

—Ya lo olvidé. —Una mentira deliciosa.

Elena se ríe, un sonido profundo y oscuro. Sus manos me empujan de nuevo contra las sábanas. La seda negra se pega a mi piel sudorosa y el contraste entre la tela fría y el calor de su boca en mi cuello me hace arquear la espalda, pidiendo más.

—Eres una mentirosa terrible, Faína. —Me muerde donde el cuello se une al hombro y hundo los dedos en su cabello rubio, tirando con fuerza para apartarla.

—Y tú eres una distracción terrible.

Pero me demuestra que estoy equivocada.

Las manos de Elena se deslizan por mi vientre con lentitud cruel y contengo la respiración cuando sus dedos encuentran el punto exacto donde todavía estoy sensible de nuestra primera ronda.

Elena conoce mi cuerpo mejor que yo. Sabe dónde presionar, dónde arañar y dónde susurrar obscenidades en italiano entre dientes, solo para verme perder el control.

—¡Estás mojada pensando en él! —me acusa, pero hay una sonrisa en su voz—. Puede que no lo creas, pero me excita.

—No estoy pensando en nadie. —La negación es inútil, porque mi cuerpo me traiciona a cada segundo.

Elena persiste y el mundo se reduce al movimiento de sus caderas contra las mías.

Aplico un poco de fuerza y la volteo con un movimiento brusco para tomar el control.

Veo sus ojos brillar con sorpresa y lujuria.

Coloco una pierna entre las suyas y comienzo a frotar mi muslo contra su abertura hasta que siento su clítoris endurecido contra mi piel.

Me apoyo mejor en la cama con una mano cerca de su cintura y la otra sujetando su cadera mientras me muevo contra su piel en busca de mi propio placer.

Acelero mis movimientos como si quisiera demostrar algo. No a ella, sino a mí misma, o simplemente al fantasma de ese escocés que insiste en quedarse en mis pensamientos y que, para diversión de mi mente, puedo ver materializado en la esquina de la habitación observándome mientras me follo a Elena.

—Eso es —jadea, y sus uñas se clavan en mis muslos—. Muéstrale quién manda.

No respondo a sus provocaciones. Solo me muevo más rápido, sintiendo un frenesí en mi cuerpo. Sigo moviéndome hasta que no quedan pensamientos, solo nuestras pieles frotándose, la mezcla de mi sudor con el suyo y el sonido húmedo de nuestros coños queriendo encontrarse.

Cuando llega el orgasmo, es como una fractura. El placer me atraviesa y, por un segundo, todo lo que veo es blanco. Oigo a Elena gemir mi nombre y después solo silencio.

Con algo de esfuerzo, logro calmar la respiración con el rostro hundido en la almohada junto al de Elena. Ella me acaricia la espalda, trazando círculos perezosos entre mis omóplatos.

—¡Ahora a dormir! —ordena, y su voz ya está cargada de sueño.

Aun así, no puedo, y finjo estar dormida. Cierro los ojos y acompaso mi respiración a la suya. Pasan quince minutos hasta que su brazo se afloja a mi alrededor y su respiración se vuelve un poco más profunda.

Entonces me levanto.

El suelo de la habitación está frío bajo mis pies descalzos. Recojo las bragas del suelo, los pantalones de cuero de la silla y la camisa negra arrugada cerca de la puerta. Una vez vestida, me convierto en otra persona al reconocer en el espejo a quien lleva la máscara de nuevo en su sitio.

En la mesita de noche de Elena, entre un pintalabios usado y un frasco de perfume, está mi teléfono. Veo la pantalla iluminarse y, cuando toco el icono de mensajes, aparece su nombre.

Hugo.

Su nombre está ahí, en la lista de contactos, por una simple presión que no supe rechazar en su momento. Pero quizá fue porque creí en una promesa que nunca debí hacer. El último mensaje es suyo. Lo leí, pero nunca lo respondí.

Hugo: Sé dónde estarás mañana.

No era una pregunta. Lo estaba afirmando y, por alguna razón, eso me aterró.

Debería bloquearlo. Sobre todo porque no puedo cambiar de número sin levantar más sospechas que si simplemente dijera la verdad sobre Hugo.

Pero mis dedos no obedecen. En su lugar, escriben:

Faína: Demuéstralo.

Y pulso enviar antes de que la razón recupere el control, porque siempre lo hace. Termino de arreglarme y siento el teléfono vibrar de nuevo. El corazón se me acelera y odio cada latido.

Hugo: Teatro romano. Mañana, medianoche, y no llegues tarde, Stepanov.

Hijo de puta, hasta tiene que demostrar que es un mandón.

Miro hacia la cama. Elena se ha dado la vuelta, con el pelo rubio esparcido sobre la almohada oscura. Parece un ángel caído en mi cielo de oscuridad. O quizá solo sea una mujer que cometió el error de amarme.

—¿Me echarás de menos? —pregunto en un susurro.

Pero no responde, y creo que es mejor así.

Salgo de la habitación sin hacer ruido. Bajo las escaleras de su casa y oigo los peldaños crujir bajo mis pies. Cuando llego al pequeño vestíbulo del edificio, está vacío. El portero ni siquiera levanta la vista del periódico cuando paso, lo cual me viene de perlas.

Fuera, Verona está húmeda y cálida, incluso a medianoche. Las piedras de las calles brillan como si hubiera llovido, pero el cielo está despejado. Creo que es solo la ciudad susurrando sus secretos.

Mientras camino, saco un cigarrillo y lo enciendo. Doy una calada y retengo el humo para controlar un poco más la ansiedad. Cuando lo suelto, se eleva en espirales perezosas y lo observo disolverse en la oscuridad de la noche.

Hugo Furquim.

Su nombre resuena en mi cabeza como un disparo en una catedral vacía.

Nos conocimos hace poco más de tres semanas. Yo estaba entrando en un bar sucio de Milán. Él estaba sentado solo, bebiendo whisky como si fuera agua, y supe de inmediato que no era como los otros hombres que se cruzan en mi camino.