Capítulo 9 4
Keira L. Sant Delphi
Me despierto con dolor de tripa.
En realidad, no es la tripa, es más arriba, en la boca del estómago. Quizá debería ir a ver a la hermana de Darcy. Quizá mi terapeuta tenga algún remedio.
Alek no dice mucho cuando bajo a desayunar.
Quizá tenga que ver con lo que hablamos ayer. Compartimos algunas miradas mientras el silencio se extiende. Estoy nerviosa por todo y no sé bien qué decir, estoy a punto de soltar cualquier tontería que llene el silencio cuando Darcy llama a la puerta.
—Voy yo —digo incapaz de lidiar con la tensión.
Dante me sigue, moviendo las orejas al trote. ¿Debería guardarle rencor por lo que me ha pasado? Pfff, imposible, es demasiado mono.
—Buenos días, reina de mi corazón. ¿Estás lista?
—Gracias por esto —le digo dándole un buen abrazo.
—Vaya, ¿este abrazo no viene con tarta? ¿Me discriminas por no ser una montaña? —se burla y le doy un golpe en la espalda, sin soltarla.
—¿Preparada? —pregunta cuando nos detenemos frente a la casa en la que he crecido.
Podríamos haber venido caminando, pero necesito arrancarme ya esta tirita.
—Ajá.
—Mentirosa.
—Ya te digo.
—Tienes todo mi apoyo.
Me da un apretón en la mano antes de soltarme y entramos en casa.
—Buenas. —Saludo en voz alta, pero las voces, que se oyen lejanas, no responden.
Se suponía que llegaban dentro de media hora, nosotras nos hemos adelantado, pero cuando entramos, las maletas están abiertas. Vacías. Desperdigadas por aquí y por allá.
Las han deshecho. Y por lo que oigo, parece que están preparándose para ir al trabajo.
Llegaron anoche. Quizá antes, puede que estén aquí desde ayer por la tarde.
Miro a Darcy a mi lado. Sus ojos lanzan chispas de rabia colérica y su delicada mandíbula está tensa de narices.
—Anda, ¿tú no venías esta tarde? —dice un tío, que no sé quién es.
Por descarte, supongo que es James.
—¿Y vosotros no llegabais dentro de media hora?
—Se nos adelantó el vuelo y no quisimos sacarte del hospital.
—Ya me habían dado el alta.
—¿Y dónde dormiste anoche? —pregunta, como si tuviera algún derecho en meter las narices en mis asuntos.
—¿Y a ti qué coño te importa dónde dormí?
—Durmió conmigo, somos íntimas —dice Darcy, dejándolo tonto al ponerme un brazo sobre los hombros.
—¡Hola, cielo! —mamá entra en el salón y da una palmada al verme—. Qué preocupados nos tenías.
—Te hemos echado mucho de menos —dice Saorise.
—Había muy mala cobertura en el hotel y en las tiendas de París, por eso no te pude llamar, preciosa —mamá me planta un buen puñado de besos sonoros en la mejilla y Saorise otro en la frente.
—¿Cómo te encuentras, hija? —pregunta mi padre mirando el periódico.
—Keira —saluda Arnau, mi tío, del que tengo tan pocos recuerdos como de mi padre.
—Tuve un accidente —digo mirándolos uno a uno—. Me atropellaron y me desperté en el hospital sin recordar nada. Actualmente, apenas recuerdo nada.
Apenas es la palabra clave.
La tarde con Darcy ayudó.
La noche con Sant Delphi todavía más.
«—Lo mejor será que vuelva con mi familia —digo—. Al menos por un tiempo.
Tarda unos cuantos segundos en responder. Si su cuerpo fuera una estatua de hielo, se partiría de la tensión que emana.
—¿Es lo que quieres?
—¿Querer? No. La verdad es que no. No sentí ni una sola emoción buena al entrar en esa casa.
¿Pero cuando entré en la tuya? Fue todo lo contrario.
Este lugar me da paz. Pero en honor a la verdad, estoy bastante convencida de que no tiene mucho que ver con estas paredes.
Eres tú. En el coche también me pasó. Me das paz. Mi cuerpo te quiere.
—Entonces quédate —pide y el tono es tan grave y profundo que dudo si le habrá arañado la garganta.
Se acerca a mí y noto el cosquilleo acentuándose.
—Darcy me ha contado cosas maravillosas de ti. Y sé, en el fondo, que son ciertas. No quiero hacerte daño. No quiero ser la decepción personificada cuando, día tras día, no me acuerde de ti.
—Podemos volver a empezar.
—¿De qué estás hablando?
—Hola —extiende la mano hacia mí—, me llamo Alek Sant Delphi. Soy un neurocientífico al que no le gusta mucho tratar con la gente, con una recién descubierta afición por el atletismo.
Se la acepto. Me encanta el contacto, lo disfruto.
—¿Te rindes alguna vez, Sant Delphi?
—Contigo no. ¿Qué me dices?
—Si esto se vuelve insoportable para ti o muy doloroso, tienes que parar.
—Respóndeme, anda.
—O si quieres alterar algún apartado de nuestro contrato verbal vinculante entre estas cuatro paredes…
—¿Qué me dices, extraña?
—¿Extraña? —resoplo—. Que golpe más bajo —sonrío—. Te digo que sí, Alek Sant Delphi. Es un placer conocerte, me llamo Keira, pero solo por ser tú voy a dejar que me llames Lauren».
Se miran unos a otros.
No como si les hubiera puesto en un compromiso, sino como si estuvieran dudando si prolongar más este teatro o no.
Joder. J-o-d-e-r, de verdad que no me quieren. El nudo aparece en mi garganta demasiado pronto.
—Cielo, es que estábamos muy lejos.
—No podíamos teletransportarnos —dice Saorise resoplando con los brazos en jarras.
—Tengo entendido que mi mejor amiga contactó con vosotros en cuanto ocurrió. Eso fue hace más de una semana.
Darcy alza la mano y mueve los dedos.
—¿No podías haberte olvidado de las pataletas cuando sufriste amnesia? —pregunta mi padre haciendo sonreír a mi tío.
—¡Flink! —lo regaña mi madre, de aquella manera.
Sin un gramo de seriedad. Me pregunto si siempre fue así de evidente. O si crecer en este ambiente con cero validación me hizo dudar de hasta el último paso que daba.
El golpe en el pecho que han sido las palabras de mi padre me atonta lo suficiente como para estar a punto de perderme a Darcy diciendo:
—Si son una puta mierda de figuras paternas, podrían al menos ir de frente. No nos gusta perder el tiempo.
—¿Perdona? —mamá suelta un jadeo de ofensa llevándose la mano al pecho.
—¿El paripé es para que os dé el dinero que me va a dar North Star al acabar el curso? —pregunto y de nuevo se hace el silencio—. ¿O es porque tenéis fe en que consiga una buena posición en los Nacionales y queréis iros de viaje a mi costa?
No lo niegan. Repito. No. Lo. Niegan.
La garganta me duele tanto que no puedo decir nada más. Están obligándome a recuperar recuerdos que no quiero tener, que prefiero quemar y ver desaparecer para siempre.
He llorado tanto en esta casa que dudo si alguna vez he sido feliz en ella. Joder, dudo si soy corredora porque en el fondo, huía de todos ellos.
—¿Has acabado con tu pataleta? —pregunta mamá—. Sabíamos que estabas bien y que iban a darte el alta, por eso no volvimos. Siento que lo hayas interpretado así, pero no debería pedirte perdón si has tergiversado la historia para hacernos los malos de la película.
—Deberíamos irnos ya a entrenar, Keira —dice Arnau y por el deseo lascivo con el que me mira las piernas, creo que voy a acabar vomitándole encima.
—No vais a quedaros con ninguno de mis futuros premios. He venido a deciros que a partir de ahora las vacaciones van a tener que salir de vuestros bolsillos.
—Tus premios pagan el sueldo de tu entrenador —replica mi padre, rojo de furia, sacudiendo el periódico.
—Entiendo —miro a Arnau—. Estás despedido.
—¡Argh, dios, no la aguanto más! —chilla Saorise—. ¿Cuánto tiempo más tengo que perder aquí para que la obliguéis a firmar lo que sea?
—Yo que tú cerraría la boca —interviene Darcy—. Antes de que, no sé, alguien te obligue a hacerlo.
—¿Y esta niñata quién se cree que es? —Saorise se acerca con su puntiaguda nariz arrugada.
—Soy la que te va a dejar calva como vuelvas a hablar mal a mi mejor amiga.
—¡Pero serás!
Me interpongo en el camino de mi hermana mayor y evito que alcance a Darcy.
—¿Sabes qué? En realidad, a ti te compadezco tanto como a mí, Saorise —miro a mamá—. Eres tú la que nos educaste para odiarnos, pero a ella no la hiciste más fuerte que a mí. Nos destrozaste por igual.
—No es cierto —rebate mi madre con una sonrisa perversa—. Ella ha sido siempre mi favorita. Le he dado todo cuanto ha querido.
—Sí, y mira cómo te ha salido la jugada.
Podrías darle todas las habitaciones de esta casa y seguiría sintiéndose pequeña.
El mundo entero podría orbitar a su alrededor, y seguiría sintiendo que no vale nada.
Y todo porque tú estabas tan obsesionada con mis parecidos con la abuela, a quien odiabas, que era todo lo que ocupaba tu mente.
Saorise no es tu hija favorita, solo ha sido tu herramienta para hacerme daño.
Aprieto la mano que Darcy me ha cogido al ponerse a mi lado, pero ya se me han saltado las lágrimas.
—¡Mientras vivas bajo mi techo no hablarás así a tu madre! —La voz de mi padre es atronadora, tanto que no entiendo cómo no descuelga los cuadros de las paredes.
—En cuanto a eso…
No hemos cerrado la puerta de la entrada. Me doy cuenta cuando me doy la vuelta y veo a Sant Delphi ahí plantado.
—El que faltaba —dice James.
—Tú no eres bien recibido en esta casa —dice Arnau.
—Y tú acabarás en una bolsa de basura como vuelvas a pisar North Star —dice antes de mirarme y dejar claro que no le gusta nada verme llorar.
Que le cabrea más, si cabe.
Pero ya he visto la plata relucir así antes. De esa forma única, brillante y a la vez blanquecina. Clavo la vista en su mandíbula mientras todo pasa a través de mí. Me cae encima como la ola de un tsunami.
—¿Cómo te atreves?
—¿Cómo te atreves tú a dejar que te traten como si fueras la vergüenza de la familia cuando les das mil patadas a todos en tu peor día, Keira? —sus ojos grises y peculiares me atrapan con una luz única, brillante y a la vez blanquecina—. Te desprecian. Y tú se lo permites.
—No nos conoces de nada.
—Te he pedido que salgas de mi coche, ¿o no lo he hecho?
—Bien, estúdiame, sabelotodo. Comprueba por ti mismo cómo North Star no sabe una mierda sobre fichar talentos.
—Cásate conmigo.
—¿Qué son los deberes de autonomía?
—Condiciones —responde, su voz más grave que de costumbre—. Cosas que tendrás que hacer.
—No lo entiendo. ¿Qué significa eso?
—¿Tengo que hacer que todo sea una condición para que hagas lo que te digo?
—¿Qué es lo que quieres de mí?
—Ya lo sabes.
—Te quiero.
—En directo impacta todavía más oírlo. Yo también te quiero, Alek Sant Delphi.