Capítulo 8 6
Keira L. Sant Delphi
—Conduces muy bien. —Le digo cuando aparca frente a una bonita casa con jardín.
Mira la forma en la que me agarro al cinturón de seguridad y de verdad, en serio, que me encantaría no demostrar tanto miedo. Ser valiente y tal. Pero joder. JO-DER.
Quiero llorar.
Quiero llorar y no parar nunca.
No conozco a este tío. No sé quién coño es. Y peor todavía, no sé quién coño soy yo. Ni qué aspecto tenía mi vida hace dos días. Y el anillo que tengo en el dedo me está ahogando. Y creo que voy a tener un ataque de pánico.
—Respira, Lauren —dice en tono suave, oyendo la privada voz de mis pensamientos como un súper-cotilla—. Tú solo respira.
—¿Por qué me llamas por mi segundo nombre?
Sonríe con una dulzura arrebatadora.
— —dice y me hace sentir bien oír algo que sí reconozco.
—Ajá.
—Me gustaba adentrarme en los rincones ocultos de tu ser.
Abro los ojos como platos. Ahora me cuesta respirar, pero por otro motivo.
Su risa es breve, como si le hubiera pillado por sorpresa.
—No lo decía por eso, mente sucia. Siempre lo he querido todo de ti, Keira. Pero sobre todo, he querido tu verdadero yo. El que nadie veía. Ni siquiera tú.
Suena precioso.
Pero sigue siendo un extraño.
Traga saliva y su nuez se mueve despacio. Mueve la lengua por dentro de su boca, marcándola en su mejilla, como si se le hubiera quedado tan seca como a mí. Como si estuviera buscando las palabras adecuadas.
—Hay algo que deberías saber antes de que entremos en casa.
—Dios mío, ¿tenemos hijos? Por dios, por el amor de dios, dime que…
—No tenemos hijos —de nuevo la sonrisa dulce, la que llega hasta sus ojos, la que es cálida y tranquilizadora—. Pero yo tengo dos perros. Te quieren mucho y se alegrarán de verte. Puede ser abrumador.
—¿Son grandes? —me aferro más al cinturón.
—Uno sí, bastante.
—¿Raza?
—Dóberman.
—Dios mío. Creo que voy a quedarme en tu coche, me gusta bastante.
Me mantiene la mirada unos segundos. No soy capaz de descifrar la emoción, pero ya no hay sonrisa dulce. Entonces el desconocido asiente y baja la vista hacia el freno de mano.
—Puedo encerrarlos en una habitación mientras te enseño la casa. Has estado aquí muchas veces, quizá te ayude a recordar.
—Encerrarlos sería genial, gracias.
—¿Sí?
—Sí, por favor, hazlo. No me gustan los perros grandes, les tengo bastante miedo.
Durante una fracción de segundo, una tristeza profunda y desoladora le recorre el iris gris de horizonte a horizonte. Es tan fugaz que dudo si me lo he imaginado.
—¿Te parece bien esperar aquí mientras tanto?
Asiento y subo las rodillas al asiento para abrazarme las piernas. Él toquetea el monitor, dejando el aire acondicionado para que no me asfixie de calor y luego enciende la radio que había apagado para hablar y pone una canción bastante floja. Solo entonces sale del coche.
«Let the world burn» de Chris Grey, según leo. No la he escuchado en mi vida, pero me deja intranquila. No sé si la parte de «if I can’t have you, then no one can»4 es una indirecta, pero por mucho que quiera apagar la radio, no soy capaz de hacerlo.
Me gusta. Creo que demasiado.
¿Qué pasa, era nuestra canción de follar o algo así?
Mi supuesto marido vuelve con los ojos rojos, y me pregunto si tiene alergia a sus propios perros. Me abre la puerta del coche y luego se apoya en ella, como si lo último en lo que pensara fuera en meterme prisa.
Solo me estudia con esa mirada penetrante que tiene.
—¿Tienes hambre?
—Muchísima.
—Puedo hacer algo al respecto.
Me ofrece la mano y la miro. Es grande y callosa, imagino que por las obscena cantidad de horas que se ha pasado haciendo ejercicio para tener todos esos músculos enormes. Es la segunda vez que me la ofrece.
Solo es una mano, pero a la parte baja de mi estómago le parece el paraíso. Esta vez me lanzo a cogerla. Mis recuerdos no corren hasta mí dispuestos a volcar algo de claridad a mi mente, pero el revoloteo de alas y fuego que noto en el pecho es inequívoco.
Mi cuerpo le reconoce.
He percibido la química entre nosotros desde el momento en que abrí los ojos, pero esto es otra cosa. Me sostiene, me acaricia con el pulgar una sola vez y luego me envuelve con los dedos. Mi instinto está contento. Quiero desconfiar de él, pero apenas puedo.
Por eso aparto la mano. Porque es abrumador que la vida te empuje violentamente hacia un camino por el que no sabes si quieres ir.
—¿Qué ha sido eso?
Sacudo la cabeza. No quiero contárselo. Todavía.
Él juega con mucha ventaja y yo a duras penas recuerdo las reglas del tablero.
Entramos en su casa —¿nuestra casa?—, y huele a cedro, a cuero, y básicamente a hombre limpio y masculino.
La decoración es ruda y minimalista, típica de un tío que sabe que si tiene todo lleno de figuritas monas el polvo hará de esto el paraíso de los ácaros.
Y luego está… lo demás. Me refiero a todas esas medallas de atletismo, camisetas de North Star, gorras y elementos demasiado coloridos para que no desentonen.
—Parece que no tengo una personalidad muy extensa —admito cogiendo un par de velas con olor a deliciosa vainilla.
Casi gimo. Es un orgasmo olfativo espectacular.
Alzo la vista y el desconocido me observa con interés.
—Llamarte Sant Delphi me parece demasiado largo, ¿te parece bien si te llamo por tu nombre? ¿Cuál me has dicho que era?
—Alek —sus ojos sonríen—. ¿Acabas de arrugar la nariz?
—Es que ese nombre no te pega nada.
—¿No? —sonríe de lado, el gesto es muy sexy—. ¿Y qué nombre me pegaría?
Mr. Buenorro. «El que va a hacer que una joven generación de chicos y chicas babeen por la plástica cerebral».
—No lo sé, Aiden quizá. —Me encojo de hombros para disimular lo roja que me estoy poniendo.
Me enseña algo más de la casa, pero empiezo a ponerme más y más nerviosa.
No. Recuerdo. Nada.
Podría no haber estado nunca en este lugar. No digo que Alek mienta, es solo que… ojalá lo hiciera. Ojalá la palabra «amnesia» me hiciera sentir más a salvo.
—¿Puedes darme mi móvil? Me gustaría llamar a mi familia —pido y él acepta diciendo que preparará algo de comer mientras tanto.
Voy a una habitación cualquiera de la planta baja, donde se ha quedado él. Siento una intranquilidad en el pecho que no comprendo cuando llamo a mamá y se acentúa cuando no me lo coge. Es extraño, es como si mi cuerpo recordara cosas que mi mente no. De nuevo.
Busco el contacto de Saorise, pero no lo encuentro. Escribo su número y entonces aparece como ya registrado bajo el nombre «Hija de la bruja».
—Caray. Quizá por eso mamá no me coge el teléfono. —Pero es mi madre, ¿en serio estamos tan peleadas que no me cogería el teléfono en una situación como esta?
Mientras espero a que Saorise descuelgue, se me hace un nudo en la garganta. Se me da de cine no pensar en qué demonios voy a hacer con mi vida si no recupero mis recuerdos, pero estoy a un centavo de distancia de entrar en pánico de verdad.
—¿Qué? —La reconocible voz de mi hermana suena al otro lado de la línea.
—Saorise, he salido del hospital y…
—Ya lo sabemos. Nos ha llamado la doctora, ¿estás bien, no? Pues no te arrastres solo por un par de minutos de protagonismo. Ya te veremos a la vuelta —y cuelga.
Me deja sin palabras.
«Zorra» no le hace justicia. Joder, mi familia me desprecia.
Un perro aparece en mi campo de visión. Es pequeño y me mira con ojos tristes y las orejas hacia abajo. Se acerca a mí cuando se me llenan los ojos de lágrimas. Lo abrazo contra mi pecho y las dejo correr por mi cara.
Nunca he estado tan asustada.