Sprint en tu dirección (North Star 8) Capítulo 8 4
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Capítulo 8 4

Keira L. Sant Delphi

—¿Sant Delphi? —la voz de la doctora Leire Leighton suena desde el pasillo.

Cuando ambos entran en la habitación vuelvo a sentir ese cosquilleo en el pecho y el estómago al mirarlo a él. En realidad, es como si solo lo viera a él.

Ese extraño y completo desconocido que, a juzgar por sus nudillos tiene problemas de ira, le hace algo a mi cuerpo. Una reacción química.

Estoy segura de que es cosa de la medicación.

—¿Puedo hacer una pregunta antes de que me digas cómo de mal está mi cabeza?

—pregunto y cuando la doctora asiente, me lanzo—.

¿Alguien ha avisado ya a mi familia? ¿Se sabe cuándo van a venir?

Mi madre y mi hermana deben estar como locas, me adoran.

Y, dios, mi tío debe estar pensando que todo su trabajo ha sido tirado por la borda. ¿Cuándo…?

Dejo de hablar cuando la doctora se acerca a mi camilla para cogerme la mano.

—Cielo, siento decirte que tu familia ya está al corriente de todo.

—¿Qué? Antes él ha dicho que no había podido contactar con ellos. —Lo señalo y el hombretón mantiene sus ojos grises sobre los míos.

No agacha la cabeza, no evita mirarme y siento una opresión brusca en el pecho.

—Lo siento —Leighton pone una mueca—, están de viaje, cielo. Han dicho que vendrían a verte a la vuelta.

Me quedo boquiabierta como una idiota.

—¿Qué? ¿Mi familia no cancela su viaje porque me atropelle un coche y me deje amnésica perdida? ¿En serio? —resoplo—. Estoy oficialmente ofendida —gruño—. Y dolida, joder, qué insultante. ¿Qué pasa? ¿Les robé todos sus ahorros y me lo jugué apostando al Blackjack?

—Ninguno de sus muchos errores son culpa tuya, Lauren —su voz grave y profunda retumba por encima de mi piel, dándome mordisquitos.

Quiero creerle. Sobre todo porque eso me permite estar justificadamente enfadada y es lo que me apetece después de despertarme en el hospital y no verlos aquí.

La doctora empieza a soltarme el rollo técnico sobre lo que le pasa a mi cocorota.

Por lo visto, no se me ha ido la chaveta del todo, tengo amnesia disociativa. Coloquialmente conocido como “me acuerdo de lo que a mis neuronas les da la puta gana”.

Puedo quedarme así para siempre o puedo curarme esta misma noche.

¿Me dejo algo?

—Cielo, si no te calmas tendremos que sedarte.

Ah, ¿no lo he dicho?

He entrado un pelín en pánico.

Dejo de flipar cuando mi supuesto marido se lleva una de mis manos al pecho y me obliga a centrarme en los latidos de su corazón. Lo que su piel le hace a la mía no es ni medio normal, pero lo achaco al salvavidas que acaba de tirarme y al hecho de que no me han sedado gracias a su buen gesto.

—Vale, continúe, doctora.

—Lo mejor sería que hicieras vida normal, Keira.

—¿Y si no me acuerdo de qué aspecto tiene esa vida normal? —pregunto a la defensiva.

—Tienes suerte de que alguien podrá echarte una mano con eso, cielo.

«Cielo», es un apodo cariñoso, ¿por qué me da repelús?

Es como si tuviera pesadillas ancladas a esa palabra.

—¿Se supone que tengo que irme de aquí con un completo desconocido? —miro el anillo de boda. Es bonito, pero tengo unas intensas ganas de lanzarlo por una ventana.

—Tú me elegiste, Keira, aunque ahora no te acuerdes. Puedes confiar en ti, en las decisiones que tomaste.

Eso me da cierta tranquilidad. Pero es casi minúscula.

—Cielo, volver a tu rutina, a los lugares familiares para ti, podría hacer que tus recuerdos volvieran de repente.

El calambre desagradable al volver a oír esa palabra es inequívoco.

—Como un interruptor, ¿no? —me aferro a las sábanas—. ¿Y no me puedo quedar aquí hasta que vengan mis padres?

Evito mirar a mi marido porque no quiero hacerle daño, pero en serio, tampoco quiero irme con él a ninguna parte. ¿Y si no era un matrimonio feliz? ¿Y si está loco?

Me ofrece un móvil y me lo quedo mirando.

—¿Es mío?

—No, no es tuyo. ¿Sabes la contraseña?

Sacudo la cabeza y él me la da. ¿Por qué iba a saber la contraseña de un móvil que no es mío?

—Es la fecha del día que ganaste la primera carrera, el día del entrenamiento en North Star en el que te dije «falla y haré que…». —Sant Delphi se lo piensa mejor y no termina esa frase con pinta de amenaza.

Carraspea y desvía la mirada. El cerebro me pica con ganas de saber, pero no pregunto. Él lo desbloquea, la cámara se abre sin querer cuando mi pulgar roza la aplicación y… CHILLO AL VER QUE TENGO EL PELO BLANCO.

—Dios, ¡¿en qué estaba pensando?!

Ambos se miran, cojo de nuevo el móvil y vuelvo a chillar.

—¡Soy mucho más mayor de lo que pensaba! ¿Y estas ojeras? ¿Pero no tengo ochenta años? ¿A qué nivel de estrés estoy sometida?

—Estás preciosa —dice Sant Delphi y tiene pinta de que le cabrea que diga lo contrario.

Miro a la doctora y si alcanza un momento más alto de incomodidad, igual tienen que reanimarla a la pobre.

—¿Qué quieres que haga con tu teléfono? —pregunto con ganas de borrar la cámara de su móvil.

—Entra en los chats.

Lo hago pensando en «dios, dios dios, soy albina y no de esas afortunadas a las que les queda bien». Allí encuentro mensajes de voz. Chats infinitos entre nosotros. Vídeos. No reproduzco ninguno porque mi cabeza susurra algo que me distrae.

«—¿Qué se supone que vas a hacer con eso? ¿Electrocutarme?

—Los electrodos no tienen ese poder.

—Tu peli favorita de pequeña era Frankenstein, ¿a que sí? Venga, confiesa, doc».

No veo a las personas de ese recuerdo, pero oigo mi risa. También la de mi marido.

«—Estáte quieta.

—El doctor Sant Delphi y sus infinitas órdenes. ¿Quiere que le haga saber dónde puede meterse todo eso?

—Ambos sabemos que eres tú la que disfruta con que le meta cosas en el cuerpo. Sé una buena chica, estate quieta y tendrás todo lo que quieras de mí».

—¿Cielo? ¿Te encuentras bien?

Carraspeo, sintiendo cómo las mejillas se me ponen más y más rojas. Suelto el móvil y sacudo la cabeza.

—Sí, claro. ¿Puedo mirarlo luego? Esto empieza a ser abrumador —evito mirarle por si solo con verme la cara ya se da cuenta de lo que me acaba de pasar.

—Más del cincuenta por ciento de personas en tu misma situación han tenido una recuperación completa, Keira —concluye la doctora—. No hay razones para no ser optimistas.

—¿Cincuenta? ¡Eso es una puta mierda de estadística! Dios mío, ¿pero cómo voy a ser una adulta funcional si no me acuerdo de nada de mi pasado?

—Sí te acuerdas de algo —mi marido me coge la mano con decisión, casi a la fuerza—. Y te acordarás de más, poco a poco.

Saber que no voy a estar completamente sola me alivia un poco. Pero no demasiado.

Que alguien me ayude.