Sprint en tu dirección (North Star 8) Capítulo 8 1
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Capítulo 8 1

Sant Delphi

Leighton entra en mi campo de visión con el ceño fruncido, pero se dirige a ella.

—Cielo, ¿sabes por qué estás aquí? —la doctora comprueba el monitor y luego saca una pequeña linterna para comprobar la respuesta de sus pupilas.

—Claro, yo me he… —Lauren frunce el ceño—, o sea yo estaba… Esta mañana… —abre mucho los ojos y el pitido de la máquina se acelera mientras se le llenan los ojos de lágrimas—. Hostia.

—Tranquila.

—Hostia.

—Lauren, respira —Leighton le pone una mano en el hombro—. Has tenido un accidente y te has dado un fuerte golpe en la cabeza.

—¿Cómo? ¿Corriendo? No me acuerdo. ¿Desde cuándo la pista de atletismo es peligrosa?

Se acuerda de que es corredora.

—Un coche te embistió, pero tranquila. Respira conmigo un minuto, ¿quieres? Los exámenes que te hemos hecho han mostrado unos muy buenos resultados y pronostican una completa recuperación.

—¿Y por qué no me recuerda? —intervengo con una voz que ni yo mismo reconozco.

—¿Y por qué no recuerdo nada de nada? —pregunta en tono más agudo.

Leighton me mira con cara de no querer hablar esto aquí.

Pero si yo fuera Lauren, querría saberlo.

—Calmémonos todos un segundo. Lo más probable es que sea un efecto temporal. La amnesia, sobre todo la disociativa, es frecuente en este tipo de casos.

—¿La qué? —pregunta asustada.

—Significa que la memoria puede volverse selectiva, olvidar algunos temas o emociones.

—Pero yo no… no me acuerdo de nada —dice y rezo porque no sea verdad.

—Te haremos más pruebas, cielo, pero no hay motivo por el que ponerse nervioso, ni alterarse. Encontraremos respuestas —dice la doctora apretando los labios y lanzándome un «sé lo que sientes, pero no lo empeores» con la mirada muy claro.

Si fuera un hombre es posible que ya lo hubiera empotrado contra la pared y sacudido de un modo la mar de inapropiado.

Quiero echarme a llorar como un crío cuando me acerco a tocar a Lauren y ella aparta la mano.

—¿Y mi madre? Quiero ver a mi madre.

Joder, no. Ella no.

—Puedo llamarla.

—¡¿No está aquí?! —jadea sorprendida y más asustada.

—No he podido contactar con ella, ni con nadie de tu familia —admito.

—¿Por qué no? —Se gira hacia Leighton—. Doctora, ¿este médico quién es?

—Soy tu marido. —Alzo la mano y guio la vista hacia la suya.

Como si ver ese estúpido aro de oro alrededor de su dedo fuera a traerla de vuelta.

—¡¿Qué?! —chilla y sus pulsaciones suben un poco más, torturándome. Luego susurra—: No es posible. Yo no puedo estar casada, solo tengo veinticuatro años. Porque tengo veinticuatro años, ¿verdad?

—Sant Delphi —dice Leighton.

—Lo siento.

Me aparto de ella, me agarro a la barra que hay a los pies de su cama para no tocarla. No quiero incomodarla y se me está dando de lujo.

—Sí, cielo, tienes veinticuatro años. Mira, lo mejor sería que dejarais la conversación para más tarde —insiste la doctora—. Además, vamos a llevarte a hacerte pruebas. Tú respira, despeja la mente y estate tranquila, ¿vale?

Despejar la mente, tiene que estar bromeando.

—Yo quiero ver a mi familia —gimotea Lauren preocupada, al borde del ataque.

—Escúchame, no estás sola —bajo el tono, solo para ella—, lo arreglaremos juntos, ¿vale? Estoy contigo. Sé que no sabes quién soy, pero dale un voto de confianza a este desconocido, ¿vale?

Enseguida vienen a llevársela.

Ella no emite respuesta alguna.

Salgo al pasillo y me desquito con la máquina del café.

No se acuerda de mí.

No sabe quién soy.