CAPÍTULO 9
SCOTT Y BIANCA
Scott estaba en la terraza, una mano apoyada sobre la baranda de piedra y la mirada recorriendo el patio. La música llegaba amortiguada hasta allí. Elijah y Louie continuaban en la pista, el primero moviéndose como si hubiera esperado toda su vida para celebrar aquella noche.
Louie había perdido la chaqueta y llevaba las mangas dobladas hasta los antebrazos. Scott no recordaba haberlo visto bailar, tampoco recordaba haberlo visto besar a Elijah delante de todos. Ahora lo hacía entre una canción y otra, como si el gesto ya no necesitara protección.
Nathan estaba cerca de las mesas con Cassandra.
Ella hablaba con una de las encargadas del evento, aunque la cena había terminado y no quedaba nada por organizar.
Nathan mantenía una mano sobre su cintura y sostenía los zapatos que ella se había quitado.
Malik dormía en dos sillas unidas, cubierto con la chaqueta de su padre.
Esto ya se estaba convirtiendo en un clásico.
Cassandra terminó la conversación y se inclinó para decirle algo a Nathan, que sonrió.
Años atrás, Scott había temido que su amigo y hombre de mayor confianza no volviera a hacerlo de esa forma.
Nathan había enviudado, continuado trabajando, criando a su hijo y cumpliendo con cada responsabilidad.
Desde fuera parecía entero. Solo quienes lo conocían bien veían todo lo que había quedado vacío.
Cassandra no había borrado lo anterior, había traído algo nuevo.
Scott desvió la vista. Darius estaba sentado con su hija contra el pecho.
La pequeña dormía ajena a la música, con una mano cerrada alrededor de la camisa de su padre.
Isabel se apoyaba en su hombro. Parecía cansada, pero había una calma distinta en la forma en que descansaba junto a él.
Darius no apartaba la palma de la espalda de la niña y Scott sospechaba que no lo haría durante los próximos veinte años.
Cerca de ellos, Matt conversaba con Taylor.
Ella se había quitado los lentes y varios rizos negros se habían desprendido del recogido.
Sheila ocupaba la silla contigua. Vestida en tono pastel, sin las poses ni la sonrisa preparada para las cámaras, parecía una mujer distinta de la que aparecía en las pantallas.
Matt dijo algo y Taylor inclinó la cabeza para escucharlo.
Después Sheila apoyó los dedos sobre la muñeca de él. Matt volvió la cara hacia ella.
Logan y Nadia se habían apartado hacia el extremo de la pista.
Ella hablaba cerca de su oído. Logan la escuchaba con una expresión que habría resultado irreconocible un año atrás.
El hombre que antes podía desaparecer durante semanas sin que nadie supiera dónde dormía sostenía a Nadia como si al fin hubiera encontrado un sitio al que quería regresar.
Scott bajó la mirada hacia su mano. La alianza reflejó las luces suspendidas entre los árboles. Todo había empezado de una forma mucho más sencilla.
Unos pocos hombres. Trabajos que nadie más quería aceptar.
Horas imposibles, llamadas en mitad de la noche y la certeza de que el hombre situado a su espalda no abandonaría la posición.
No hablaban de lo que habían perdido. Tampoco preguntaban por qué ninguno parecía tener prisa por regresar a una casa vacía.
Durante años, Scott creyó que aquello era suficiente.
Lealtad. Disciplina. Trabajo. Después apareció Bianca.
Y, uno tras otro, los hombres que lo rodeaban comenzaron a construir vidas fuera de la agencia.
Esposas, parejas, hijos. Desayunos que se prolongaban.
Juguetes olvidados en la sala general y llamadas que ya no terminaban cuando concluía una operación.
La agencia no se había debilitado, tenían más razones para regresar.
Suspiró. Era bueno, esto era muy bueno. Unos pasos sonaron detrás de él.
Scott no tuvo que volverse para identificar a su esposa.
Su fragancia la anunciaba. Bianca se colocó a su lado con una gran sonrisa y una copa con agua y una rodaja de limón en su mano.
La contempló con embobada atención. Era tan bella que dolía.
—Desapareciste.
Scott rodeó su cintura y la atrajo contra el costado. Bianca miró hacia el patio.
—Estás evaluando.
—No, solo…
—Conozco esa cara, Vikingo.
Él deslizó la mano por su espalda.
—Pensando. Recordando. Valorando lo bueno que nos toca vivir.
Bianca apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Todo salió bien.
Scott observó a Elijah tomar a Louie por la cintura y hacerlo girar. Louie se resistió durante unos segundos antes de dejarse llevar.
—Sí.
—¿Eso te pone nervioso?
Scott bajó la vista hacia su esposa, confundido por la pregunta.
—¿Que una boda salga bien?
—Que todos sean felices.
—No.
Bianca sostuvo su mirada. Él nunca había podido engañarla.
—Un poco —admitió.
Ella no se rio. Dejó la copa sobre la baranda y apoyó una mano sobre el pecho de Scott.
—La felicidad no es una operación, no tienes que anticipar todo lo que puede salir mal.
—No, lo sé.
Él miró otra vez hacia el patio.
—Has disfrutado de cuidar a Ella.
—Totalmente. Es un angelito.
Scott había visto a Bianca con la niña. La naturalidad con que la acomodó contra su cuerpo, la voz baja con que le habló en italiano mientras preparaba el biberón, la paciencia con que caminó por la habitación cuando la pequeña se despertó en un lugar extraño y se negó a dormir.
Al encontrarla por la mañana, Bianca estaba sentada junto a la ventana con la niña sobre el pecho y la imagen había permanecido con él durante todo el día. Pensó en la imagen que llevaba en el teléfono, la fotografía gris y blanca que todavía le costaba comprender.
Bianca tomó su mano y la llevó hacia su abdomen.
Debajo del vestido no había ningún cambio que otro pudiera notar.
, pero Scott sabía que estaba allí. Había recorrido aquella zona con la palma la noche anterior, temiendo presionar demasiado.
Dos. El número continuaba provocándole una mezcla de asombro y miedo.
—No vas a sentirlos todavía —murmuró ella.
—Lo sé.
Scott extendió los dedos sobre su vientre y Bianca cubrió su mano. La tarde anterior, antes de vestirse para la cena de bienvenida, le había entregado el sobre con la ecografía. Bianca señaló primero una forma y después la otra. Dos bebés.
Scott no recordaba qué dijo, pero lo que sintió…
Había sentido como si su cerebro callara y su corazón explotara de luz.
La levantó del suelo, la abrazó y volvió a dejarla porque el movimiento le pareció demasiado brusco.
Después preguntó cuánto tiempo llevaba sabiéndolo, qué había dicho la médica y si debía viajar de regreso a Providence de inmediato.
Bianca respondió a todo. Cuando él se quedó sin preguntas, dejó lugar al gozo. De vivir, de amar, de ser un padre en ciernes.
—Podríamos decirlo esta noche —dijo Scott.
—No —La respuesta llegó sin vacilación—. No quiero quitarles su momento.
Scott contempló a los recién casados.
—Elijah lo convertiría en parte de la fiesta.
—Precisamente. Mañana, durante el desayuno —Bianca apoyó la mejilla sobre su brazo—. Mañana se lo diremos a nuestra familia.
Nuestra familia . Las palabras se acomodaron en el interior de Scott.
No era cuestión de apellidos ni en sangre.
Miró a los hombres que habían entrado en su agencia acostumbrados a depender solo de sí mismos.
A las mujeres que habían desafiado, herido y amado a cada uno hasta construir algo que ninguno planeó.
A Malik dormido bajo la chaqueta de Nathan y a la hija de Darius aferrada al pecho de su padre.
Después bajó la vista hacia la mano extendida sobre Bianca.
—Joder, Bianca. Dos… estoy aterrado —confesó.
Ella sonrió.
—Sí. También yo.
—Necesitaremos otra habitación, comprar todo doble.
—Y lidiar con Giorgio… —sonrió Bianca—. Ese gatito va a resentir que le quitemos atención.
—Es un gato mimado. Sobrevivirá a compartir la casa.
Scott imaginó dos cunas ocupando la habitación. Ropa diminuta, biberones en la cocina, puertas de seguridad. El gato inspeccionando cada objeto nuevo con la ofensa de quien había creído que la casa le pertenecía. Sintió que el pecho se le cerraba. Bianca reconoció el cambio.
—¿Qué ocurre?
Scott mantuvo la mano sobre su tórax.
—Puedo protegerlos.
—Sé que puedes.
—Pero no de todo.
Bianca se volvió dentro de sus brazos.
—No. Es imposible, mi vikingo. Es la vida.
La respuesta habría debido inquietarlo. En cambio, lo obligó a respirar. Ella le sostuvo el rostro.
—Tampoco podrás decidir quiénes serán. Ni evitar que cometan errores. Ni vigilar cada minuto de sus vidas.
—Eso último está por verse.
Bianca no sonrió.
—Scott.
Él cerró los ojos un instante y besó la palma que descansaba sobre su mejilla.
—Voy a tener miedo de aquí al final de mi vida.
—Yo también. Pero también años de caos feliz.
La boca de Scott se curvó y Bianca se alzó sobre los dedos y lo besó. El contacto fue lento, sin la urgencia de otros momentos. Scott la abrazó con cuidado hasta que ella le golpeó el costado.
—No vas a tratarme como si estuviera hecha de cristal. Soy una italiana fuerte.
Él reforzó los brazos.
—Mejor.
La besó de nuevo. Scott sintió el cuerpo de su esposa pegado al suyo, vivo y cálido, con sus hijos creciendo donde aún no podía verlos. Cuando se separaron, ella continuó entre sus brazos.
—Baila conmigo.
Scott miró hacia la pista.
—Hay demasiada gente.
—Son las mismas personas que estabas observando.
—Desde aquí no intentan hablarme.
Bianca tomó su mano.
—Una canción.
Scott sabía que no sería solo una, pero la siguió de todos modos.
Al bajar los escalones, Elijah los vio y levantó ambos brazos.
Scott ignoró la celebración. Bianca se rio y lo condujo hasta el borde de la pista, donde la música se había vuelto lenta.
Scott colocó una mano en su cintura y Bianca apoyó la otra sobre su hombro y entrelazó los dedos con los suyos.
Giraron con lentitud y miró otra vez a su alrededor.
Un matrimonio nuevo. Un niño dormido. Una niña protegida contra el pecho de su padre. Dos vidas todavía invisibles. Parejas que se habían encontrado donde ninguno esperaba hacerlo. La agencia llevaba su apellido, pero aquello ya no le pertenecía solo a él.
Era una familia. Ruidosa, complicada y cada vez más grande. Scott acercó a Bianca y apoyó la frente sobre la suya. Al día siguiente contarían la novedad de los gemelos y dejaría que el cariño y el calor lo abrazara. La Agencia Pipen crecía, otra vez.
FIN