Spin off: Agencia Pipen
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CAPÍTULO 1
NADIA Y LOGAN
Nadia reconoció a Kalina antes que a su madre, ambas ubicadas a la espera, detrás de la barrera que separaba la zona de llegadas del vestíbulo del aeropuerto de Varna.
Su hermana parecía un poco más alta de lo que Nadia recordaba y mucho más delgada.
Se había recogido el cabello con una cinta azul, pero varios mechones oscuros le caían alrededor del rostro.
Miraba hacia las puertas automáticas con la boca apretada y los brazos cruzados sobre el pecho. Svetla permanecía a su lado.
Nadia enlenteció su caminata y su corazón se aceleró ante la inminencia de un encuentro pospuesto por las circunstancias que habían sacudido su vida.
Casi cinco meses habían pasado desde que dijo adiós a su madre, con la esperanza en sus ojos.
Por semanas, o mejor meses, temió que aquella hubiera sido la última vez.
Reencontrarse con sus voces y rostros en el teléfono había sido respirar de nuevo, pero esto…
El reencuentro físico era un anhelo que por fin, por fin se cumplía. Suspiró y aceleró el paso ahora, urgida, sus ojos fijos en su madre.
—Calma, mi amor —dijo Logan, que la escoltaba con su mano en el bajo de su espalda como un salvavidas —. Ya casi estás con ellas. Ahí están.
Ella no respondió. Una familia se interpuso entre las puertas y la barrera; un hombre empujaba dos maletas mientras una niña daba saltos a su lado. Nadia inclinó el cuerpo para no perder de vista a las dos mujeres.
Kalina miró hacia otro lado. Svetla se puso de puntillas.
Entonces la vieron. La expresión de su madre no cambió de inmediato.
Abrió los labios, pero no sonrió. Sus ojos recorrieron a Nadia desde el cabello hasta los zapatos, como si buscara la diferencia entre aquella mujer y la hija que aparecía cada semana dentro de un teléfono.
Solo entonces vio Nadia que su mentón temblaba.
—¡Mamo!
Svetla se llevó las dos manos a la boca, Kalina giró la cabeza y agrandó los ojos al verla, Nadia soltó el asa de la maleta.
No supo quién empezó a correr. En un momento estaba junto a Logan y al siguiente había cruzado el vestíbulo.
Alguien le golpeó el hombro en la carrera, escuchó el arrastre de unas ruedas, una protesta, el aviso de una puerta que se abría. Nada importó.
Su madre llegó primero. Svetla chocó con ella con una fuerza que no correspondía a su cuerpo menudo.
Nadia la rodeó con los brazos y hundió el rostro en su cabello para regodearse en el olor al jabón del hogar y a la crema de rosas que usaba desde que Nadia era niña.
El primer sollozo brotó de su madre. El segundo fue de ella.
—Estás aquí —repetía Svetla—. ¡Estás aquí, estás aquí!
—Sí, mamo. Sí.
Las manos de su madre no se quedaban quietas. Le tocaban la cara, los hombros, el cabello. Svetla pasó los pulgares por debajo de sus ojos, llorando sin pudor.
—Déjame verte. Mi niña, querida mía —susurró.
Sus ojos estaban anegados, pero su boca se estiraba, trémula de alivio. Nadia intentó sonreír de vuelta, pero la emoción la atoraba y sollozó. Feo, con ruido, haciendo pucheros, como una niña. Poco le importó.
—Soy yo, mamo.
—Estás muy delgada.
La frase, tan propia de su madre, le arrancó una risa rota.
Svetla la abrazó otra vez. Kalina seguía a pocos pasos esperando su turno con solemnidad, aunque su mirada la traicionaba.
Nadia extendió un brazo hacia ella y la menor se quebró, derramando lágrimas y una intensidad que no era propia de una chica alegre como ella.
—Ven aquí, hermanita.
Kalina se lanzó hacia ambas y por un momento las tres perdieron el equilibrio.
Svetla protestó, atrapada en medio, pero no aflojó los brazos.
Kalina apretaba con tanta fuerza que sus dedos se clavaron en la espalda de Nadia.
Había sido una muchachita sin grandes inquietudes cuando Nadia fue raptada.
Una adolescente que todavía entraba en su cama durante las tormentas aunque después negara haber tenido miedo.
La joven que la abrazaba tenía mirada de adulta.
Había vivido rápido este tiempo, atosigada por pesares.
Su desaparición, cuidar a su madre, luchar para que el dinero alcanzara para sobrevivir y, una vez que Nadia las contactó, enterarse de que su tío era un traidor, la habían obligado a crecer de golpe.
Nadia cerró los ojos. Eso ya estaba atrás. Estaban las tres juntas, ya no separadas por una frontera o una red criminal. Podía sentir el cuerpo de su madre estremecerse y el aliento de Kalina contra su cuello. Sus corazones estaban a centímetros.
—No puedo respirar —murmuró Svetla.
Ninguna la soltó.
—Mamo, respirar está sobrevalorado —dijo Kalina con la voz ahogada.
Svetla le dio una palmada en el brazo.
—No digas estupideces.
Nadia se rio entre lágrimas. Kalina también, aunque la risa terminó en otro sollozo. Permanecieron abrazadas hasta que el vestíbulo volvió a existir alrededor de ellas. Nadia volvió a escuchar las conversaciones, los pasos, el traqueteo de las maletas.
Logan esperaba a unos metros, sin acercarse, con una mochila colgada de un hombro y dos maletas a su lado. Después de tantas horas de viaje, la camisa se le había arrugado y la barba oscurecía su mandíbula. Observaba a las mujeres con una calma que Nadia ya sabía leer.
No había relajado el cuerpo desde que abandonaron Providence, o no del todo. Sus ojos recorrían las entradas, la zona de equipajes, las personas que se detenían cerca. Solo cuando la miraba esa dureza se deshacía y sus labios se estiraban, como era el caso ahora.
Su atractiva faz mostraba lo feliz que estaba por ella. Sí, solo ella podía interpretarlo; no, no sería algo que un pasajero casual descifraría. Logan era una fuerza contenida que se disolvía con ella.
Nadia había temido ese momento casi tanto como lo había deseado. La duda había estado ahí. ¿Qué pasaría al ver a su familia? ¿Y si todo lo vivido en Estados Unidos se sentía ajeno al volver a su país, a su hogar? ¿Y si Logan dejaba de tener tanto sentido cuando abrazara esta vida pasada?
Sin embargo, nada de eso pasó por la cabeza de Nadia en este instante. Al contrario. Al abrazar a estas dos mujeres que eran su sangre, su mirada se ató a la de Logan, que sostenía sus maletas y vigilaba, esperando con paciencia.
El amor más feroz le llenó el pecho, como un huracán desatado que la dejó sin voz. Sin palabras, besó a su hermana y madre y se separó levemente, alargando la mano hacia él. Logan no vaciló. Se acercó y entrelazó los dedos con los suyos.
Svetla se secó la cara con ambas palmas. Miró sus manos unidas antes de levantar los ojos hacia él. Logan la superaba por más de una cabeza. También a Kalina, que tuvo que echar el cuello hacia atrás para observarlo.
—Es más grande que en las videollamadas —susurró su hermana en búlgaro.
Nadia soltó una risa.
—Kalina.
—¿Qué? Es verdad.
Logan miró de una a otra.
—¿Ya están hablando de mí en esa jeringonza incomprensible?
—Mi hermana decir que ser un placer conocerte.
Kalina le dio un codazo, entendiendo bastante. Las Vasileva habían experimentado un acelerado curso de inglés, impartido por la necesidad.
—Yo no he dicho eso.
—Ya lo dirás.
Logan dejó la mochila con las maletas y sonrió, compuesto.
— Zdraveyte .
Había practicado el saludo durante el vuelo. Lo había repetido en voz baja hasta que Nadia le pidió que dejara de torturar el idioma. Su acento fue terrible y Svetla sonrió, encantada.
— Zdraveyte , Logan.
Él pareció aliviado de haber sido comprendido.
Extendió la mano, pero Svetla no la tomó.
Dio un paso al frente y le sujetó el rostro entre las palmas.
Logan se quedó inmóvil mirando hacia abajo.
La madre de Nadia lo examinó con la misma atención que había usado con ella.
Recorrió cada rasgo. Después le apoyó una mano sobre el pecho.
— Blagodarya .
Gracias .
Logan miró a Nadia.
—Mi madre te agradece.
—No tiene que hacerlo. Nunca.
Nadia tradujo la respuesta. Su madre escuchó sin apartar la mano de él.
—Dile que una madre agradece que le devuelvan a su hija, aunque al hombre no le guste recibirlo.
Logan esperó la traducción. Miró a Svetla y asintió.
—Dile que yo también tengo mucho que agradecer.
Nadia tardó un instante en encontrar la voz. Su madre observó la cara de Logan mientras ella traducía. Luego volvió a mirar sus manos unidas y asintió. Kalina se secó las mejillas con las mangas y sorbió con ruido. Svetla y Nadia la miraron con el ceño fruncido y la menor rodó los ojos.
—¿Vamos a quedarnos aquí todo el día? Mamá lleva tres horas cocinando y no me deja tocar nada.
—Porque comes antes de que la comida llegue a la mesa.
—Test de calidad. Quieres que tu yerno esté bien atendido, ¿o no?
—Mm, al menos esta vez tienes excusa para tus esquemas en mi cocina.
—¿Qué dicen? —preguntó Logan y Nadia sonrió.
—Tonterías. Mi madre ha cocinado para ti. Y Kalina no ha perdido las mañas, le gusta probar todo de antemano.
Logan sonrió y Kalina lo hizo también. Una sonrisa pequeña y cautelosa, como si aún no hubiera decidido qué lugar concederle.
La tensión abandonó los hombros de Nadia.
—Vamos a casa —dijo.
El edificio parecía más estrecho de lo que Nadia recordaba, pero la vieja familiaridad la rodeó de inmediato.
La pintura de la entrada desprendida cerca de los buzones, la puerta del ascensor que había que cerrar con un golpe y la luz del techo que todavía parpadeaba entre el segundo y el tercer piso.
Logan ocupó casi todo el espacio cuando entró de lado con las maletas y tuvo que inclinar la cabeza cuando la lámpara vibró sobre ellos.
Nadia conocía cada defecto. Los había odiado durante años.
Cuando trabajaba hasta la madrugada traduciendo contratos pequeños por unas monedas, se imaginaba viviendas luminosas, habitaciones que no compartieran paredes con vecinos que discutían y un ascensor que no oliera a humedad.