Soulless CEO (Los CEO de Manhattan nº 4)
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1. Anne
El café sabe a cartón. Como cada lunes por la mañana.
Me reclino en la silla y miro a la calle a través de la fachada de cristal de la agencia.
Boston muestra su cara más gris; llovizna, hay charcos en la acera y la gente camina encogida.
Mi escritorio está justo en la entrada, el primer punto de contacto para cualquiera que entre por la puerta.
Recepción, gestión de citas, máquina de café.
Anne McMillan, el sistema de navegación humano de Graham Enterprises en Boston.
No es precisamente el trabajo que me imaginaba a los veinte años. Pero paga mis facturas. Y la residencia de mamá.
Somos una agencia pequeña. Solo mi jefe, David, y yo.
Y con él, el ambiente es relajado. Doy un sorbo al café de cartón y abro la lista de citas en la pantalla.
Nueve en punto, visita en Newbury Street.
Once en punto, llamada con un arrendador en Back Bay.
Dos de la tarde, David tiene una reunión con...
ahí no pone nada. Solo un signo de interrogación.
Mi jefe y su organización. Cualquiera diría que el hombre dirige un puesto de comida para llevar y no una agencia inmobiliaria.
La puerta se abre y una ráfaga de viento trae consigo el olor a asfalto mojado. Levanto la vista, con mi sonrisa estándar ya en los labios.
Y entonces se me olvida lo que iba a decir.
Frente a mí hay un hombre que no pertenece a esta agencia.
Ni a esta calle. Probablemente, ni siquiera a esta ciudad.
Su traje le queda tan perfecto que tiene que estar hecho a medida.
Azul oscuro, de corte entallado, y debajo una camisa blanca sin corbata.
El pelo oscuro, ligeramente alborotado por el viento, como si ni el tiempo se hubiera atrevido a despeinarlo de verdad.
Y luego su rostro. Una mandíbula marcada, labios carnosos y unos ojos tan azules que trago saliva sin poder evitarlo.
Contrólate, Anne.
—Buenos días —digo, enderezándome—. Bienvenido a Graham Enterprises. ¿Tiene una cita?
Me mira. No por encima de mí, no a través de mí, como hacen la mayoría cuando están en recepción. Me mira como si en un solo instante pudiera leer todo lo que necesita saber sobre mí. Entonces, una mínima sonrisa se dibuja en sus labios. Ni cálida. Ni fría. Simplemente controlada.
—Vengo a ver a David Stone.
Su voz es profunda y serena. Sin acento de Boston. De New York, tal vez.
Consulto la lista de citas.—No veo ninguna cita para el señor Stone a esta hora. ¿Me dice su nombre? Así puedo...
Pasa de largo, sin más.
—¿Perdone? —me levanto—. Señor, no puede simplemente...
Pero sí que puede. Obviamente. Se dirige al despacho de David sin prestarme más atención. Llama a la puerta. Ni tímido, ni cortés. Un solo golpe, seco y decidido. Luego abre la puerta y entra.
Me quedo de pie junto a mi escritorio, con la boca entreabierta y la mano todavía medio levantada. ¿Qué demonios ha sido eso?
Mi mirada se desvía hacia la ventana. Fuera, aparcado en el borde de la acera, hay un coche negro.
No un coche normal. El tipo de coche que se ve en las revistas y cuyo precio ni te molestas en buscar porque, de todos modos, no podrías asimilar la respuesta.
Un chófer está apoyado en el capó, tecleando en su móvil.
Así que... es de esa clase de tipos.
Vuelvo a sentarme, pero mi mirada no deja de vagar hacia la puerta del despacho de David. Las persianas están bajadas. Se oyen voces apagadas, demasiado bajas para entender nada. El café se me está quedando frío. Más frío, para ser exactos.
Al cabo de un rato, la puerta se abre. David sale primero, y conozco a mi jefe lo suficiente como para ver que está nervioso. Tiene las mejillas sonrojadas y no para de ajustarse la corbata, como si fuera una especie de asidero para calmarse.
—Anne —dice, con la voz un poco más aguda de lo normal—. Te presento a Caleb Graham. Viene de New York.
El hombre se coloca junto a David, y odio que se me acelere el pulso cuando nuestras miradas se cruzan.
—Ya nos conocemos —dice él. De nuevo, esa sonrisa controlada—. Ha intentado detenerme.
—Hacía mi trabajo —corrijo.
Algo brilla en sus ojos. ¿Sorpresa? ¿Diversión? No estoy segura. Pero me mira un instante más de lo necesario.
David carraspea.—Anne, él está buscando un restaurante para una cena de negocios esta noche. Algo exclusivo, pero no demasiado formal. Conoces bien la zona. ¿Le acompañarías y le enseñarías algunas opciones?
Miro a uno y a otro. ¿Desde cuándo soy guía de restaurantes? Pero la mirada de David me dice todo lo que necesito saber. Hazlo y punto, Anne. No hagas preguntas. Ni se te ocurra ponerme en una situación incómoda.
—Por supuesto —digo mientras cojo la chaqueta—. Encantada.
La lluvia ha parado cuando salimos a la calle, pero el aire sigue húmedo y fresco.
Caleb Graham camina a mi lado y me doy cuenta de que me saca media cabeza.
Su aftershave huele a algo que no podría permitirme en esta vida.
Amaderado, cálido, con una nota que no sé identificar, pero que se me graba al instante en la mente.
—Conozco un italiano en la siguiente transversal —digo, girando a la izquierda—. Napoletana. Salones privados, cocina excelente y el dueño es discreto.
—Enséñamelo.
Caminamos en silencio, uno al lado del otro. Soy tan consciente de su cercanía que casi me choco con una farola. Genial, Anne. Muy profesional.
—¿Llevas mucho tiempo trabajando para Graham? —pregunta, sin mirarme.
—Tres años.
—¿Y antes?
—Estudié. Empecé a trabajar aquí justo después. —Dudo un momento—. ¿Por qué lo pregunta?
—Me gusta la cháchara.
Lo miro de reojo.—No, no es cierto.
Esta vez es una sonrisa de verdad. Solo un instante, apenas una contracción de las comisuras de sus labios, pero le cambia por completo el rostro.
Por un momento, no parece un hombre que entra en despachos ajenos como si le pertenecieran.
Parece alguien a quien han pillado por sorpresa.
El Napoletana está a la vuelta de la esquina.
Tiene una fachada discreta de ladrillo visto oscuro con un pequeño toldo.
Dentro hace calor, hay una luz tenue y huele a ajo y a pan recién hecho.
Marco, el dueño, se acerca a nosotros de inmediato.
—¡Anne! Qué alegría verte. —Me da dos besos en las mejillas y luego examina a Caleb con la mirada experta de un hombre que reconoce al instante cuándo el dinero entra por la puerta—. Y me traes un invitado.
—El señor Graham está buscando un reservado para una cena de negocios. ¿Podrías enseñarnos la zona del fondo?
Marco nos guía por el restaurante. Caleb camina despacio. Pasea la mirada por todo: las mesas, la iluminación, las distancias. Como si quisiera comprar el local, no solo planear una cena en él. En la zona privada, asiente con un gesto parco.
—Esto sirve.
Marco está radiante. Ya me dispongo a coger el bolso para despedirme cuando Caleb se vuelve hacia mí.
—¿Has comido ya?
—¿Perdón?
—La comida. Es una pregunta sencilla.
En ese preciso instante, mi estómago se hace oír, como si hubiera estado esperando el momento para hacer su gran entrada. Cuerpo traidor.
—Yo… no, pero tengo que volver a la oficina.
—David sobrevivirá. —Aparta una silla de la mesa más cercana. Para mí. Y espera.
No es realmente una invitación. Es una constatación. Voy a sentarme. Así es como él lo ve. Y lo más increíble es que me siento.
Marco nos trae las cartas y desaparece con una sonrisita que no me gusta nada. Caleb ni siquiera abre la suya.
—Pide lo que quieras. Yo tomaré el filete.
—¿Cómo sabes que hay filete? Ni siquiera has mirado la carta.
—Siempre hay filete.
No puedo evitar reírme. Me mira, y ahí está otra vez esa mirada. Inquisitiva, intensa, como si mi risa hubiera revelado algo con lo que no contaba.
Pedimos. Yo pido pasta, porque me niego a pedir el plato más caro solo porque pague otro. Él se da cuenta. Lo noto en el breve arqueo de una de sus cejas. Pero no dice nada.
—Bueno —digo, porque el silencio que se ha instalado entre nosotros parece algo que tengo que llenar antes de que me engulla—. ¿A qué te dedicas exactamente, Caleb? David no es que se haya molestado mucho en ponerme al día.
—Inmobiliaria. Promoción. Inversiones. —Se recuesta en la silla y sonríe de medio lado—. Graham Enterprises.
Graham Enterprises. Se me encoge el estómago, y esta vez no tiene nada que ver con el hambre. Es el Graham, el jefe de nuestra multimillonaria empresa, el de la sede de New York.
—Eres el Graham —digo, y hasta a mí me suena estúpido.
—Esa frase la oigo a menudo.
—¿Y aun así vienes en persona para ver cómo va tu pequeña sucursal?
Su mirada se vuelve un ápice más afilada. —Soy meticuloso.
Llega la comida y, durante un rato, hablamos de Boston, del mercado inmobiliario, de cosas seguras y profesionales.
Pero entremedias, suceden momentos que son de todo menos seguros.
Sus dedos alrededor de la copa de vino: largos, tranquilos, firmes.
La forma en que me mira cuando hablo, como si no solo escuchara, sino que me estudiara.
Cómo cambia el aire entre nosotros cuando se inclina y vuelvo a oler su aftershave .
Cada vez, una punzada en alguna parte bajo mis costillas.
Me pregunta por mi trabajo, por los clientes, por la zona.
Y yo hablo. Probablemente demasiado, porque estoy nerviosa y hablar es mejor que pensar, sobre todo cuando los pensamientos van en una dirección en la que no deberían.
Pero él escucha. Escucha de verdad. No es el asentimiento cortés al que estoy acostumbrada con David, no es la mirada perdida.
Él escucha como si cada palabra significara algo.
En algún momento, me doy cuenta de que estoy sonriendo sin querer.
Anne. Cuidado.
Cuando Marco trae el café, Caleb se inclina hacia delante. Tiene los codos sobre la mesa y sus ojos azules, fijos en los míos. Siento su mirada de una forma casi física.
—Tengo una tarea para ti —dice.
—¿Otra?
Ignora mi tono. —Tienes que revisar unos documentos para mí. En New York. A partir de mañana.
Mi café se queda a medio camino de mi boca. —¿Mañana?
—El vuelo sale mañana a las once de la mañana. Mi oficina te enviará los detalles.
Dejo la taza. —Un momento. No puedes simplemente… Tengo mi trabajo. Aquí. En Boston. No puedo volar mañana a New York porque tú lo decidas.
—Habla con David. Está de acuerdo. Es un viaje de trabajo.
—¿Ya lo has hablado con él? ¿Antes de preguntarme a mí?
—Por supuesto. No hay nada que preguntar. Mañana viajas y el miércoles estás en mi oficina.
Ahí está. Esa calma controlada que dice: «Lo he organizado todo antes de que supieras que había algo que organizar». Y, al mismo tiempo, esa mirada que, si bien registra la contradicción, no cuenta con ella.
El corazón me martillea en el pecho. —¿Cuánto tiempo?
—Una semana. Quizá dos.
—¿Quizá dos?
Deja dinero sobre la mesa, bastante más del necesario, y se levanta. De nuevo, aparta la silla para mí. De nuevo, espera. Me levanto porque en este momento no se me ocurre otra cosa que hacer, y eso, de por sí, me enfurece.
Fuera, en la calle, se vuelve hacia mí. El viento le alborota el pelo y la luz del sol se abre paso entre las nubes y se posa sobre sus facciones.
Por un momento, ninguno de los dos dice nada.
La ciudad ruge a nuestro alrededor —coches, voces, una sirena a lo lejos—, pero entre nosotros hay silencio.
Lo miro fijamente y siento que todo el cuerpo me arde.
—A las once —dice—. Sé puntual, Anne, el avión no espera.
Luego, se dirige a su coche. Su chófer ya lo está esperando con la puerta abierta. Caleb Graham desaparece tras los cristales tintados, como si esta comida no hubiera sido más que otro punto en su agenda.
Me quedo de pie en la acera mojada, con el olor a lluvia y a su aftershave todavía en el aire, y me pregunto qué demonios le acaba de pasar a mi lunes.
Siento el estómago revuelto, lo que seguramente es solo por la comida. Qué otra cosa podría ser.
Un viaje de trabajo. Puramente profesional. Mañana.