Capítulo 33
Sol
Al día siguiente, un coche la recogió en su hotel y tomó San Vicente Boulevard rumbo a su destino.
El vehículo se detuvo en un semáforo de Santa Monica Boulevard y fue entonces cuando Sol vio el edificio casi enteramente acristalado que servía como sede de Supreme Video en West Hollywood.
Era un edificio imponente y Sol estaba admirando su arquitectura cuando distinguió a un hombre de unos sesenta años que salía de un SUV eléctrico negro para entrar en el edificio. Se parecía a Mark Green.
Solo alcanzó a verlo unos segundos antes de que su coche arrancara de nuevo, pero estaba casi segura de haber reconocido a su compañero de pilates.
Parecía que el director retirado tenía una reunión en la oficina principal de una de las grandes plataformas de streaming .
Mark no había mencionado que también iba a viajar a Los Ángeles cuando Sol le contó que tenía que ir por trabajo a la ciudad californiana.
Su colega debía de querer ser discreto sobre la naturaleza de aquella reunión.
Todavía seguía intrigada, cuando el coche la dejó frente a la entrada principal del hotel Four Seasons, en la avenida Doheny, flanqueada por palmeras.
Faltaba casi una hora para la entrevista y Sol sabía que buena parte de ese tiempo lo pasaría esperando.
Siempre era así en ese tipo de encuentros con famosos: se citaba a los periodistas con mucha antelación en el hotel donde se celebraba el evento, con la promesa de comida y cotilleos, ya fuera por parte de otros periodistas o de los publicistas.
El equipo de relaciones públicas encargado de coordinar las entrevistas promocionales se aseguraba de que siempre hubiera alguien disponible para lanzarlo a una sala de entrevistas cuando hiciera falta.
En los grandes junkets promocionales, el talento —actores, productores, directores— ocupaban lujosas suites donde se sucedía un desfile interminable de periodistas que los entrevistaban en grupos o en encuentros individuales, como el que Sol tenía previsto.
Al final de una jornada de prensa, el talento había respondido a las mismas preguntas, reformuladas, decenas de veces.
Lo que hacía a una estrella —y una carrera duradera en Hollywood— no era solo una interpretación brillante o haber dirigido un título de éxito, sino la capacidad de contestar esas preguntas idénticas de forma distinta y amable cada vez.
Sol llegó a la sala de hospitalidad que el estudio de Revengers Reunite Redo había reservado para la prensa y enseguida recordó el componente casi social de esas ocasiones.
Vio a un viejo conocido sentado en una de las mesas y se acercó a saludarlo.
Hablaron del pésimo estado de la profesión periodística, del carácter prohibitivo del mercado inmobiliario californiano y de lo malas que habían sido la mayoría de películas que habían visto ese año.
Era una norma tácita entre los miembros del circuito de entrevistadores de famosos no admitir que algo les gustaba, salvo delante de los publicistas.
El colega le contó todas las estrellas que había entrevistado en las últimas semanas.
Sol llevaba tiempo observando que esa cercanía con el poder y la fama —aunque los periodistas siguieran siendo forasteros en ese deslumbrante ecosistema hollywoodiense— hacía que algunos de sus compañeros se dejaran arrastrar por ese mundo y midieran su propio éxito por el nivel de fama de las personas con las que hablaban.
—Tú estás aquí solo para entrevistar a Richard, ¿verdad? —le preguntó a Sol. Él había estado allí desde primera hora hablando con todo el reparto y también con el guionista-director-productor—. Ha estado insoportable. Por eso van tan retrasados.
—¡Oh, no! —murmuró Sol. Miró la hora en su teléfono: ya había pasado casi una hora de su turno asignado.
Pero Sol no tuvo tiempo de preguntar por qué Fynn había estado insoportable, una publicista apareció para llamarla; por fin la llevarían a la entrevista con el cineasta.
Hacía tiempo que Sol no realizaba una entrevista de ese tipo.
Tantas cosas se hacían ya por videollamada…
Echaba de menos la emoción y la pompa de un evento al que no podías ir en chanclas, leggings y una blusa bonita para la cámara.
En un cara a cara, todo dependía de tu capacidad para conectar con el entrevistado y dirigir las preguntas en un tiempo limitado.
Confiaba en su preparación y en su power look : melena suelta perfectamente lisa, traje de cuadros de dos piezas combinado con una camiseta y zapatillas deportivas de plataforma Munich.
Cuando entró en la suite donde tendría lugar la entrevista, ya había media docena de personas entre publicistas del estudio y del equipo de Richard. Sol se presentó y sonrió a todos, saludándolos uno por uno.
Había presenciado bastantes escenas surrealistas de celebrities a lo largo de los años: un dos veces ganador del Oscar —hoy cancelado— llamando a su asistente para que bajara las persianas porque él no pensaba levantarse; un joven enfant terrible exasperando incluso a los reporteros más veteranos con su comportamiento insufrible; varios actores consagrados logrando responder todas las preguntas de la forma más aburrida y vacía posible, siendo igual lo que se les preguntara; o un actor de televisión solo semiconocido que decidió que una entrevista grupal era el momento adecuado para flirtear con Sol.
Pero nada la había preparado para ver a Richard Fynn sentado en el largo sofá capitoné del centro de aquella suite del Four Seasons.
Estaba comiendo —lo que parecía una ensalada de quinoa con col kale y pollo frito— y la comida no estaba solo en el cuenco, sino también en su boca y en su ropa.
—¡Estoy comiendo! —declaró al verla, después de que uno de los muchos publicistas del cuarto intentara pronunciar su nombre y el medio para el que escribía Sol antes de salir corriendo.
Sol no sabía si Richard quería decir que no pensaba dejar de comer durante la entrevista o que la invitaba a marcharse mientras terminaba.
Intentó cruzar la mirada con alguno de los publicistas que permanecían al fondo, pero si habían oído a Richard, fingieron que no. Todos estaban absortos en las luminosas pantallas de sus móviles.
Sol decidió continuar, porque el reloj no se detenía.
Se sentó en la silla Eames junto al sofá donde él estaba.
La estancia tenía un aire de California Modern solo perturbado por la sudadera verde fosforescente y los pantalones cortos amarillos del director.
Colocó la grabadora digital y el móvil —que también registraba el audio— sobre su regazo y comenzó la entrevista como tantas veces antes.
—Gracias por dedicarme este rato —dijo con una sonrisa perfectamente profesional.
Tomaba nota de todo lo que observaba sin dejar de mantener contacto visual, una habilidad que había perfeccionado tras años de rondas por Hollywood.
—No es que tuviera demasiada opción —gruñó el director, con la boca llena de quinoa.
Sol soltó una risita tímida, convencida de que bromeaba. Otra mirada a los publicistas no le dio ninguna pista: seguían absortos en sus pantallas. Era posible que estuvieran escribiéndose entre ellos para comentar su mal comienzo de entrevista.
—¿Te gusta la parte promocional del proceso de hacer una película? —preguntó, intentando formular algo mínimamente original que encajara con lo que buscaba Conceit Fair.
—Es el acto vacío y sin alma de intentar caerle bien a gente como tú —respondió.
Sol no pudo evitar sentirse ligeramente ofendida. Intentó ser amable una última vez.
—Entiendo que podamos resultar algo repetitivos con nuestras preguntas, pero suelo preguntar lo que los lectores me dicen que quieren saber —dijo, solo un poco a la defensiva—. Y en este caso quieren saber qué te llevó a volver a una franquicia tan icónica.
Consiguió pronunciar “icónica” sin reírse y mantuvo la sonrisa mientras esperaba su respuesta.
—¿Por qué? —masculló Richard, atacando un muslo de pollo frito.
—¿Perdón? —Sol empezaba a sudar nerviosamente. Probablemente no iba a haber forma de reconducir la entrevista. ¿Cuánto tiempo había pasado ya?
—¿Qué les importa a los fans mi regreso?
—Quizá podrías responderme tú —replicó ella, aún intentando reconducirlo.
Aquello solo se complicaba así cuando tocaba preguntarle a un famoso por su estilo de crianza o sus citas amorosas.
Nunca tan pronto y sin haber hecho todavía una sola pregunta incisiva.
Era imposible que ya lo hubiera ofendido—.
¿Por qué crees que la saga Revengers ha sido tan popular durante todos estos años?
—¡Ni puta idea! —dijo Richard—. ¿No se supone que tú eres la periodista de entretenimiento? ¡Vosotros sois los que sobreanalizáis cada fotograma de mi oeuvre , no yo!
—Hablemos de tu oeuvre , entonces —dijo Sol, pronunciando la palabra a la francesa, a diferencia de la pronunciación americana que él había usado (y que ella siempre había detestado)—.
Empezaste en esta industria como productor, trabajando junto al director Mark Green. ¿Cómo influyó su estilo en el tuyo?
—No influyó —respondió él con brusquedad. Sol sabía que no debía haber tocado el tema, considerando que no terminaron bien, pero no había podido evitarlo; Richard estaba siendo insufrible—. Dejé de trabajar con él hace siglos.
—¿Por qué? Hicisteis varias películas muy exitosas…
Richard no la dejó terminar y por una vez ella no tuvo que arrancarle una respuesta.
—Estábamos en momentos distintos de la vida.
Mark se había casado, tuvo un hijo… y las familias son un lastre —Sol recordó que Richard se había casado y divorciado cinco veces, pero sus propios dos matrimonios finalizados le impedían juzgarlo, aunque ganas no le faltaban—.
Todas las familias son una molestia, pero la de Mark especialmente.