Capítulo 4
Luke
Luke sacó la barrita de granola repleta de fibra y proteínas, preguntándose qué estarían saboreando Sol y su amiga en ese mismo instante.
Si hubiera sido él quien cenaba allí, estaría devorando la bruschetta con ricotta de oveja y la dorada al horno con sal.
Pero la alternativa no era tan terrible gracias a su previsión de llevar siempre provisiones encima.
Había empezado a preparar sus propios tentempiés tras un par de meses en la agencia.
Se dio cuenta de que todo el trabajo de vigilancia significaba comer sobre la marcha y no poder sentarse en ninguno de los restaurantes elegantes que sus objetivos solían frecuentar.
La agencia jamás le reembolsaría esas comidas.
Las opciones eran claras: comida casera, comida basura —que haría desmayarse a su antiguo profesor de yoga— o pasar hambre.
Luke había conseguido el puesto en Thompson & Thomson, una de las agencias de investigación más grandes de Londres, después de años trabajando por contrato para firmas menos conocidas.
No tardó en comprobar que el pan de cada día en T&T era la misma mezcla de casos de divorcio, disputas de custodia, verificaciones de antecedentes y denuncias por acoso laboral a las que había dedicado —básicamente— su vida durante los últimos ocho años.
En T&T seguía habiendo interminables horas de observación a distancia, seguimientos, intentos de conseguir fotos incriminatorias y, la mayoría de las veces, esfuerzos por descartar sospechosos.
Le habían asignado este caso con la sensación de que, por fin, su suerte estaba a punto de cambiar.
La plataforma de streaming más potente, Meshflixx, había contratado a T&T para investigar el robo de uno de sus guiones.
El primer episodio de la segunda temporada de una de sus series estrella se había filtrado en Internet apenas unas horas después de que una de las creadores de la serie notara que faltaba una copia física del guion.
El último lugar donde se había visto esa copia era el estudio de Josie. Sol había estado allí esa tarde.
Y, sin embargo, allí estaba él, viendo cómo su objetivo bebía vino blanco mientras él se helaba fuera —el tiempo se había puesto mal aquella noche— y sintiéndose como un auténtico acosador.
Llevaba más de dos semanas observando a Sol y a algunos de sus compañeros de pilates, sin encontrarle un solo defecto. Era una mujer impecable al vestir, puntual y parecía igual de entregada a su profesión, a su forma física y a sus amistades.
Incluso la había sorprendido leyendo un libro de título intrigante, Come as You Are , de la doctora Emily Nagoski y ahora él mismo lo devoraba cuando el trabajo se lo permitía.
La app de Kindle en su móvil solía albergar el último thriller superventas, pero a Luke el libro de Nagoski le estaba pareciendo revelador.
Empezaba a temer no haber conocido a Sol en otras circunstancias, aunque la periodista —a veces estirada y con ese aire bohemio pero posh — no fuera en absoluto su tipo. Y, por supuesto, sin olvidar el pequeño detalle de que quizá fuera una ladrona.
—¿Harto de este encargo ya? —la voz de Divya interrumpió los pensamientos de Luke mientras su compañera se acercaba por detrás, lista para relevarlo en la guardia.
—En realidad, no —respondió Luke, echando un último vistazo a Sol, que charlaba con su amiga.
—Ya veo —dijo Divya, con una sonrisa cómplice—. Yo tampoco tengo nada en contra de seguir a Sol por toda la ciudad, sobre todo cuando va con leggings y camisetas cortas.
—¡No es eso! —dijo él, sintiendo cómo se le encendía la cara.
—Tranquilo, mate . Es una persona atractiva —comentó Divya.
—Pero me resulta raro pensarlo, sabiendo que ella no tiene ni idea de que la están vigilando. ¿No te parece?
—Te lo repito: No. Te. Rayes. Con. El. Trabajo. Aprende todo lo que puedas. No gastes todo lo que ganas. No nos pagan tanto, pero aun así… ahorra un poco. Intenta tener el máximo contacto posible con los clientes. Haz contactos. Y algún día…
—Por esa agencia que montaremos algún día, sí —dijo Luke, brindando con su media barrita de granola.
Había conocido a Divya cuando empezó a trabajar en T&T dos meses antes. Habían congeniado desde el principio y ya habían hablado —medio en broma, medio en serio— de la agencia que abrirían juntos y de cómo harían las cosas de forma tan distinta a sus jefes.
Dejó el puesto de vigilancia, echó un último vistazo a la ventana del Bocca di Lupo y se subió el cuello del abrigo de tweed .
La primavera seguiría haciéndose de rogar unas cuantas semanas más.
Llevaba más de treinta años lidiando con el clima londinense y siempre intentaba estar preparado, pero su ciudad seguía pillándole desprevenido de vez en cuando.