Capítulo 3
Sol
Sin embargo, en los últimos tres años, la suerte y los problemas sin importancia habían resultado más esquivos.
Primero, se dio cuenta de que ya no quería —ni siquiera le caía bien— el hombre con el que estaba casada.
Él había contribuido activamente a ese desagrado.
Así que lo dejó y decidió que necesitaba poner todo un continente y el océano Atlántico entre los dos.
También estaba el hecho de que echaba de menos Europa de una forma que vivir en California no podía compensar.
Se mudó a Londres justo antes de una pandemia global que la hizo darse cuenta de que se caía bien a sí misma, pero quizá no tanto.
Al fin y al cabo, se había mudado a Londres, no a Barcelona, y la cantidad de gente que conocía en la capital británica era limitada.
Pero no había encontrado una manera de regresar a su ciudad natal sin poner en peligro su carrera como periodista de entretenimiento.
Londres había sido el compromiso posible.
Al final, había sobrevivido a un divorcio, una mudanza internacional, la incertidumbre laboral y la soledad. Pero ahora tocaba esto.
Empezaba el día de la peor manera posible: abriendo el correo electrónico y dándose cuenta de que no hacía falta revisar la transcripción de la entrevista que le había hecho a Melanie Lynskey un par de días antes.
Ni insistir con un tercer correo a la publicista de Supreme Video, que llevaba ignorando sus peticiones de acceso a los screeners de su última serie juvenil paranormal.
Habían despedido a Sol. Otra vez.
No es que no hubiera visto venir los despidos.
Era la segunda vez que se veía “afectada” —el eufemismo corporativo de los conglomerados mediáticos— por una reestructuración, un cambio de estrategia o simple mala suerte.
Dolía y ocurría en el peor momento posible.
Le encantaba su trabajo y (la mayoría de) sus compañeros.
Por fin había logrado hacerse un hueco como crítica y escribir (casi siempre) sobre lo que le gustaba.
Y la semana siguiente ¡por fin iba a entrevistar a Emma Thompson!
Pero ya no. Su exjefe microgestionador y sobreredactor en jefe se había encargado de enviarle un último correo irónicamente atento para asegurarle que no debía preocuparse por Emma Thompson.
Que la entrevista la harían internamente.
Si podía enviarles el contacto de los publicistas que lo habían hecho posible y recordarle dónde y cuándo iba a tener lugar...
— Al igual —gritó al monitor del ordenador, en su castellano natal, el idioma que le salía más natural cuando estaba de mal humor. No tenía intención alguna de dar ninguno de sus contactos.
Estaba al borde de declararse oficialmente no bien. Tenía cuarenta y dos años, casi cuarenta y tres, en realidad. Le esperaba el mundo del freelance , de los pitches a desconocidos y de volver a buscar trabajo. Otra vez.
No había tantos puestos en su campo y mucho menos bien pagados o pensados para alguien con su experiencia. Además, llevaba meses viendo a colegas despedidos a diestro y siniestro. Y corría el rumor de que pronto todos esos empleos serían ocupados por robots de inteligencia artificial.
Su industria se estaba desmoronando justo cuando su padre había dejado por fin de insistirle para que abandonara el masoquismo del periodismo de entretenimiento y se uniera al negocio familiar.
Y ahora acababa de demostrar que él tenía razón desde el principio.
Había llegado el momento en el que tendría que volver a echar mano de sus ahorros dilapidados. Otra vez.
···
Esa noche, Sol había quedado con Laia a las cinco y media en el bar de su restaurante italiano favorito, en Soho.
Habían comprado entradas para ver a James McAvoy en el cercano Trafalgar Theatre semanas atrás y Sol había decidido mantener el plan y contarle a su amiga lo del despido durante la cena. Le ayudaría a desahogarse.
Había pasado gran parte del día lidiando con las consecuencias de su recién estrenado desempleo. Además de lo humillante, un despido siempre implicaba una cantidad absurda de papeleo.
La obra empezaba a las siete y media puntualmente —como pasaba con el teatro, Sol se había encargado de grabar esa idea en la mente de su amiga— y desde el restaurante al teatro había once minutos andando, de ahí la reserva inusualmente temprana para un par de barcelonesas.
A las cinco y treinta y cinco, Sol consultó sus mensajes mientras esperaba sola en la barra de Bocca di Lupo, con una copa de Sauvignon Blanc bien frío en la mano. Laia aún no la había avisado de ningún retraso, pero Sol no pensaba hacer esperar a McAvoy.
Decidió que pediría algo de comida si su amiga no llegaba en cinco minutos.
Incluso estaba dispuesta a cenar sola si hacía falta.
Laia era famosa por su impuntualidad crónica.
Era uno de sus pocos defectos. Pero Sol esperaba no tener que comer sin compañía.
Necesitaba desahogarse y volcar sus inseguridades en su amiga.
Que una de sus mejores amigas se hubiera mudado a Londres más o menos a la vez que ella había elegido la ciudad como destino era lo mejor que le había pasado en la última década.
Además, Laia siempre había sido abiertamente segura de sí misma y de las personas que quería.
Y un poco de esa certeza inquebrantable era justo lo que Sol necesitaba en ese momento.
— No hi havia forma que acabéssim la peça d’avui —le dijo Laia a Sol cuando por fin entró en el restaurante a toda prisa.
Ser la nueva corresponsal en Londres para la televisión pública catalana más importante tenía sus inconvenientes y Laia había estado trabajando hasta ese mismo momento.
Se había retrasado más de lo esperado porque estaba grabando un reportaje sobre empresarios catalanes que trabajaban en la capital británica.
Sol supo que había venido corriendo. Laia tenía el pelo algo despeinado. Todavía llevaba el maquillaje para salir en cámara y solo se acordó de saludar y darle los dos besos de rigor después de justificar su llegada con retraso a las cinco y treinta y siete.
De haber estado en su ciudad natal, Laia no habría dado una explicación tan razonable, pensó Sol. ¡Solo habían sido siete minutos! Pero ahora estaban en Londres… y tenían entradas para ver a McAvoy.
—¿Quién está con la niña? —preguntó Sol en catalán mientras su amiga se sentaba en el taburete de al lado y revisaba el menú.
Sol era consciente de que su propia mudanza de Los Ángeles a Londres había sido fácil en comparación con la de su amiga.
La etapa californiana de su vida había llegado a su fin y nada la ataba ya a esa ciudad que había llamado hogar durante más de una década, salvo algunos amigos a los que echaba mucho de menos.
Cogió su ropa, algunos libros y su tetera vintage color cereza de Le Creuset y se marchó.
Para Laia, las cosas habían sido distintas.
Le habían ofrecido el tipo de puesto que debería haber conseguido años atrás, una oportunidad difícil de obtener en el mercado pequeño, nepotista y sexista que ambas conocían bien.
Pero era madre soltera y mudarse de Barcelona a Londres significaba estar lejos de la mayoría de sus amigos y familiares, que solían echar una mano cuando alguien tenía que quedarse con Paula, su hija de tres años, mientras ella trabajaba.
—Paula está con la nueva canguro. Deséame suerte —dijo Laia, haciendo contacto visual con uno de los camareros para avisar de que estaban listas para pedir.
En los últimos meses habían pasado varias niñeras por su casa, ninguna lo bastante resistente para los caprichos —aunque adorables— de Paula.
—Sabemos lo que queremos, ¿verdad? —preguntó Laia cuando el camarero se acercó. Iban allí con suficiente frecuencia como para saber cuáles eran sus platos favoritos. Era uno de sus pequeños rituales en la ciudad, una costumbre que las hacía sentirse un poco más en casa.
—Por supuesto que sí. ¡McAvoy nos espera! Pero tengo que contarte algo —dijo Sol.
Primero pidieron y después Sol le contó la noticia.
—¿Cómo me ha podido pasar esto otra vez? Cuando me ofrecieron el trabajo, me aseguraron que las finanzas estaban en orden. A finales del año pasado, aparentemente nadaban en dinero. No es que el equipo editorial viera un céntimo, claro. Y de repente, ¡puf!
—No te preocupes. Encontrarás otra cosa —le dijo Laia en tono tranquilizador.
—Ojalá pudiera estar tan segura. Y, sinceramente, me da un poco de miedo volver a buscar trabajo.
¿No debería ser más fácil a estas alturas?
¡Estamos en los cuarenta! Pasamos los veinte aceptando los trabajos más horribles y en los treinta las cosas nunca llegaron a ser cómodas del todo.
Ya sabes cómo es. Estaba en un punto de mi carrera en el que por fin parecía que podía estabilizarme y disfrutar del camino.
Pero no. Aquí estoy otra vez, haciendo malabares para no hundirme.
—Siempre estamos haciendo malabares, Sol —le dijo Laia con total seriedad—. Con cada reportaje, cada fecha de entrega y cada pelea con nuestros editores. Por eso elegimos este trabajo. Si no, no tendría gracia.
—No sé si me queda energía para seguir divirtiéndome tanto con esta profesión —dijo Sol, con una sonrisa cansada—. Estoy pensando en dedicarme a algo aburrido.
—¿Estás segura de eso? —preguntó Laia y Sol no pudo evitar sonreír. Sabía que su amiga conseguiría animarla un poco, aunque solo fuera por un rato.