Capítulo 31Skyla
CAPÍTULO TREINTA Y UNO
Skyla
A l día siguiente de recibir el mensaje diciendo que ya se han registrado en el hotel, llevo a mi padre y a su nueva novia a Le Bateau para un almuerzo temprano.
Les advierto de antemano que tengo una reunión con Logan después, por lo que tendré que volver directa a la oficina en cuanto hayamos comido.
Llevo un vestido de flores de corte evasé y, con el calor del sol, puedo sentir los rayos a través de la tela, aunque eso no impide el gélido escalofrío del desamor.
—Skyla. —Papá me envuelve en un abrazo tan apretado que me transporta a mi infancia, a cuando me recogía en las mismas escaleras del internado y, durante esos primeros instantes, me sentía completa. Cuando me suelta, me recuerda a cuando me dejaba de nuevo para empezar el siguiente trimestre.
Me presenta a Claire y le tiendo la mano para estrechársela justo cuando ella se inclina para abrazarme. Ambas nos reímos y terminamos haciendo un saludo a medias entre apretón de manos y abrazo de un solo brazo.
—He oído hablar mucho de ti —dice ella.
—Yo también —respondo, sin tener ni idea de quién es aparte de la novia de mi padre y preguntándome cómo vamos a llenar una hora entera si este es nuestro mejor esfuerzo en cuanto a charla trivial.
El camarero nos acompaña a nuestra mesa y luego nos trae una jarra de agua con hielo y tres vasos. Claire comenta lo fría que está el agua y yo complemento su comentario señalando la condensación que amenaza con gotear sobre su vestido mientras se lleva el vaso a la boca.
—No pareces tú misma —dice papá.
Que se dé cuenta me pilla desprevenida e intento que el agotamiento no se note en mi voz. —Estoy bien. He tenido mucho trabajo, estoy cansada. ¿Cómo van vuestras vacaciones por ahora?
—Tu padre me llevó a pescar, lo cual es curioso ya que nos conocimos en el mar, y es el primer sitio al que fuimos en cuanto volvimos a tierra firme —. Mira con adoración a mi padre y él le devuelve una mirada llena de cariño.
Es la primera vez que veo a mi padre desde las vacaciones de Navidad.
Parece haber ganado unos kilos y le sientan bien.
Lleva la barba recién recortada y la montura de sus gafas es más moderna que su estilo habitual.
Pero, por encima de cualquier otra pequeña señal de un hombre satisfecho en una relación, se le ve feliz.
Comemos tres platos; bueno, papá y Claire comen tres platos. Yo solo mareo la comida con el tenedor, sintiendo todavía esa tensión en el estómago que no me ha abandonado desde mi conversación con Drew.
Cuando Claire va al servicio, digo: —Se te ve feliz.
Papá me sonríe. —Soy más feliz de lo que he sido en mucho tiempo.
—Claire parece encantadora —respondo, y lo es, no hay nada en ella que pueda disgustarme.
Quizás sería más fácil no sentirme tan hundida con mi propia vida amorosa si a todo el mundo le fuera fatal, pero aquí estoy, presenciando un amor de segundas oportunidades en alta definición y sonido envolvente.
No resta valor a lo mucho que me alegra que mi padre esté enamorado, sino que me hace preguntarme qué hay de malo en mí.
—¿Qué te pasa, cariño? —pregunta él.
No estoy segura de por dónde empezar, pero me sorprendo soltando: —He recibido un correo electrónico de mamá.
Papá se quita las gafas y usa una servilleta para limpiar los cristales antes de volvérselas a poner. —¿Qué decía?
—He borrado el correo.
La nuez de papá se mueve al tragar saliva. —Probablemente sea lo mejor.
—Pero luego me entró la curiosidad y lo saqué de la papelera. Ha pedido verme.
El ceño se le frunce aún más. —Ya veo. ¿Y quieres verla?
—No sé si puedo perdonarla, y no quiero herirte viéndome con ella, pero también siento que necesito respuestas.
Claire regresa y papá entrega su tarjeta para pagar la cuenta. —¿Te importa si nos vemos luego en el hotel? Me gustaría dar un paseo con Skyla, si no te importa.
Ella sonríe con calidez. —No me importa en absoluto. Tenéis mucho de qué hablar. Os veo luego a los dos. —Me da un abrazo de despedida y esta vez resulta menos incómodo.
—Después de ti. —Papá hace un gesto y caminamos por la arena, mientras la suave brisa agita su camisa al viento. —No fui un buen padre para ti.
—¿Qué? Papá, hiciste lo que pudiste y...
—Skyla, trabajaba fuera en el mar tres meses seguidos. No estuve ahí para ti como un padre debería estarlo.
Es curioso, recuerdo que no estaba y recuerdo haberle suplicado que volviera a casa, pero sobre todo recuerdo la emoción que sentía mientras contaba los días que faltaban para verle. —Ese era tu trabajo.
Su boca es una línea recta hasta que habla. —Era más fácil estar lejos. Te parecías tanto a ella. Me sentí como un estúpido cuando se marchó, y pasé mucho tiempo enfadado y no quería que me vieras así. No quería hacerte daño, pero creo que lo conseguí de todos modos.
—No te entiendo.
—Tu madre me dejó a mí, pero no te dejó a ti.
—Papá, se marchó y nunca volví a verla. Puede que dejara vuestra relación, pero también me dejó a mí atrás.
Papá niega con la cabeza. —Me dejó a mí. Yo le dije que no volviera nunca.
—Ya, pero podría haber vuelto para verme o haberme llevado con ella. La gente dice todo el tiempo «no quiero volver a verte», pero no lo dicen en serio. Los padres vuelven por los hijos a los que quieren.
—Ella volvió.
Dejo de caminar. Es la primera vez que oigo que mi madre volvió.
—¿Cuándo?
Una ráfaga de viento repentina me provoca un escalofrío por la espalda.
—Unas cuantas veces.
Unas cuantas veces.
—No recuerdo eso. ¿Unas cuantas veces cuándo?
—Estabas viviendo con la tía Penny, ¿recuerdas?
—Sí. Después de que mamá se fuera, nos mudamos de la casa porque tú tenías que volver a trabajar. Así que me quedé con la tía Penny y luego tú organizaste lo de ir al internado. —Me quedo sin aliento cuando la comprensión me cala hasta los huesos —. ¿Para mantenerme escondida de ella?
—No —. Mi padre niega con la cabeza —. Yo estaba furioso y ella vivía con ese tipo y yo no te quería cerca de él, y no podía confiar en que tu madre tomara las decisiones adecuadas para ti, así que yo...
—Me metiste en un internado sin preguntarme nunca qué quería, para que no conociera otra cosa y dejara de pedir verla.
—¡No! Skyla, necesitaba trabajar y tu madre lo intentó un par de veces y luego apenas volvimos a saber de ella. Si de verdad hubiera querido verte, habría luchado. Hice lo que hice porque...
—¡No nos diste a ninguna de las dos la oportunidad de averiguarlo! ¡Me has ocultado esto durante años!
—¡No quería que te hiciera daño!
—¿Estás seguro, papá? ¿O te estabas asegurando de que ella sufriera como sufriste tú?
Sus pobladas cejas se juntan en el centro mientras frunce el ceño. —No. Ella firmó la renuncia a sus derechos otorgándome la custodia total. No luchó por ti.
El dolor me cubre como una sombra.
—¡Tú tampoco luchaste por mí! No luchaste para que yo tuviera a mis dos padres en mi vida y no luchaste para que yo supiera la verdad o pudiera opinar sobre lo que me pasaba.
—Eras una niña —dice papá, aunque por su expresión me doy cuenta de que sabe que es una excusa barata.
—Todos esos cumpleaños y Navidades en los que decidiste no contármelo, me estuviste mintiendo. Estabas cubriéndote las espaldas y dejaste que creyera que ella se había marchado sin más. Me fallaste igual que ella.
Es un sentimiento de despedida cruel, pero no puedo evitarlo.
He anhelado a mi madre toda mi vida. Me he preguntado dónde estaba y qué hice tan mal para que se marchara, cuando en realidad, quizá se habría quedado si mi padre hubiera sido capaz de dejar sus sentimientos a un lado y darle un lugar en nuestras vidas por mi bien.
La gente pasa a nuestro lado por la playa, familias, una pareja cogida de la mano. Es demasiado. El día de hoy, esta semana, toda mi vida. Y en un momento carente de lucidez, quiero culpar a mi padre de todo lo que me falta en la vida, aunque sé que es injusto.
Papá abre la boca para hablar, pero no me quedo a escucharle. Le doy la espalda y echo a correr en dirección opuesta hasta que mis pulmones jadean y mis piernas tiemblan, y luego sigo caminando hasta que el sol se pone en el cielo.
Y de repente, me encuentro frente a un bar del que sale a todo volumen una música punk con un sonido agresivo que encaja con mi estado de ánimo, y me abro paso entre la cola hasta llegar al frente.
Todo el local está abarrotado de gente, pero nunca me he sentido más sola.
Así que hago lo que hace el resto del mundo cuando se siente solo: entro a por una copa.