Capítulo 30Drew
CAPÍTULO TREINTA
Drew
—¿ D ónde está el helado? —pregunta Callie.
—¿Eh?
—Papá, has salido a por helado y por la bufanda de la yaya y has vuelto con una cara de haber envejecido cincuenta años.
—Gracias, pequeña. Siempre puedo confiar en ti para que me animes.
Estoy tan cansado que no me cuesta ningún esfuerzo dejarme caer en la alfombra junto a Callie, observando cómo agita uno de sus ositos de la infancia delante de la carita de Pixie, que es del color de un cielo rojizo. La cachorra da saltitos, gruñendo al oso de forma juguetona.
—¿Qué raza es? —pregunto.
Mamá estudia a la perrita. —No vimos ni a la madre ni al padre; la dejaron atada a un poste ahí delante, llena de pulgas y hambrienta. Pero a mí me parece que tiene algo de gran danés, tal vez algo de labrador. Va a ser grande, no hay más que verle las patas.
—Diremos que es una gran labradora —sugiere Callie.
—¿Tiene siquiera edad para estar lejos de su madre? —le pregunto a mamá.
—Sí. Ya tiene todas las vacunas. He preparado algunas publicaciones para subirlas a mis redes —responde mamá.
Le arqueo una ceja. —¿Tus redes? —Mi madre sabe de redes sociales lo mismo que yo de hacer feliz a la gente. Absolutamente nada.
Mamá sonríe, pero es una sonrisa forzada.
Nada que ver con el tipo de sonrisa que se le ve cuando es genuinamente feliz.
Parece... preocupada. Agita la mano hacia Callie.
—Tu hija me ha estado enseñando a crear grupos y páginas.
La respuesta de la comunidad ha sido sencillamente increíble.
Gracias a Callie, estoy ampliando mi red de paseadores de perros.
La gente quiere venir a hacer voluntariado en el centro.
Incluso tengo una lista de espera de gente a la que evaluar para que adopten sus propias bolitas de pelo.
—Mamá se inclina para acariciar a Pixie, pero sus ojos permanecen fijos en mí—. ¿Estás bien? Pareces cansado.
Me paso las manos por el pelo. No recuerdo la última vez que dormí bien una noche entera.
Ah, pues sí que me acuerdo. Fue cuando tenía a Skyla a mi lado.
—Estoy bien, mamá. Han sido unos días difíciles. —Observo a Callie, con la pantorrilla escayolada estirada ante ella, jugando con la perrita. Sonríe, pero noto que se está guardando algo.
—¿Necesitas un Tylenol? —le pregunto a Callie.
—No. Estoy bien. No me duele demasiado. —Callie se vuelve hacia su yaya con los ojos vidriosos—. ¿Te asegurarás de que Pixie encuentre un buen hogar? No soporto pensar que no la saquen a pasear lo suficiente o que no le den premios cuando haga algo bien.
—Será el mejor hogar que pueda encontrar, te lo prometo —responde mamá, pero Callie no parece convencida. Y es demasiado para mí. Herir a la gente, sentirme profundamente desgraciado por dentro... no lo soporto.
—Tendrá el mejor hogar de la ciudad —digo, y antes de haberlo pensado lo más mínimo, antes de haber recordado todas las razones por las que dije que no podíamos tener un perro, las palabras brotan de mi boca—.
Mañana iremos a comprarle una cama y un cuenco para la comida.
Y la sacaremos a pasear todos los días. Todos los días.
No vamos a ser de ese tipo de dueños que solo hacen las cosas divertidas cuando son cachorros.
Si nos comprometemos, lo llevaremos hasta el final.
Hasta el mismísimo final. Tendremos que inscribirla en un veterinario.
Los perros necesitan buena atención médica, y tú tendrás que buscar también clases de obediencia.
Los dos necesitaremos saber cómo convertirla en el perro guardián que prometiste que sería.
Aunque mirándola, no me la imagino capaz ni de asustar a una zarigüeya.
Callie se queda boquiabierta, con el rostro congelado por la sorpresa. Parpadea dos veces y luego sus mejillas se elevan lentamente. —¿Podemos quedárnosla?
—¿Y tus alergias? —pregunta mamá en tono suspicaz.
Respiro hondo. —Ni estornudos ni sibilancias. Supongo que ya se me han pasado.
—Mmm. Qué maravilla. —El tono de mamá se vuelve sarcástico—. Una curación repentina. Qué bendición. —Sus ojos me clavan una mirada de desdén—. ¿Sabes que un perro no es una distracción, verdad?
—¿Qué? —ignoro su suposición—. Llevamos siglos pensando en tener un perro. —El escrutinio de mamá es insoportable, así que desvío la mirada hacia Callie—. Mira qué feliz está.
Callie jadea, sonriendo hasta que cada rasgo de su cara parece elevarse un par de centímetros.
—¡Papi! —chilla Callie y, por primera vez desde el accidente, mi corazón se llena de algo parecido a la felicidad, hasta que dice—: ¡No puedo esperar a contárselo a Skyla!
—Y sin siquiera mirar a mamá, puedo leer el rostro de «te lo dije» que ha puesto.
Entonces, como si alguien hubiera quitado el tapón, un poco de mi felicidad se escapa.
Primero una gota, seguida de un torrente al recordar el sonido de su voz entrecortada.
— «¿Es que no me has querido nada?»
Sí, la quería.
¿Cómo no iba a quererla?
—¿Sabes que no se admiten mascotas en el complejo vacacional? —pregunta Logan, levantando a Pixie para acariciarla antes de volver a dejarla en la alfombrilla para cachorros.
—Entra como si estuvieras en tu casa, no te cortes —replico, levantando la vista de mis planos.
—Es que es mi casa.
—Ya, bueno, si quieres aplicar la norma de que no se permiten perros, tendrás que hablarlo con Callie. Pixie es su perro —digo con suficiencia. No hay forma de que le diga a su adorada sobrina que no puede tener el perro.
—¿Pixie? —Ahora es el turno de Logan de mostrarse arrogante.
—Sí, Pixie. Callie le puso el nombre.
Él suelta una carcajada. —Me lo imaginaba. Vas a parecer muy varonil llamando a Pixie mientras paseas a esa... ¿qué es?
—Es una gran labradora. ¿Qué haces aquí? Tengo trabajo que hacer —digo, soltando el bolígrafo. Llevo todo el día mirando estos planos y todavía no he hecho ni una sola marca en el papel.
—He venido a ver cómo estás. Mamá cree que lo estás «pasando mal».
—Mamá piensa demasiado. Debería desconectar ya, se va a volver loca analizando mi comportamiento.
—Ah, ¿y qué comportamiento es ese? —Logan saca una silla y se sienta frente a mí.
Cruza una rodilla sobre la otra como si no tuviera intención de irse a ninguna parte en un buen rato.
Me clava la mirada y me siento inmediatamente irritado—.
¿Podría tener algo que ver con mi directora de RR.
HH., que anda por ahí con una cara tan lúgubre como la tuya?
—Antes de empezar a venir aquí a darme la lata, quizá deberías poner orden en tus propios asuntos. ¿Sabes que tu novia le envió un mensaje a Callie preguntándole si quería renunciar a ser dama de honor, ya que tiene la pierna fastidiada y podría quedar mal en las fotos?
Arruga la nariz. —¿Qué? No, no sabía nada de eso. —Saca el teléfono, pero le interrumpo antes de que haga la llamada.
—Déjalo. De todas formas, Callie ya no quiere hacerlo. Se le ha metido en la cabeza que el matrimonio es una farsa por el bebé.
—¿Cómo se le ha ocurrido eso?
—¿Intuición? ¿Haber oído por casualidad una docena de conversaciones en las que Dana se porta fatal y haber sacado su propia conclusión? No lo sé, pero dime que no ha dado en el clavo.
Logan exhala un suspiro. —No quiero que mi relación poco convencional dañe la visión que tiene Callie de las relaciones. Pobre niña, como si no tuviera suficiente con tu idea distorsionada de las relaciones. ¿Dónde está ella?
—Con mamá. Pasando el control de la casa de «Bloody Ben» y su nuevo perro.
—Mi voz destila sarcasmo—. Por lo visto van a ser colegas de chuchos y ya han buscado clases de adiestramiento para ir juntos .
—Está creciendo demasiado rápido, y no me gusta ni un pelo.
Aunque, por cómo me siento desde que dejé de ver a Skyla, no me gusta casi nada, ni siquiera charlar con mi hermano—.
No quería que Callie fuera con mamá hoy —acaba de ser operada—, pero parece que mi opinión vale una mierda últimamente.
Mamá y Callie dijeron que se irían una hora, dos como mucho.
—Callie estará bien, está con mamá. —Ladea la cabeza—. Pero ¿Ben? No me gusta cómo suena eso.
—A mí tampoco. Ben. Un chico. Es como si intentara hacerme envejecer diez años cada día. —Aspiro profundamente y suelto un suspiro para intentar contrarrestar los problemas coronarios pendientes—. Dice que es un amigo.
—¿Qué edad tiene, doce ya? ¿Te acuerdas de cuando tú tenías doce?
—No estás ayudando, Logan.
—Vale. Me callo. —Niega con la cabeza y mira a su alrededor—. Así que, ¿has roto con Skyla y te has congraciado con Callie comprándole un perro para distraerla? Genio.
—Vete a la porra, tío. Callie quería un perro mucho antes de que yo terminara lo mío con Skyla. Me estuvo dando la paliza con lo de tener un perro hasta la saciedad. Ya sabes cómo es ella.
—¿Ah, sí? Tú, dando tu brazo a torcer después de que te insistan un poco... eso no ha pasado nunca. Como cuando no me dejaste usar tu Sega ni una sola vez, por mucho que te lo supliqué. Incluso cuando me rompí el brazo yendo a buscar tu pelota a aquel árbol del jardín trasero...
—¡Fuiste tú quien pegó un chut a la pelota y la mandó ahí arriba!
—Aun así, no cediste ni una vez. Bastardo testarudo. Me pasé todo el verano viéndote jugar a esa consola y no me dejaste jugar mi turno ni una vez.
—¡Te llevaste la Sega al campamento de verano mientras yo me quedaba barriendo las hojas de la entrada, entre otras muchas tareas que tú nunca tuviste que hacer porque eras demasiado bebé!
—¡Eh! Yo no era el bebé. Tate es el más pequeño de los chicos. Papá te hacía hacer las tareas porque confiaba en ti. Yo tuve que ganarme su confianza, a duras penas, durante años . Tú la tuviste desde el momento en que naciste.
—¿Hasta que lo eché todo a perder, quieres decir?
Logan se apoya en los codos sobre el escritorio. —No lo echaste a perder. Tomaste una decisión, te mantuviste firme y, finalmente —los labios de Logan se curvan en una sonrisa socarrona—, una década después, papá lo aceptó.