Capítulo 12Drew
CAPÍTULO DOCE
Drew
— N o te muevas ni un centímetro; yo me libraré de ella —digo, encontrando y subiéndome rápidamente los calzoncillos sobre mi erección y luego poniéndome los pantalones antes de salir de la habitación con paso decidido.
No me molesto en ponerme una camisa, ya que mi intención es estar desnudo y dentro de Skyla en un minuto... o antes si puedo.
—Sally, ¿verdad? —digo, recordándola de la vez que fui a pedirle disculpas a Skyla.
¿Por qué le estaba pidiendo perdón? Ah, es cierto, por haberla besado.
Y ahora, aquí estoy, preparándome para follármela.
Pero no puedo pensar en lo que está bien o mal mientras tengo la polla tan hinchada que está a punto de explotar.
La mujer, que probablemente tenga mi edad y me mira como si supiera exactamente lo que he estado haciendo, da un paso hacia mi dormitorio. Lleva en los brazos un montón de toallas de baño blancas.
—Yo me encargo. Es muy amable por tu parte traerlas, pero...
—No es ninguna molestia. Betty mencionó que se había olvidado de reponer las de tu habitación y, con el cambio de turno, pensé en echar una mano; ¡así de buena empleada soy!, por eso me ofrecí a traérselas ahora mismo, Sr. Blingwood... ¿o debería llamarte Drew?
—Drew está bien. —Le arrebato el algodón de los brazos, deseando que esta entrometida recepcionista capte la indirecta—. Estoy muy ocupado. Pero gracias. —Clavo mis ojos con firmeza hacia la salida. La próxima vez que Skyla venga, debo acordarme de bloquear el ascensor.
Sally no capta la indirecta. —¡Oh, Drew! Tienes una marca en la cara. Está roja, como si te hubieran dado un puñetazo. ¿Estás bien?
Me presiono la sien con el dedo índice y sonrío con suficiencia.
Vaya, cuando se corre, pierde el control.
Una medalla de honor.
—Ehm. Sí, estoy bien. Me he golpeado con el marco de la puerta. Ahora, si me...
—Me ha parecido ver a Skyla venir por aquí. Me preguntaba si estaría aquí arriba. ¡Siempre está trabajando! Se lleva el trabajo a casa —dice Sally, mirando alrededor de la estancia como si estuviera participando en un elaborado juego del escondite.
Sigo su mirada hasta donde se ha fijado en mi cartera, así que la cojo y saco un puñado de billetes de veinte.
Es demasiada propina, pero a estas alturas estoy tan desesperado por volver al dormitorio y entrar en Skyla que estaría dispuesto a ceder un riñón.
—No, solo estoy yo. —Mi expresión se ha convertido en un ceñudo vete a la mierda.
Le tiendo el efectivo y su mano se lanza para coger los billetes.
—Me marcho entonces —responde ella, mientras sus ojos recorren mi cuerpo de arriba abajo, haciendo que mi erección disminuya.
—Te acompaño a la salida.
—Oh, no hace falta. Conozco el camino. Vuelve a lo que sea que estuvieras haciendo. —El guiño que me lanza me hace darme cuenta de inmediato de mi error.
¡Maldita sea!
No ha podido ver a Skyla aquí y ahora probablemente piense que me estaba pajeando. Por lo que Logan ha dicho de su personal, al final del día lo sabrá todo el mundo.
Qué más da. No me importa. Hay una mujer hermosa y exuberante en mi cama, esperando a que la haga correrse un poco más.
—Bien. Gracias. Adiós. —Camino hacia la puerta del dormitorio, pero antes de abrirla me giro para asegurarme de que Sally sube al ascensor. En cuanto la puerta del ascensor se cierra, entro de un salto en la habitación.
—Muy bien. ¿Por dónde íbamos...?
Skyla está mirando por la ventana, completamente vestida. Cuando se gira, sus mejillas tienen un tono rosado incluso más oscuro que cuando ha llegado al orgasmo.
—Te has vestido —digo.
Bien hecho, Capitán Obvio.
Se muerde el labio. —Será mejor que me vaya.
Sally es una bocazas. Si alguien se entera de que he estado aquí, haciendo eso...
y después de lo que pasó con Mike... —Mira hacia sus delicados pies, con los zapatos perdidos en algún lugar de la carnicería—.
Seré el hazmerreír. —Su voz se quiebra en la última palabra.
Recorto la distancia entre nosotros. —¿Qué? No, no lo serás.
Levanta la barbilla. —Voy a buscar mis zapatos y me voy. Gracias por los... ehm...
—¿Orgasmos alucinantes?
Su expresión triste se ilumina mientras suelta una carcajada ahogada y asiente con la cabeza. —Han sido alucinantes, gracias. —Da un paso y luego baja la vista hacia mi polla—. ¿Quieres que te haga una pajilla antes de irme?
Su incisivo muerde su labio inferior, y me recuerda a su cara cuando estaba en medio del orgasmo más caliente y explosivo que creo haber visto jamás.
Rodeo su muñeca con los dedos, desesperado por verla sonreír de nuevo.
—Te he dado dos orgasmos y tú me has dado un ojo morado.
Creo que lo mínimo que puedes hacer es...
—dejo las palabras en el aire, observando cómo sus preciosos ojos marrones se vuelven grandes y brillantes—, ¿cenar conmigo mañana por la noche?
Su sonrisa se desvanece y me golpea como un puñetazo en el estómago.
Libera su brazo de mi agarre y me inclino hacia su mano cuando la levanta para acariciarme la mandíbula, con su dedo recorriendo todo el camino hasta mi sien y su expresión volviéndose avergonzada mientras toca el hematoma que me escuece en la cara.
—Es muy amable por tu parte ofrecérmelo, pero los dos sabemos que esto ha sido para quitarnos las ganas.
Probablemente sea mejor que hagamos caso a la advertencia.
Busco qué decir, pero ambos sabíamos desde el principio que esto no era el comienzo de algo eterno. Debería alegrarme de que no esté pidiendo más. Aunque no he tenido el final feliz que esperaba esta noche, satisfacer sus necesidades me ha hecho sentir como si llegara a las puertas del cielo.
La sigo mientras camina hacia el salón y se agacha para recuperar sus zapatos de donde fueron lanzados.
—Noto que me estás mirando el culo —dice en tono juguetón, aunque no le sale del alma.
—No puedo evitarlo, es un culo estupendo —respondo, y me sienta bien verla sonreír. No me doy cuenta de que no quiero que se vaya así hasta que su dedo toca el botón del ascensor, y corro hacia ella. —Que les den a los demás —le digo, poniéndome entre ella y el ascensor—. Haz lo que te haga feliz.
Las puertas se abren con un pitido y me entran ganas de hacer saltar por los aires el maldito trasto.
Skyla mira por encima de mi hombro hacia el espacio vacío, sin encontrarme la mirada.
—Tienes razón, pero tirarme al hermano de mi jefe, en el complejo... es una felicidad a corto plazo...
—Sería jodidamente bueno.
Ella sonríe, y esta vez es una sonrisa de oreja a oreja, sincera de verdad. —Oh, sí, lo sería. Pero la vida sigue fuera de esta habitación, y no quiero sentirme como...
Me inclino y presiono mis labios contra los suyos, no para convencerla de que se quede, sino porque no puedo contenerme, y luego doy un paso atrás. Entiendo sus razones, aunque no me gusten.
—Si cambias de opinión...
—Serás el primer chico al que llame.
Y en un segundo, las puertas del ascensor se cierran y se ha ido.