Capítulo 12 El Control Total
El despertar no fue gradual. Mi cabeza todavía se hundía entre los cojines de plumas de la suite cuando la mano cálida de Alejandro se posó en mi hombro, sacudiéndome con una dulzura imperiosa.
Abrí los ojos con esfuerzo. La luz dorada de la mañana se filtraba entre las cortinas pesadas de Manhattan, partiendo la habitación en dos.
Alejandro ya estaba completamente vestido: un traje oscuro impecable, el pelo negro peinado hacia atrás y aquel perfume a cuero y especias que ya se había convertido en el aire mismo que respiraba.
—Despierta —murmuró con su voz profunda, de tono cavernoso, inclinándose sobre mí para plantarme un beso rápido y decidido en los labios—. Yo tengo que salir para unas reuniones de negocios en Wall Street, pero para ti el día apenas empieza. Esta noche tenemos una cita muy especial.
Me incorporé entre las sábanas blancas, la piel del pecho todavía ligeramente enrojecida donde la cera de la noche anterior había dejado su marca, invisible pero presente.
Alejandro alargó la mano hacia la mesilla y cogió una tarjeta de plástico negro mate con el logo grabado en oro. La deslizó sobre el colchón, empujándola hacia mí.
—Es mi tarjeta —dijo, mirándome a los ojos con una intensidad que me hizo apretar los muslos por instinto—.
Quiero que pases la tarde en la Quinta Avenida.
Cómprate un vestido de noche escandaloso y la lencería más fina y erótica que encuentres.
Nada cómodo, nada modesto. Cuando vuelva esta noche a las ocho, quiero encontrarte lista, vestida con lo que yo he pagado, esperando lo que decida hacerte.
Un escalofrío cálido me recorrió la columna. La idea de ir de compras por Nueva York con su dinero, eligiendo prendas destinadas únicamente a mi sumisión erótica, desató una descarga de adrenalina inmediata.
—¿Y si no encuentro nada que te guste? —arriesgué con una sonrisa provocadora.
Alejandro se inclinó, me agarró la barbilla con dos dedos y apretó con la dosis justa de fuerza para hacerme contener la respiración.
—Encontrarás exactamente lo que deseo verte puesto, Chloe —dijo en voz baja, la boca a un milímetro de la mía—. Ahora levántate. Y recuerda que cada dólar que gastes esta noche exigirá una cuenta saldada sobre tu carne.
Me dejó sola en la suite con la tarjeta de crédito negra entre los dedos y el corazón latiendo a un ritmo desbocado.
A las ocho menos cuarto estaba delante del espejo de la habitación, lista.
La tarde entre las boutiques de lujo había sido una experiencia casi hipnótica.
Había elegido un vestido de noche de seda rojo sangre, escotado casi hasta el ombligo y con dos aberturas laterales que nacían en las caderas.
Debajo no llevaba ninguna prenda moldeadora: solo un conjunto de encaje negro microscópico, un sujetador de balconet que dejaba los pezones al descubierto y un tanga de hilo que apenas rozaba la piel ya caliente por la anticipación.
La cerradura de la suite hizo clic exactamente a las ocho. Alejandro entró, cerrando la puerta a su espalda. Su mirada me recorrió de arriba abajo, deteniéndose en mis piernas descubiertas y en el encaje negro que transparentaba a través del vestido de seda roja.
—Espectacular —murmuró, quitándose la chaqueta y arrojándola sobre una silla—. Quítate el vestido. Quédate solo con la ropa interior.
Obedecí sin decir una palabra. Me quité la seda roja, dejándola caer a mis pies, quedándome de pie en el centro de la habitación con medias autosujetables negras y lencería transparente.
Alejandro se acercó y me tomó de la mano, guiándome hacia la cama.
Me hizo tumbarme boca arriba, sacando del cajón dos suaves correas de cuero negro con las que me sujetó las muñecas a los cabeceros de madera de la cama.
Los brazos me quedaron inmovilizados por encima de la cabeza; mi cuerpo estaba completamente abierto, ofrecido, vulnerable.
—Esta noche, Chloe, vamos a explorar el límite de tu resistencia —dijo, sentándose en el borde de la cama junto a mí.
Sacó del bolsillo un tubo de gel lubricante efecto calor y una pluma de avestruz con el mango de metal—.
Esta noche no voy a dejar que te corras.
Te voy a llevar al borde del precipicio durante horas, y cada vez que estés a punto de caer, te voy a echar hacia atrás. Hasta que me lo supliques llorando.
Mi respiración se volvió corta, agitada al instante. El juego del edging —la negación del orgasmo— era un tabú que me daba miedo y me excitaba de un modo casi doloroso.
Alejandro deslizó los dedos impregnados de gel caliente directamente sobre mí. El contacto fue una explosión de calor: reaccioné al instante, mojándome aún más. Con la mano derecha empezó a estimular el clítoris, moviendo la yema en círculos rápidos, precisos, despiadados.
—¡Ah! Dios, Alejandro... ¡qué calor! —grité, arqueando la espalda contra el colchón, los dedos intentando en vano apretar las correas de las muñecas.
El placer subió con una rapidez devastadora. En menos de dos minutos sentí la tensión acumulándose en la pelvis, lista para la explosión.
—Me... ¡me corro! ¡Haz que me corra! —supliqué, cerrando los ojos.
Justo cuando la sacudida del clímax estaba a punto de arrasarme, Alejandro apartó la mano de golpe.
Un gemido de pura frustración me desgarró la garganta. El vacío repentino fue casi físico, un dolor agudo de placer suspendido a medias.
—Todavía no —dijo él con voz calmada e inflexible.
Cogió la pluma de avestruz y empezó a rozar delicadamente el interior de mis muslos, subiendo hacia el perineo, rozando apenas la entrada trasera, para después volver al clítoris, hipersensible, con toques ligerísimos que me hacían temblar entera.
La tortura duró más de una hora. Seis veces Alejandro me llevó a un milímetro del orgasmo, acelerando el ritmo de los dedos dentro de mí o frotando su sexo rígido contra mi piel mojada, solo para detenerse por completo en el instante exacto en que mi cuerpo empezaba a contraerse.
A la séptima vez estaba en un estado de delirio erótico total. Sudaba, lloraba, sacudía la cabeza sobre las almohadas, las caderas moviéndose solas buscando el contacto con su mano. La frustración acumulada había transformado el deseo en un hambre primitiva, salvaje.
—Te lo ruego... te lo ruego, Alejandro... —sollocé, perdida en la oscuridad de mi sumisión—. Te lo ruego, haz que me corra... soy tuya, haz de mí lo que quieras, pero haz que me corra.
—Pídelo como es debido, Chloe —exigió él, colocándose entre mis muslos, la punta presionando contra mi entrada—. Dime de quién es este cuerpo. Dime quién tiene derecho a darte placer.
—¡Es tuyo! ¡Es todo tuyo! ¡Tú eres mi dueño, Alejandro! ¡Haz que me corra, te lo ruego, me estoy volviendo loca! —grité sin ninguna dignidad ya, rompiendo cualquier resto de control.
Una sonrisa feroz le curvó los labios. Con un empujón violento, profundo y definitivo, se hundió hasta el fondo dentro de mí.
Después de una hora de espera negada, el cuerpo ya no supo cómo gestionar el permiso repentino.
No fue una ola, fue una presa que cedía toda de golpe: seis falsas salidas, seis retornos al punto de partida, y ahora por fin ningún freno que la detuviera.
Grité su nombre tan fuerte que me hice daño en la garganta, la voz quebrándose a media palabra, incapaz de terminar ni siquiera esa.
Alejandro no se detuvo. Siguió tomándome con golpes rápidos y profundos durante todo mi orgasmo, cabalgando la ola de mi placer hasta que, con un rugido sordo, se corrió dentro de mí, llenándome de calor.
Me derrumbé sobre la cama exhausta, con las muñecas todavía atadas, mientras lágrimas de un éxtasis puro me mojaban las mejillas. Había vendido mi voluntad a cambio de su control, y nunca me había sentido tan libre.