SOMETIDA AL PLACER (SERIE DESEOS EXTREMOS)
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Capítulo 1 La Grieta en la Rutina
Las sábanas de algodón egipcio estaban frescas, blancas, sin una sola sorpresa.
A mi lado, la respiración rítmica y profunda de Ethan marcaba el silencio de nuestro dormitorio en Boston.
Era un sonido tranquilizador, la banda sonora de seis años de matrimonio: perfecto, impecable, previsible.
Ethan era el hombre que cualquiera hubiera querido: atento, brillante en su trabajo de analista financiero, incapaz de olvidar un aniversario.
Pero la perfección, descubrí esa noche, tiene un olor extraño.
Huele a polvo y a extintor. Huele a una vida en la que cada deseo queda catalogado y satisfecho antes de que llegues a formularlo.
Me giré despacio hacia él. Su mano descansaba en mi cadera, quieta e inerte, un peso familiar que ya no me erizaba la piel.
Miré el techo. Dentro de doce horas estaría en Nueva York, en una convención de tres días sobre gestión patrimonial.
Tres días sola. Cuando se lo había dicho a Ethan la noche anterior, él me había besado en la frente con esa sonrisa suya tan dulce, pidiéndome que no me agotara demasiado y que lo llamara en cuanto llegara al hotel.
Ni una pizca de celos. Ni un destello en los ojos.
Solo una confianza absoluta, inquebrantable y devastadora.
Me levanté sin hacer ruido. El parqué frío bajo los pies descalzos me dio un leve escalofrío, una llamada a la realidad.
En el baño, iluminado por una luz tenue, me miré al espejo.
A los treinta y dos años, mi cuerpo estaba quizá en su mejor momento, y aun así parecía un retrato guardado bajo una vitrina de cristal.
Los ojos claros, el pelo rubio bien peinado, la piel intacta.
Era una mujer realizada, decían todos. Pero bajo esa superficie pulida había una inquietud subterránea que llevaba tiempo sofocando bajo capas de obligaciones y buenos modales.
A la mañana siguiente, el taxi me dejó frente a la entrada del Grand Hyatt de Manhattan.
El ruido de la ciudad, el tráfico incesante, el olor a lluvia y a metal me golpearon en cuanto bajé del coche.
Era como si el aire mismo de Nueva York estuviera cargado de una electricidad distinta, menos domesticada que la de nuestra casa.
Pasé las primeras horas entre ponencias y apretones de manos formales.
Acreditaciones, diapositivas, cifras. A las siete de la tarde, mi cabeza solo pedía una tregua del parloteo de conversaciones triviales.
Bajé al bar del hotel. El local estaba envuelto en una luz cálida y tenue, con paredes de madera oscura y sillones de cuero oscuro.
El camarero me sirvió un martini seco sin que tuviera que añadir demasiadas palabras.
Le di un sorbo, sintiendo cómo la ginebra bajaba por mi garganta como una estela fría y afilada. Fue en ese instante exacto cuando lo percibí. No fue un ruido, sino un desplazamiento repentino del aire, como cuando alguien abre una ventana en una habitación cerrada durante demasiado tiempo.
A cuatro taburetes de mí, sentado de perfil, había un hombre.
Llevaba una chaqueta oscura de corte impecable, pero la camisa blanca estaba abierta en el cuello, sin corbata, desabrochada justo lo suficiente para dejar ver la piel morena.
El pelo negro, peinado hacia atrás, con un ligero movimiento.
Removía despacio el hielo de su whisky, y cuando levantó la vista, sus ojos oscuros se encontraron con los míos.
No fue una mirada de pasada, ni esa cortesía distraída que se reserva a los viajeros solitarios. Fue una mirada que me reclamó al instante: deliberada, descarada, sin pedir permiso.
Sentí la sangre subirme a las orejas con un rugido repentino. Mi primer instinto fue apartar la vista, hacer de esposa devota que rechaza la atención indeseada de un desconocido. Pero mi mano se quedó pegada al pie de la copa. Mi cuello se negó a girar.
El hombre esbozó una sonrisa mínima, casi imperceptible, pero cargada de una lucidez devastadora. Entendía perfectamente lo que me estaba pasando. Entendía que yo estaba paralizada, no por miedo, sino por el descaro de aquella mirada.
Sin prisa, apuró el último trago de su copa.
Se bajó del taburete. Era alto, con una postura erguida y una elegancia innata, sin rastro de rigidez.
Se acercó a mi mesa. Cada paso suyo sobre la moqueta gruesa del bar parecía marcar los latidos de mi corazón, que se había puesto a correr a una velocidad absurda.
—El servicio aquí es espantosamente lento cuando se llena el bar —dijo.
Su voz era profunda, cálida, teñida de un acento español suave e inconfundible que transformaba las consonantes del inglés en algo sedoso y denso.
—Ya lo he notado —respondí. Mi voz salió un poco más grave de lo normal, casi quebrada. Intenté recomponerme, enderezando la espalda—. Pero la paciencia suele tener premio.
—La paciencia es una virtud sobrevalorada —replicó él, deteniéndose a un paso de mí.
No pidió permiso para sentarse. Simplemente apoyó una mano en el respaldo de la silla de al lado.
Me fijé en sus dedos: largos, cuidadísimos, pero fuertes—.
A veces se espera tanto que lo que uno desea acaba enfriándose del todo.
El descaro de su tono me dejó sin aliento un segundo. Cualquier otro hombre me habría molestado. Pero en él no había ni rastro de vulgaridad, solo una certeza absoluta y magnética de su propio poder.
Y, que Dios me ayude, me pareció irresistible.