Sombras del Oasis 36 YRIS
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36 YRIS

La noche había caído con su manto oscuro y pesado, y la ciudad estaba iluminada por el brillo ocasional de los fuegos artificiales que estallaban en el cielo, producto de alguna celebración festiva.

La luz de los fuegos artificiales se filtraba a través de las cortinas del hotel, creando destellos intermitentes en la habitación.

Había pasado el día entero con Neith en el mercado, tratando de ocupar mi mente y distraerme de la sensación de arrepentimiento que me envolvía.

A pesar de los intentos por mantenerme ocupada, el peso de lo que había hecho seguía presionando sobre mí.

Entregar a Orión a la policía había sido un acto que me atormentaba, pero sabía que no había otra forma de asegurar mi propia supervivencia.

Finalmente, llegué al hotel, agotada y emocionalmente drenada.

Me dirigí a mi habitación, deseando una noche tranquila para poder pensar en cómo continuar.

Pero justo cuando estaba a punto de soltar el peso de la puerta detrás de mí, escuché un golpe seco y firme.

Mi corazón dio un vuelco. Era un momento inesperado, pero cuando abrí la puerta, la visión de Amira me hizo sentir una mezcla de alivio y terror.

Amira estaba en la puerta, con una expresión que no dejaba lugar a dudas sobre su propósito. No había tiempo para juegos. Su mirada era dura y su tono exigente cuando me habló.

—Yris, dame las joyas. Ahora. —Su voz era fría, implacable—. Has entregado a Orión, lo he visto en las noticias, más te vale darme las joyas, zorra traicionera.

Me quedé allí, atónita. No era solo la presión de la situación lo que me desconcertaba, sino también la forma en que sus palabras me cortaban como un cuchillo afilado.

La traición de Orión había sido difícil de aceptar, pero ver a Amira en este estado me hizo sentir que la traición estaba aún más cerca.

—¿Qué te hace pensar que te las voy a dar? —respondí, intentando mantener mi voz firme, aunque sabía que la furia interna estaba a punto de estallar.

Amira no esperó una respuesta. Se hizo a un lado y entró en la habitación con determinación. La escena estaba cargada de tensión. Los fuegos artificiales continuaban estallando en el cielo, haciendo que las luces se reflejaran en los cristales de la habitación.

—¡Dame las malditas joyas, Yris! —exigió chillando.

Sentí una oleada de rabia mezclada con desesperación.

Mi mente se aceleró, buscando una solución.

Con una rapidez calculada, me dirigí hacia el baño.

Necesitaba un momento para recuperar la compostura.

Me puse un guante, dejé el agua correr y sumergí la mano en el líquido frío.

Al salir del baño, me sentí un poco más tranquila, con el guante aún húmedo.

Cuando volví a la habitación, Amira me miró con una mezcla de desafío y desdén.

Me acerqué lentamente a la mesita de noche donde tenía guardadas las joyas.

Sin embargo, en lugar de entregárselas directamente, saqué la pistola que había escondido en el fondo de la maleta.

La mantuve oculta detrás de mi espalda, esperando el momento adecuado.

—Esto no es necesario, Amira —dije, tratando de mantener la calma. —No tienes que hacerlo así.

Amira soltó una risa amarga. —¡No me hagas perder el tiempo, Yris! ¡Sabes que esto es lo que tengo que hacer!

Con una precisión fría y calculada, saqué la pistola y la apunté hacia ella. Sus ojos se abrieron en sorpresa y confusión. Un silencio pesado llenó la habitación, interrumpido solo por el estallido de los fuegos artificiales.

—No —dijo Amira, dando un paso atrás—. No tienes que hacer esto.

—Lo siento —murmuré, con la voz quebrada—. Pero no puedo permitir que esto continúe. No después de todo lo que ha pasado.

El disparo resonó en la habitación, un estallido seco que casi parecía ahogado por el ruido de los fuegos artificiales.

Amira cayó al suelo, su cuerpo inerte, mientras el sonido del disparo se mezclaba con los ecos festivos afuera.

Me quedé allí, respirando pesadamente, observando la escena con una sensación de shock y desesperación.

Con el corazón latiendo a toda prisa, guardé la pistola junto al cadáver y me dirigí al baño para limpiar el guante.

Lo puse en el fondo del neceser de maquillaje y, para asegurarme de que todo estuviera bien escondido, revolví la ropa en la maleta.

No podía arriesgarme a que la policía encontrara algo sospechoso si decidían revisar mi equipaje.

Una vez que todo estuvo en su lugar, me dirigí a la puerta y llamé a la seguridad del hotel, haciéndome la víctima de un suicidio. Hice mi voz temblar y mi tono sonar asustado mientras describía la escena a la seguridad.

—Hola, necesito ayuda urgente. Acabo de encontrar a una amiga en mi habitación... ella... ella se ha suicidado.

Me quedé en la puerta esperando, el corazón todavía acelerado, mientras la seguridad del hotel llegaba corriendo.

El acto estaba completo, y ahora, solo tenía que esperar a que el plan siguiera su curso.

El sentimiento de culpa y furia seguía enredado en mi pecho, pero lo único que podía hacer ahora era mantener la calma y dejar que el caos se desarrollara.