13 ORIÓN
La besé en la frente antes de volver a ponerme la camiseta.
—Amira, cielo, tengo que irme, he quedado con un vendedor en el mercado para comprarle el té que ayer aún no tenía. Nos vemos mañana.
Amira murmuró algo inaudible aún acostada en la cama con la cara sobre la almohada.
Salí de la casa y me fui directo al mercado. Aún era temprano, pero era la hora perfecta para no presenciar las altas temperaturas del día.
Di un par de vueltas, algo desorientado, hasta que por fin encontré el puesto a lo lejos. Me acerqué a paso rápido. Pero me paré en seco al verla. Yris. Estaba en el puesto de enfrente, con una mujer joven, una señora de mediana edad y un bebé entre sus brazos.
Al verla, mi corazón latía con mucha rapidez y fuerza, dándome recuerdos de la noche tan extraña que tuvimos juntos hace una semana y algunos días.
Fui lentamente, intentando ser silencioso, aunque el ruido de la multitud ya me silenció a mí, pero mi corazón latía tan fuerte que pensaba que se escucharían mis latidos como tambores.
Me acerqué al puesto y pedí la caja con las bolsitas de té karkade. Mientras el hombre las preparaba, miraba “disimuladamente” hacia atrás, ella no me observaba, lo que me desilusionó un poco, pero lo agradecía demasiado en el fondo.
Al tomar la caja y meterla en una bolsa de tela, di la vuelta sobre mí mismo, y sin querer me choqué con una mujer que llevaba bolsas con frutas.
Sus bolsas cayeron al suelo, al igual que todas las frutas, que empezaron a rodar por el suelo de piedra descontroladas, como si tuvieran vida propia.
Me agaché avergonzado y la ayudé a recogerlas.
Notaba montones de ojos sobre mí, entre ellos los hermosos verdes de Yris.
Al acabar de recoger la fruta, me disculpé y miré hacia Yris, que efectivamente, me estaba observando con una expresión de preocupación.
Salí del bazar con paso ligero, sin querer volver la mirada atrás para no aguantar el contacto visual tan tenso con ella.
Llegué al apartamento y dejé la caja del té de forma brusca sobre la encimera.
¿Por qué me daba tanta rabia no haberla podido mirar a los ojos?
Esos ojos que tanto me hipznotizaban y maravillaban cada vez que mantenían a los míos expectantes contra ellos, los que hacían sentir débiles, incoloros a los míos.
No paraba de dar vueltas por el salón. No era capaz de mantener mi mente quieta, dejar de pensar en ella.
¿Qué hacía Yris allí vendiendo? Parecía una jugada inteligente del destino, que nos obligaba a encontrarnos hasta en los sitios más remotos para hacerlo.
Ya casi era el atardecer, y lo único que había hecho en el día era: besar a Amira, comprar el té, tropezar con una señora en el mercado, pensar en Yris, pensar en Yris, pensar en Yris y pensar en Yris, ya está.
Estaba tan presente en mi cabeza, ojalá pudiera apartarla de mis pensamientos, pero cada intento era en vano.
Decidí sentarme en el sofá. Cerré los ojos e intenté concentrarme en el silencio del lugar, esperando que calmara mi mente inquieta. Pero su rostro, su sonrisa, sus palabras, todo volvía una y otra vez.
«Quizás deba llamarla».
Pero la idea de escuchar su voz y no saber qué me diría me aterrorizaba.
¿Qué podría decirle? ¿Cómo explicarle que no he hecho nada en todo el día más que pensar en ella?
Pero no podía seguir así, ignorando su confesión tan sincera de aquella noche, ignorando mi corazón, ignorándola a ella.
Agarré mi móvil y le escribí un mensaje: “¿Podemos vernos esta noche en mi apartamento? Sobre las diez si te parece bien”.
Al mandarlo, mi corazón se tranquilizó un poco, pero seguía latiendo rápido.
A los minutos me llegó un mensaje: “Sí, nos vemos allí a las diez”.
Expiré un suspiro tan largo y aliviador que pensé que me quedaba sin aire en mis pulmones.
Las horas que quedaban las pasé con la televisión encendida, aunque las ideas de mi cabeza tenían más volumen, por lo que solo pensaba en cómo expresarle y confesarle todo lo que sentía por ella, realmente, porque, aunque mis intenciones del principio no tenían una finalidad amorosa,
y aún tenía una relación con Amira, sentía fuertemente la necesidad de desahogar todos mis pensamientos y más profundas emociones en palabras dirigidas para ella.
Sonaron varios golpes en la puerta. Me puse de pie tan rápido que por poco no me resbalé con la alfombra. Apagué la televisión y respiré hondo, tratando de mantener la calma y no mostrar nervios.
Fui a la puerta, y antes de abrirla, ya con mi mano sobre el pomo, me planteé si era buena idea confesarle mis sentimientos. Pero no quise darle vueltas al asunto, y abrí la puerta decidido.
Yris estaba allí, mirándome con esos ojos verdes que me desarmaban por completo.
Llevaba un vestido sencillo, pero que resaltaba su figura y su natural belleza.
Nos quedamos en silencio unos instantes, hasta que le hice un gesto para que entrara.
Cerré la puerta tras ella y traté de sonreír, aunque sentía un nudo en el estómago.
—Gracias por venir —dije, intentando que mi voz sonara tranquila.
Ella asintió, con una expresión seria y expectante. Nos dirigimos al salón y nos sentamos en el sofá. El silencio era pesado, lleno de cosas no dichas, de sentimientos reprimidos. Traté de encontrar las palabras adecuadas, pero parecían escaparse de mi mente.
—Yris, yo... —comencé, pero me interrumpió.
—No es necesario que digas nada si no quieres —dijo suavemente—. Puedo entender que esto sea confuso para ti. Para mí también lo es.
Negué con la cabeza, tratando de aclarar mis pensamientos.
—No, necesito decirte esto. —La miré a los ojos, perdiéndome en su profundidad—.
Siento mucho haberte hecho sentir mal y confusa.
Yo también he estado muy confundido. Pero no puedo seguir ignorando lo que siento.
—Tomé aire profundamente antes de continuar—.
No puedo dejar de pensar en ti, desde aquella noche no he podido sacarte de mi mente.
Ella me miró, sorprendida, con una mezcla de esperanza y temor en sus ojos.
—Yo también he estado pensando en ti —confesó en voz baja.
Nos quedamos en silencio nuevamente, pero esta vez era un silencio diferente, más lleno de comprensión y aceptación. Me acerqué un poco más a ella, tomando su mano entre las mías.
—No sé qué pasará después de esto —dije—, pero quiero ser honesto contigo. Quiero que sepamos dónde estamos parados, sin mentiras ni secretos.
Ella asintió, apretando mi mano con fuerza.
—Dejemos que esto fluya.
Nos miramos a los ojos por un largo rato, sintiendo la conexión entre nosotros.
Lentamente, me incliné hacia adelante y ella hizo lo mismo.
Nuestros labios se encontraron en un beso suave, lleno de promesas y emociones contenidas.
El mundo exterior desapareció en ese momento, dejándonos solo a nosotros dos.
El beso empezó a ser más furioso, con más intensidad.
Mientras una mano mía le sujetaba la cintura y la otra la nuca, nos fuimos rápidamente hacía la habitación, sin dejar de besarnos en ningún momento, solo separándolos para respirar.
La rodeé con mis brazos por la cintura y empecé a besarle el abdomen expuesto.
La piel de Yris era cálida, suave al tacto, y cada roce de mis labios contra ella encendía un fuego en mi interior.
Yris estaba acostada sobre mi cama, con la cabeza hacia atrás y una expresión de placer en su rostro, completamente entregada a mis caricias.
Mis labios se movían lentamente pero con gran intensidad, descendiendo hacia su piel.
Ella arqueaba la espalda cada vez que mis labios rozaban su vientre, y me encantaba ver cómo sus ojos se cerraban en un acto de rendición ante el placer que le estaba dando.
Agarró las sábanas con fuerza, como si eso le diera un poco de control sobre la tormenta de sensaciones que la estaba invadiendo.
—Te gusta aquí, ¿verdad? —le pregunté, aunque ya sabía la respuesta, analizaba su piel caliente bajo mis labios mientras mordisqueaba su cuello. Sus gemidos eran mi respuesta, y eso solo me excitaba más. La miraba con atención, disfrutando de su expresión de placer.
Bajé mis manos hasta su entrepierna, acariciando con suavidad su piel, y la vi temblar.
Ella echó la cabeza hacia atrás, sus ojos abiertos de par en par, y en ese momento sentí que todo el aire de la habitación se volvía denso.
La deseaba más que nunca, y el impulso de probarla por completo era irresistible.
Cada toque era una invitación, y podía sentir cómo su cuerpo respondía, moviéndose ligeramente al compás de mis caricias. Ella mordió su labio inferior, tratando de contener los gemidos que querían escapar de su boca.
Mis labios viajaron desde su abdomen hasta su pecho, donde los besé con intensidad. La vi cerrar los ojos, disfrutando cada segundo, y eso solo me hacía querer seguir. Mis manos continuaban bajando por su cuerpo, sintiendo cada centímetro de su piel, cada curva, cada respuesta a mi toque.
Yris se contorsionaba bajo mis caricias, y eso encendió aún más el deseo en mí.
La atraje hacia mí, haciéndola girar para quedar boca abajo, y dejé que mis labios recorrieran su espalda, besando apasionadamente mientras mis manos se aferraban a su cadera.
Ella se movía, empujando su trasero hacia mí, provocándome a que la tocara más.
—Dios, qué rico —exclamé, sintiendo cómo el deseo me consumía. Sus respuestas, sus movimientos, todo en ella me hacía querer más. La cama crujía ligeramente con cada movimiento que hacíamos. No había nada más que desear en ese momento que quedarme aquí, en esta habitación, con ella.
Mi boca siguió bajando, dejando un rastro de besos ardientes a lo largo de su espalda.
Ella arqueó la espalda, y yo aproveché para deslizar mis manos hacia sus muslos, apretandolos con rabia y fuerza, acariciando su piel con deseo.
La sensación de su cuerpo contra el mío era electrizante, y podía sentir su excitación en el aire.
Cada vez que la tocaba, ella se movía, como si supiera exactamente cómo hacer que mi deseo aumentara.
—Yris, joder —murmuré, sintiendo que la necesidad de tenerla completamente era abrumadora.
Volví a su cuello, besando y lamiendo su piel, y escuché su respiración volverse más irregular.
Mis manos se deslizaron hacia su pecho, y la vi arquearse nuevamente, dejando escapar un gemido que resonó en la habitación.
Ella se estremeció, y eso solo me hizo querer seguir. La atraje hacia mí, presionando mi cuerpo contra el suyo, y la sentí contra mis caderas.
El calor que emanaba de su cuerpo era casi palpable.. Ella se movía contra mí, y cada vez que lo hacía, me hacía perder el control. El deseo crecía dentro de mí, y su cuerpo me pedía más. La atraje más cerca, nuestros cuerpos conectados, y sentí cómo el calor se acumulaba entre nosotros.
La cama crujía, y yo estaba completamente entregado a ese momento. Cada beso, cada toque, era una forma de expresar el deseo que nos consumía. Era como si el tiempo se detuviera, y no hubiera nada más que nosotros en ese instante.
La embestí con fuerza e intensidad, mirándola a los ojos, sujetando su cuello, lo que evocaba que ella pidiera más.
Chocábamos, y por cada choque saltaban chispas de aumento del deseo.
Más calor, mucho más, sudábamos. Su pelo revuelto y descolocado, con los mechones asalvajados, sus labios ya no seguían teniendo el pintalabios con el que había llegado a mi apartamento.
Mi pelo mojado del sudor, con las manos cansadas y sin fuerzas, tras provocar rojez en sus muslos y cintura.
Finalmente, cuando el deseo alcanzó su punto máximo, me detuve un momento, sintiendo la necesidad de disfrutar de su presencia. La miré a los ojos, y en su mirada vi reflejado el mismo deseo que ardía en mí. No quería apresurarme, quería disfrutar de cada segundo, de cada sensación.
Nos quedamos ahí, entrelazados, respirando con dificultad, disfrutando del calor que emanaba de nuestros cuerpos.
La intensidad del momento era casi abrumadora, y sabía que había algo especial en todo esto.
Pero el tiempo no se detendría para nosotros, y aunque quería quedarme en ese instante para siempre, había una realidad que nos acechaba.
Finalmente, con una mezcla de tristeza y resignación, le dije suavemente:
—Yris, tienes que irte.
Su expresión cambió, y vi en su mirada un destello de tristeza que me partió el corazón.