3 YRIS
Eran casi las ocho de la noche cuando finalmente me despedí de Orión. Me alisé el vestido negro y ajustado antes de salir de su apartamento. El aire cálido de El Cairo me envolvió al instante, pero había algo más que me calentaba desde dentro: la excitación de lo que estaba por venir.
Al caminar por las bulliciosas calles de la ciudad, mis pensamientos estaban divididos.
Por un lado, estaba el meticuloso plan que Orión y yo habíamos discutido; por otro, estaba el hombre que me esperaba en el restaurante.
Lo había conocido la noche del Oasis, tras despedirme de Orión.
Era un empresario francés que había llegado a El Cairo por negocios.
Rico, encantador y, más importante, dispuesto a gastar su dinero en mí.
Era de cabello oscuro, corto y peinado hacia arriba en un estilo limpio.
Sus cejas eran oscuras, gruesas y rectas, complementando sus ojos medianos con una mirada seria.
La nariz recta y proporcionada, y labios medianamente llenos, con una expresión neutral.
Su piel clara y sin vello facial visible.
Llegué al restaurante, un lugar elegante y sofisticado con una atmósfera opulenta.
Las luces tenues y los detalles en dorado evocaban una sensación de lujo.
Al entrar, un maître de aspecto impecable me saludó y me condujo a una mesa apartada donde él ya estaba esperándome.
Al verme, se levantó con una sonrisa y me besó la mano con un toque de galantería que casi me hizo olvidar mis verdaderas intenciones.
—Yris, estás deslumbrante —dijo, sus ojos brillando con una mezcla de deseo y admiración.
—Gracias, Enzo. Tú también luces muy bien —respondí, correspondiendo su sonrisa mientras tomaba asiento.
La conversación fluyó fácilmente entre nosotros.
Enzo hablaba de sus negocios, de sus viajes, de sus experiencias en el mundo financiero.
Yo asentía, reía y hacía preguntas inteligentes, manteniendo su interés sin revelar demasiado sobre mí misma.
Cada palabra que pronunciaba, cada gesto que hacía, estaba calculado para mantenerlo enganchado.
Quería su dinero, sí, pero también necesitaba su confianza.
El camarero llegó con una botella de vino caro, que Enzo insistió en elegir.
—A tu salud, Yris —dijo Enzo, levantando su copa.
—A la tuya, Enzo —respondí, chocando suavemente mi copa con la suya. El vino era exquisito, su sabor complejo y refinado, pero no tanto como el plan que tenía en mente.
La cena transcurrió sin problemas. Plato tras plato, degustamos manjares que sólo unos pocos afortunados podían permitirse.
Enzo no escatimaba en gastos y yo me aseguraba de demostrar mi aprecio por su generosidad.
Cada vez que nuestras miradas se cruzaban, sentía una mezcla de poder y desafío.
Sabía que lo tenía exactamente donde quería.
Después del postre, Enzo sugirió dar un paseo por las calles iluminadas de El Cairo. Acepté con una sonrisa, y juntos salimos del restaurante. El aire de la noche era más fresco, una brisa agradable que hacía ondear ligeramente mi cabello.
Caminamos por Corniche, el paseo que bordea el Nilo.
Las luces de los barcos y los reflejos en el agua creaban una atmósfera casi mágica.
Enzo me hablaba de sus planes futuros, de cómo quería expandir sus negocios en Oriente Medio.
Yo lo escuchaba, pero mis pensamientos volvían una y otra vez al plan que Orión y yo habíamos elaborado.
Y también a Orión mismo. Había algo en su forma de ser, en su determinación y en la chispa que veía en sus ojos, que me hacía sentir una conexión extraña y confusa.
En un momento, Enzo me tomó de la mano y me detuvo. Sus ojos se clavaron en los míos con una gran intensidad.
—Yris, siento que hay algo especial entre nosotros. Quiero verte más, quiero que esta noche no sea la última —dijo, su voz suave pero cargada de intención.
Sonreí, esa sonrisa que había perfeccionado a lo largo de los años, una mezcla de misterio y promesa, pero algo dentro de mí vacilaba.
No había pasado mucho tiempo, pero la atracción era palpable.
No podía negarlo, y aunque no sabía a dónde nos llevaría, no podía permitir que esa posibilidad se desvaneciera tan fácilmente.
—Enzo, yo también siento que hay algo especial —dije suavemente, apretando su mano con una leve sonrisa—. Pero creo que debemos tomarnos esto con calma.
Enzo asintió, aunque vi una sombra de decepción cruzar su rostro.
Se inclinó para besarme, pero giré mi rostro ligeramente, permitiendo que sus labios rozaran mi mejilla en lugar de mis labios.
Aunque mis intenciones con él negaban el trato romántico y tan solo quería su pasta, no fui capaz de dejarme besar por él, algo en mi corazón me lo impidió.
—Entiendo, Yris. Respetaré tus deseos —dijo, su voz mostrando una mezcla de comprensión y resignación.
Le agradecí y seguimos caminando un poco más antes de que él insistiera en llevarme a donde me alojaba. Al llegar a mi hotel, le agradecí nuevamente por la noche y nos despedimos con una última sonrisa.
Entré y me apoyé en la puerta cerrada, respirando hondo. La adrenalina del encuentro y la anticipación del plan se mezclaban en mi sangre, creando una sensación de euforia.
Fui directamente al baño, me quité el maquillaje y el vestido, y me puse algo más cómodo. Me senté en el borde de mi cama, mirando por la ventana la vasta extensión de El Cairo, una ciudad llena de historias y secretos. Uno de esos secretos estaba ahora en mis manos.
Cogí mi móvil y le envié un mensaje a Orión: "Todo listo. Nos vemos mañana para ultimar detalles."
Me recosté en la cama, permitiéndome unos minutos de descanso. Mañana sería un día crucial, y necesitaba estar en mi mejor forma. Cerré los ojos, dejando que la oscuridad me envolviera, pero sabiendo que el verdadero desafío apenas estaba comenzando.