Sombras del Oasis
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1 YRIS
El resplandor de las luces del ático "Oasis" se filtraba a través de las cortinas, creando destellos dorados en el ambiente nocturno.
Me sentía como una extraña allí, en medio de todo el lujo y personas que parecían estar disfrazadas de diamantes y esmeraldas, una música suave y sensual de fondo, rodeada de risas y conversaciones frívolas que apenas podía comprender.
El aire cálido y lleno de especias del Medio Oriente flotaba suavemente mientras me sumergía en la atmósfera vibrante y exótica de la ciudad.
Desde lo alto, las vistas eran simplemente espectaculares.
Las luces de la ciudad se extendían como un manto brillante hasta donde alcanza la vista, con los rascacielos modernos y los minaretes de las mezquitas iluminando el horizonte.
El río Nilo, serpenteante y majestuoso, brillaba bajo la luz de la luna, reflejando destellos dorados y plateados mientras los barcos navegaban tranquilamente.
En el interior del ático, el ambiente era igualmente impresionante.
El diseño elegante y contemporáneo se mezclaba con toques tradicionales, creando un ambiente sofisticado y acogedor.
Los muebles eran opulentos y cómodos, con cojines de seda y terciopelo que invitaban a los invitados a relajarse y disfrutar de la vista.
La música suave y seductora flotaba en el aire, añadiendo un toque de misterio y romance al ambiente nocturno y lujoso.
La fragancia de los aromas locales, como el incienso de sándalo y el jazmín, se combinaba con el olor tentador de las delicias culinarias que se servían en el bar.
Los camareros hábiles preparaban cócteles exóticos con ingredientes locales, creando experiencias sensoriales únicas para los visitantes.
En aquel ático lujoso del Cairo, la noche cobraba vida con una energía electrificante y un ambiente de lujo sin igual.
Me acomodé en un taburete junto a la barra, disfrutando del frescor de la terraza del bar nocturno. Vestía un elegante vestido negro de encaje, con destellos sutiles, que dejaba al descubierto mi espalda, y unas sandalias de tacón alto adornadas con strass brillante.
Esa noche no estaba allí por casualidad; tenía un propósito claro. Buscaba a un hombre específico, pero no cualquiera serviría. Necesitaba alguien que irradiara éxito, riqueza y poder.
Mi pasado no hubiera necesitado esta ayuda económica tan codiciosa, pues los robos que llevaba a cabo cada semana me hicieron muy rica y poderosa, pero mis deudas y gastos eran aún mayores, y hacía meses que no encontraba una buena oportunidad de robo.
Mi pasado como una de las mejores ladronas estaba algo olvidado, pero no acabado.
Mientras tomaba mi caipirinha recién servida, observaba con atención a cada persona que entraba y salía del bar, evaluando a quienes ocupaban las mesas o a aquellos que se aventuraban solos.
Situé mi mirada hacia los rascacielos, iluminados por colores eléctricos y vívidos, que daban vida al cielo oscuro, y las pirámides, resplandecientes al igual que los edificios, con luces de tonos rojos que irradiaban pasión y una gran adicción por observarlas y admirar los detalles,
estos se destacaban en contraste con la oscuridad, revelando las líneas precisas y los contornos geométricos que componían su forma.
Cada arista parecía arder con un fuego interior, desprendiendo una sensación de poder y misterio.
Distraída, sentí una respiración en mi hombro derecho, una mano apoyándose en mí y tocándome con cierta suavidad y respeto.
Volteé la cabeza lentamente y con precaución.
A mi lado residía un hombre, con una piel morena cálida, pelo oscuro, algo de perilla, una pequeña cruz tatuada al lado del ojo izquierdo, y rasgos finos y afilados, con un tatuaje de un águila que le ocupaba el cuello, de mirada intensa y porte seguro,
como si hubiera nacido para moverse entre las sombras de la noche.
Se deslizó hacia mí con una confianza que me intrigó de inmediato, tomando asiento junto a mí como si fuéramos viejos conocidos.
—Una mujer tan hermosa como tú debería sonreír más a menudo en un lugar como este, ¿no crees? —Comentó con su voz suave, cargada de un encanto que no podía ignorar.
Me sorprendió su comentario, pero algo en su sonrisa me hizo bajar la guardia por un instante.
—La sonrisa es un lujo que no puedo permitirme ahora mismo —respondí, mi voz apenas era un susurro cargado de amargura mientras desviaba la mirada hacia mi vaso, sintiendo el peso de mis problemas sobre mis hombros.
Él arqueó una ceja, claramente intrigado por mi confesión.
Le tendieron un cóctel sidecar y dio un sorbo.
Sus ojos se posaron de nuevo en los míos, y en ese instante, todo a mi alrededor se desvaneció ante la intensidad de su mirada.
Me perdí en la profundidad de sus iris: el izquierdo, un marrón tan profundo como la oscuridad del cielo nocturno que presenciábamos en El Cairo, parecía absorber la luz y el misterio de aquella noche; mientras que el derecho, un azul celeste, evocaba la serenidad de un fragmento de celestita,
irradiando una claridad tan pura que casi parecía desprender una luz fría y potente.
En ese momento, no pude evitar sentirme atrapada en el juego de luces y sombras que danzaban en sus ojos.
—¿No me vas a contar el porqué? ¿Me vas a quedar con la intriga? —Arqueó las cejas y sonrió.
—¿Por qué debería de contarle mis problemas a un desconocido como tú?
—Porque estás sola y en el fondo deseas hacérmelo saber. Venga, no te resistas, cuéntamelo. No voy a ir por ahí gritándolo a los cuatro vientos, ¿sabes?
—No es de tu interés.
—Está bien —se giró hacia su derecha, dándome la espalda y mirando a otras personas de su alrededor.
Yo permanecí callada, con las palabras a punto de salir hacia el exterior y hacerle saber por qué estaba allí. No pude resistir más que me ignorase y diese la espalda.
—Problemas económicos —exclamé. Él se giró hacia mí con una sonrisa de seguridad.
Un foco de luz de color lima nos apuntó las cabezas, además de los tonos cálidos de todas las lámparas que adornaban e iluminaban el local.
—Sabía que lo dirías —respondió. Puse los ojos en blanco ignorando que efectivamente él tenía razón—. Bueno, ¿y qué? ¿No me cuentas nada más?
—¿Por qué te incumbe tanto? No es algo que a ti te afecte.
—Solo quería saber qué hacías sola y tan seria acá, pero si quieres que me vaya y no te hable, pues lo haré…
Le sujeté los brazos cuando hizo intento de levantarse, apoyando sus palmas de las manos en la barra de mármol y estirando sus brazos.
—No, espera, no te vayas —volvió a sentarse sin decírselo dos veces—. No es que me moleste que me hables, simplemente se me ha hecho extraño, llegas, te sientas, y me preguntas por mi seriedad y problemas económicos, no cualquiera lo hace.
—Te entiendo. Bueno, claro, también es un error mío, no me he presentado, mi nombre es Orión. ¿Un placer…?
—Yris.
—Un placer Yris.
—Igualmente, Orión.
Orión. Orión. Su nombre nunca lo había escuchado en boca de nadie. Era el primero, y seguramente último Orión que conocía. Sonaba bien el nombre en mi cabeza “Orión, Orión”, lo repetía mil veces y sonaba cada vez mejor.
Hubo un silencio en el que aprovechamos ambos para dar algún que otro corto sorbo a los cócteles que teníamos sobre la larga barra de mármol grisáceo.
—Debo mucho dinero —exclamé tímidamente.
—¿Y eso por qué?
—Por pedir favores a gente que no me convenía.
—¿ Favores de qué tipo? Me tienes intrigado, ¿eh? —sonreía atractivamente de un lado solo.
—Eso sí que no te lo puedo contar. Y por eso estoy aquí.
—Eso no responde al porqué de estar aquí.
—Quería salir y olvidarme de mis problemas —mentí cruzándome de brazos.
—Mientes muy mal. No creo que alguien que tenga problemas de pagos de deudas esté justamente aquí en Oasis gastándose el dinero que tanto le hace falta —por su inteligente deducción inspiré aire e intenté disimular que él llevaba razón nuevamente—.
Eres una mentirosa que no sabe mentir. Deberías de ser más astuta inventando excusas.
Es como si digo que estoy buscando peces en la arena.
Suspiré. Intenté pensar en alguna excusa que fuese creíble, pero su mirada penetrante en mí no me dejaba claridad para reflexionar ya que la sentía como si me presionaran suavemente en todo el cuerpo, sin apartarla de mí.
—¿Quieres llevar siempre la razón, o qué? —Traté de defenderme.
—¿Te jode que la lleve siempre, o qué?
Me callé al instante y suspiré con rabia, produciendo un ruido fuerte, me crucé de brazos otra vez, y lo miré con seguridad, intentando evitar su mirada intensa y afilada que continuaba en mi rostro.
—Pues…, ¡joder! ¿Qué pasa? ¿Eres así de descarado con todos? —Exclamé molesta.
—Nah, solo contigo —dijo con un tono sarcástico y sinvergüenza, mostrando una sonrisa traviesa y descarada de un lado solo.
Miré el reloj de mi muñeca, dándome cuenta de que ya eran cerca de las dos de la madrugada, aún así, la gente seguía ocupando los asientos y mesas, tanto en la fresca, vívida e iluminada terraza, como en el interior sensual, brillante y cálido de aquel bar.
—Vengo buscando una salvación. Sí, una salvación, Eso era lo que querías saber, ¿no? Pues ya lo sabes.
—¿Una salvación? ¿A una donación de dinero te refieres?
—No. Mi salvación es encontrar a alguien que pueda pagar mis deudas. Un hombre adinerado del que pueda enamorarme.
—¿Te enamorarías de él, o de su dinero? Eso es ser bastante interesada, ¿no te parece?
—Me es necesario. Ponte en mi piel, no es fácil mi vida.
Bajó la mirada al mármol y se quedó pensativo con una expresión de seriedad dándome a entender que estaba considerando algo relacionado con lo que le había acabado de decir.
—Podría proponerte algo. No para que te enamores de mí, ni de mi dinero. Pero sí para que consigamos dinero ambos.
—¿Tú no tienes dinero? —Pregunté curiosa.
—Ah, sí —se rió de forma mordaz—, claro que tengo, pero no te lo voy a dar así de fácil. Aunque, en vez de esperar a que alguien venga, te lo pueda proporcionar y tú lo tomes de forma avariciosa, podrías ayudarme con un plan, y así beneficiarnos ambos.
Me quedé meditando lo que me decía. Parecía complicado, pero al mismo tiempo sonaba efectivo y exitoso.
—Primero quiero saber de qué trata ese “plan”.
Miró a sus alrededores y se acercó más a mí, dejando unos centímetros escasos entre nosotros. Sentía su respiración en mi cuello y su aliento fresco en mi rostro saliendo de su boca de labios rosados, en el que el labio inferior era ligeramente más voluminoso que el superior.
—Hace unas semanas un magnate adinerado sacó una legendaria colección de extravagantes, caras, lujosas y bellas joyas, exhibidas en un museo aquí en El Cairo.
—¿De qué magnate adinerado hablas?
—Horus Gad.
Sabía quién era.
—¿Y pretendes que robemos la colección?
—Exacto. Me he enterado de que hará una vernissage en septiembre, en dos meses, sería el momento perfecto para el robo, y…
No le di tiempo a terminar con su frase. Sonaba interesante, y sería perfecto para continuar con mi pasado postergado como la ladrona brillante y exitosa que era.
—Acepto —asentí segura.
Él alzó las cejas sorprendido, y a los segundos su expresión cambió a una que totalmente decía “va a haber éxito”.
—Sabía que iba a poder contar contigo.