Sombras del caos Capítulo 7
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Capítulo 7

Mia llegó temprano al trabajo, pese a la ligera resaca de la noche anterior. Sin embargo, nada más entrar al edificio, le informaron de que su jefa, la Sra. Jones, quería verla de inmediato.

Cuando preguntó el motivo, le dijeron que West había decidido no enviar las obras que tenía en su residencia.

Sorprendida y confundida, Mia respiró hondo y subió las escaleras hacia la oficina. Tras llamar a la puerta, la dueña de la galería la invitó a pasar y a sentarse.

—Un momento —pidió Jones mientras revisaba un documento.

Pat Jones era una mujer elegante de unos cincuenta años. De piel negra y cabello rizado, lucía una expresión seria sin perder cierta ligereza.

—Bien... —Jones dejó a un lado los documentos que había estado leyendo—. La negativa de West nos ha pillado por sorpresa.

—Ayer todo estaba bien.

Mia no entendía el cambio de opinión de Thomas.

—Thomas puede ser un poco brusco en sus decisiones. Démosle tiempo para que lo reconsidere —dijo Jones con calma.

Ella y West se conocían desde hacía años.

—Perdona, pero «brusco» no es precisamente la palabra que me vino a la cabeza.

Unas cuantas palabrotas habrían sido más apropiadas, pensó Mia.

Jones notó su evidente agitación.

—Tú y Thomas ya os conocíais, ¿verdad? —preguntó.

—Sí... —confirmó Mia.

—Bien. La semana que viene vuelve a hablar con él y ya veremos.

—Como quieras —suspiró, aún irritada, aunque intentaba disimularlo.

—Mientras tanto, nos ocuparemos de lo que ya tenemos —dijo Jones.

Mia asintió y hablaron de otros asuntos de trabajo. Tras la reunión, salió de aquella oficina dispuesta a saltarle al cuello a West.

La exposición era su primera gran responsabilidad en la galería, y le habría gustado enterarse de la cancelación de algunas piezas por boca del propio Thomas, no de terceros.

Esperar varios días para resolverlo le parecía casi imposible. Cogió el teléfono, pero desistió: sabía que esa conversación tenía que ser cara a cara. Así que se ocupó de todo lo que la dueña de la galería le había pedido y, a la hora del almuerzo, salió con un destino muy claro.

Cuando llegó a casa de West, la dejaron pasar y le indicaron dónde encontrarlo. Se dirigió al gimnasio, que estaba junto a la piscina.

Vestido únicamente con unos pantalones cortos y cubierto de sudor, Thomas corría a un ritmo rápido y constante en la cinta, escuchando música con los AirPods.

Mia no dijo nada. Tampoco fue consciente del instante en que su mirada recorrió aquel cuerpo firme y bronceado, fuerte sin resultar excesivo, marcado por músculos discretos y bien definidos.

Thomas no tenía el aspecto artificial de alguien esculpido para impresionar; su fuerza parecía natural, casi peligrosa en su contención.

Durante unos segundos, simplemente lo observó. Era inevitable.

Él no tardó en notarla.

Redujo la velocidad hasta terminar el ejercicio y luego se quitó los auriculares.

—Hola... —lo saludó Mia.

—No sabía que teníamos una cita —respondió él con sequedad.

Cogió una toalla y se secó el sudor de la cara.

—No la tenemos... —Pensó en cómo empezar—. Intento entender el motivo de tu repentino cambio respecto a la exposición —dijo Mia con tono serio.

—Cambié de opinión. Eso es todo —respondió, breve y tajante.

Bajó de la cinta y se colgó la toalla al cuello.

—Estás en tu derecho, obviamente, pero podrías habérmelo dicho ayer —replicó Mia, sosteniéndole la mirada con seriedad.

—Hablé con tu jefa —respondió Thomas.

El desprecio implícito en aquella frase la golpeó con fuerza.

Por dentro, pensó en un buen número de palabrotas impublicables. Sin darse cuenta, apretó la mandíbula hasta que casi le dolió, mientras buscaba en su vocabulario mental opciones más suaves y menos caóticas.

—¿Necesitas algo más? —preguntó Thomas al notar aquella mirada, intentando zanjar la conversación.

—No —respondió Mia, y se giró para irse. Pero se volvió bruscamente—. En realidad, sí.

Aquellas palabras captaron la atención de West, que esperó a ver qué venía.

Y llegó de inmediato.

—Necesito un poco más de educación y amabilidad. Eso es lo que necesito —resopló Mia, y vio que Thomas hacía lo mismo—. ¡Que tenga un buen día, Sr. West!

Bajo la mirada penetrante de Thomas, salió como un rayo y pasó junto a Petra, que se dirigía al gimnasio.

—Cuidado, no vayas a tropezar con la arrogancia de tu jefe —le soltó Mia a la guardaespaldas al pasar.

Petra se quedó sorprendida. Entendió que algo había salido muy mal, pero evitó hacer preguntas a su jefe.

En cuanto se detuvo frente a él, Thomas habló.

—Nos vamos en una hora —le informó, y le explicó que necesitaba ir a la empresa.

—¿No prefieres que llame a Willian? —sugirió Petra, ya que Thomas rara vez aparecía por allí.

—No —respondió con firmeza.

—¿Está todo bien? —preguntó Petra al fin, formulando la pregunta que llevaba rato queriendo hacer.

—Sí —respondió.

Cogió el teléfono y salió del gimnasio, pero se detuvo y miró a Petra.

—¿Qué ha dicho Mia al pasar junto a ti?

—Solo se ha despedido —mintió Petra, sin mucha convicción.

Thomas esperó a que dijera la verdad.

—Vale... me ha dicho que tenga cuidado de no tropezar con la arrogancia de mi jefe.

Thomas abrió la boca para hacer un comentario, uno que sin duda no habría sido amable, pero se contuvo.

—Hmm...

Eso fue todo lo que dijo antes de marcharse a darse una larga ducha.

Petra lo observó marcharse.

Tras años trabajando juntos, aquel trabajo se había convertido en algo personal para ella, y de verdad deseaba lo mejor para ese hombre.

Illir se acercó y notó su preocupación.

—¿Qué te pasa? —preguntó el joven.

—¿Has notado algo diferente por aquí? —Quería asegurarse de que no se estaba imaginando cosas.

—No sé exactamente a qué te refieres.

—No importa —dijo ella—. Nos vamos en una hora. —Y caminaron hacia la casa.

—¿Qué te preocupa? —Volvió al tema.

—Creo que alguien está consiguiendo atravesar una burbuja muy densa. —Petra se refería a Mia.

Illir intentó comprender.

—¿Crees que eso es positivo o negativo?

—Quizás positivo, pero aún no lo sé —dijo Petra, intentando entender los nuevos movimientos de su jefe, y dio el tema por zanjado.

Más tarde, en la empresa, Thomas se reunió con Willian.

Sentados en cómodos sillones, discutían asuntos de negocios, entre otras cosas.

—Así que tu «fiesta sorpresa» se acerca… —bromeó Thomas.

—Anna insiste en intentar ocultármela —dijo Willie, riéndose de los esfuerzos de su esposa.

—Las cosas que hace la gente por eso que llaman amor —dijo Thomas. Se puso de pie y se detuvo ante la hermosa vista de la ciudad, contemplándola a través del cristal que rodeaba la oficina.

Con las manos en los bolsillos del pantalón, guardó silencio un momento.

—Thomas… ¿pasa algo? —Willie notó el gesto.

No es que Thomas fuera la persona más habladora del mundo, pero estaba claro que el peso de demasiadas preocupaciones lo estaba afectando.

—Nada… todo está bien… —esquivó la pregunta, con el rastro de una sonrisa en la comisura de los labios—. Estaba recordando cuando vivíamos en Washington…

—Me encantaba esa época… iremos allí pronto. ¿Por qué no vienes con nosotros? —lo invitó Willie.

—No puedo irme ahora mismo, pero iré pronto.

Willie se puso de pie y se unió a él.

—¿Sabías que hasta Thomas West tiene derecho a tomarse un descanso?

—¡Por favor, infórmale de eso al propio Thomas West! —bromeó, y Willie sonrió.

Los amigos pasaron un rato juntos sin hablar tanto de trabajo. Cuando Thomas se marchó, ya era de noche, algo poco frecuente, pues prácticamente nunca aparecía por la empresa.

En ese preciso momento, Mia, que acababa de salir de la ducha, se puso una sudadera y se secaba el pelo con una toalla mientras le contaba a Nicky lo que había pasado.

—¿Se echó atrás sin más? ¿Así como así? ¿De la nada? —Sentada en la cama de su amiga, Nicky preguntó tras escuchar el relato de Mia.

—Sí, sin ninguna razón… —dijo Mia—. Y lo peor es que estuvo tan… tan… —Ni siquiera pudo terminar la frase de lo frustrada que estaba.

—¡Cálmate! Si no, te va a dar algo antes de terminar de hablar. —Pocas veces había visto a su amiga tan enfadada.

—Mañana devuelvo el libro que tengo. No quiero nada que tenga que ver con él. —Pensó un segundo y añadió—: ¡Ese imbécil maleducado!

Mia estaba absolutamente furiosa.

—Siempre decías que era amable, y admito que hasta a mí me parecía raro, porque siempre parecía tan inalcanzable —comentó Nicole.

—Eso debe ser lo que hace… se acerca a la gente y luego actúa como un imbécil. ¡Especialidad de Thomas Imbécil West!

Nicky soltó una carcajada al oír eso, y Mia se sentó a su lado.

—¡Estás realmente cabreada con él! —Seguía riéndose.

—No lo entiendo, ¿sabes?… —Mia no solo estaba enfadada, sino también muy dolida, y Nicky lo notó enseguida.

—Mia… ¿te estás enamorando de él? —La pregunta fue directa y precisa.

—¡No! —Mia lo negó con vehemencia, mirándola fijamente—. No de esa manera…

—Si tú lo dices… —Nicky definitivamente no le creía. Y Mia tampoco se lo creía ni ella.

El interfono sonó, interrumpiendo la conversación. Nicky corrió a contestar. Poco después, Mia también fue al salón y encontró a su amiga con una expresión divertida.

—¿Qué pasa? —preguntó Mia de inmediato.

—¿Conoces al Sr. Imbécil? —preguntó Nicky, y Mia asintió lenta y cautelosamente—. Pues… está subiendo.

—¿¡Qué!? ¿Hablas en serio? —Ni siquiera sabía qué pensar. En esos pocos segundos, planeó varias salidas estratégicas.

Ninguna era factible.

—¡Muy en serio! —exclamó Nicky—. Y te has quedado pálida —añadió, riéndose.

—¡Dile que no estoy! ¡Que desaparecí! —Mia estaba a punto de escapar por el pasillo cuando sonó el timbre—. ¡Maldita sea!

—¡Deja de ser cobarde! —la regañó Nicky, y fue hacia la puerta para abrirla.

Un hombre atractivo de cabello oscuro, camisa color carbón y pantalones de vestir apareció en el umbral, con expresión cautelosa y un sobre en la mano.

—Buenas noches. Disculpa por venir sin avisar. —La cortesía parecía haber vuelto a Thomas.

—¡Hola! No te preocupes. Pasa, por favor —respondió Nicole, haciéndose a un lado para dejarlo entrar.