Sombras de una mentira (Kilyan Kil 1) 4
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El Dust & Ash era un bar de Washington Avenue donde se juntaban los miembros de la banda motera The Black Skull. Esa tarde solo había una pareja en el reservado del fondo y dos bestias jugando al billar con los que cualquier persona cabal evitaría cruzar la mirada.

John Peck, dueño del bar y fundador de la banda, veía una película para adultos en el televisor de plasma de cincuenta y cinco pulgadas que acababa de comprar, donde una rubia con un bikini que tapaba mucho menos de lo que pretendía, pedía a un hombre bronceado y musculoso que le ayudara con su coche averiado.

«Un clásico», pensó John sonriendo entre dientes. En el momento en que ella se agachaba para mostrar algo más que la avería del coche, alguien entró en el bar como un elefante en una cacharrería.

—¡Qué pasa, cabronazo! Mueve ese culo gordo y ponme una cerveza.

Se trataba de su amigo Bud. Coincidieron en la cárcel en plena adolescencia por una pelea callejera y, desde entonces, eran como uña y carne.

—Acabas de joderme un momento maravilloso. ¡Mira qué preciosidad! —exclamó extendiendo los brazos con las palmas hacia arriba.

—No está mal…

—¿Que no está mal? Mira qué tetas, ¡y qué culo! —exclamó a la vez que le servía una jarra llena de cerveza—. ¡Podrías apoyar cuatro de estas sobre ese trasero sin siquiera desparramar una gota!

Acto seguido, cruzó los brazos sobre la barra sin apartar la vista del televisor.

—Pues una pibita así es lo que me espera en el motel de Sam dentro de una hora.

—¡Venga ya! Vete a vacilar a tu puta madre. ¡Esto es lo más cerca que vas a estar tú de un chochete así! ¡Y en Full HD! —John sonreía orgulloso señalando su nueva adquisición.

—¡Mira, chaval! —Bud sacó el móvil y le enseñó la foto de perfil de una chica que aparecía sonriendo en una página de contactos—.

Pones tus gustos, describes cómo eres, cuelgas una foto tuya y antes de que te quieras dar cuenta, tías como esta comienzan a enviarte solicitudes para un intercambio de fluidos.

—¡Puto internet! Nunca te fíes de lo que puedes encontrar en esa mierda.

¡Y menos aún si han permitido poner la foto de alguien como tú!

—John echó a reír con su comentario mostrando los estragos de la nicotina en su pobre dentadura—.

Además, vete a saber si es una mojigata que necesita la aprobación de sus padres para bajarse las bragas.

—No te preocupes, amigo. En gustos he puesto practicar sexo y beber mucho. En intereses, que me la chupen sin preguntar.

Los dos soltaron una carcajada y John se sirvió otra jarra de cerveza.

—Brindemos entonces porque tengáis unos polvos inolvidables. Si la dejas con fuerzas no olvides pasarme su número de teléfono.

—Siento desilusionarte, pero pienso dejarla tan seca que dudo que pueda volver andando a casa.

Ambos se miraron a los ojos y echaron a reír de nuevo. Cuando acabaron las cervezas y tras haber intercambiado alguna que otra broma, Bud subió a su Harley y condujo hasta el motel que se encontraba dos calles más abajo entre un concesionario y una gasolinera.

En el aparcamiento del motel solo había una furgoneta y un par de coches. Bud aparcó junto a una cabina de teléfono y subió a la habitación en la que había acordado verse con Eli_sexy_devil mediante un mensaje privado en la web sexosinlimites.com.

La puerta de la habitación estaba entornada y un recorrido de pétalos rojos que nacía en la entrada lo condujo hasta una cama con el edredón abierto.

Sobre la almohada habían dejado una nota junto a un sujetador.

No le gustaban esas cursilerías, pero en esta ocasión pasó por alto el detalle y cogió la dichosa nota.

Nada más comenzar a leer, su semblante se ensombreció:

Hola, gilipollas:

No sé lo que esperabas encontrar con esa cara de gordo que tienes, pero que sepas que entre todos los pardillos que han picado, has sido al que menos me ha costado convencer. Puedes comerte esta nota, cagarla y limpiarte el culo con los pétalos que te he dejado.

P.D.: ¡Gracias por la Harley, comemierda!

Bud arrojó la nota al suelo y salió al rellano hecho una furia.

En esos momentos un hombre con capucha negra metía su Harley en una furgoneta aparcada en fila al otro lado de la carretera.

El motero soltó un gruñido y descendió corriendo las escaleras mientras su inmensa barriga se balanceaba arriba y abajo.

Jadeando como un bulldog debido a sus ciento cuarenta kilos, cruzó el aparcamiento hasta la furgoneta.

Tenía los puños apretados y salivaba entre juramentos.

«No contabas con que fuese a alcanzarte tan rápido, cabronazo.

Lo vas a pagar muy caro», pensó mientras lo veía desaparecer por la parte trasera del vehículo.

Sintió cómo le subía la adrenalina al comprobar que nadie iba al volante.

Las puertas de la parte trasera de la Sprinter seguían abiertas y su Harley Davidson se hallaba al fondo sobre una tela de plástico que cubría todo el suelo.

El hijo de puta que se la había jugado se hallaba detrás de la moto oculto entre las sombras.

Bud trepó a la zona de carga torpemente y se enderezó sin perderlo de vista.

Era delgado y llevaba una especie de máscara de látex bajo la capucha de una sudadera negra.

La máscara simulaba la cara de un bebé con gesto enfadado.

Sujetaba algo en la mano derecha, pero no podía discernir si era una linterna grande o una especie de herramienta, de lo que sí estaba seguro es de que se lo iba a hacer tragar hasta el fondo.

—¡Te vas a arrepentir de esto, hijo de puta! —dijo Bud con mirada desafiante.

Nada más terminar la frase, vio cómo el hombre de la máscara levantaba el brazo derecho y ladeaba la cabeza como hace un perro cuando oye un ruido extraño.

Bud se abalanzó hacia él, pero antes de dar el primer paso notó cómo perdía el control de todo su cuerpo y se desplomaba en el suelo entre convulsiones y con la terrible sensación de no poder respirar.