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Kilyan se encontraba de rodillas en medio del asfalto en una de esas noches en las que la luna brillaba en sangre.
Se sentía cansado y sin fuerzas, y no podía apartar la vista de los dos faros que se aproximaban a lo lejos entre las ondas de calor, mientras un coyote observaba la escena impasible en un extremo de la carretera.
El brillo de los faros era más intenso a medida que el vehículo se acercaba, provocando que Kilyan tuviese que entrecerrar los ojos. A pesar del sofocante calor y de encontrarse al borde de la extenuación, se sentía extrañamente tranquilo.
Cuando apenas quedaban escasos metros para que el coche le pasara por encima, vio que su mujer iba al volante. Conducía con expresión serena el Chevrolet amarillo que compraron el día de la boda. Su hija lo observaba esbozando una amplia sonrisa desde el asiento del copiloto.
Antes del inminente atropello, una melodía impactó en el cerebro del detective expulsándolo de una recurrente pesadilla que venía teniendo desde que su mujer Lucy y su hija Evelyn fallecieran en un accidente de tráfico.
De eso hacía ya casi cuatro años.
Kilyan apagó la alarma del móvil cuando el reloj marcaba las cinco y media de la madrugada.
Esa noche se había quedado dormido en el sofá pensando en ellas mientras veía un documental titulado El último día de Lady Di , en el que analizaban las circunstancias del accidente que acabó con la vida de la princesa de Gales.
La televisión seguía encendida en el llamado Slot de la muerte, donde una voz en off intentaba vender un reparador de arañazos de coche.
Tras apagar el televisor, limpió la mesa con los restos de la cena de la noche anterior y fue a darse una ducha.
Kilyan Kil vivía en una casa de dos pisos de la calle Andrews que compró un año después del fatídico accidente. Lo más duro de todo fue acostumbrarse a la soledad y no ver crecer a su hija Evelyn, que apenas tenía nueve años cuando fue devorada por un amasijo de hierros.
Evelyn significaba «fuente de vida». Decidieron llamarla así porque era lo que supuso para Lucy y para él desde que se enteraron del embarazo.
Tenía la misma cara que su madre, exceptuando la nariz y los ojos verdes de Kilyan.
Siempre estaba sonriendo, llena de esa inocencia que nunca llegaría a perder.
Con su esposa Lucy se llevaba a la perfección. Compaginaban las tareas de la casa y de la niña sin ningún problema y se compenetraban muy bien. Un simple gesto o una mirada era suficiente para saber lo que el otro sentía o quería transmitir.
Una de las pocas cosas que a Lucy no le gustaba de Kilyan era su trabajo.
No lograba acostumbrarse a sus ausencias en las investigaciones que lo absorbían.
Tampoco podía evitar pensar en que un día una bala pudiera llevárselo por delante.
Sin embargo, respetaba su profesión y no solía sacarle el tema.
Lucy siempre le decía que, si alguna vez uno de los dos faltaba, el otro tenía la responsabilidad de mirar hacia adelante y hacer que su hija tuviese un futuro alegre y feliz por encima de todo.
Pero con la situación que se acabó dando no contaba ninguno de los dos.
Kilyan se vistió con unos vaqueros y una camiseta blanca, se calzó unas botas negras y se miró en el espejo de la entrada.
Los últimos años habían sido duros y el mapa que había dibujado en su rostro tenía alguna que otra carretera más.
Si no fuera por su trabajo, no sabía cómo podría haber hecho frente al día a día.
Era la única razón por la que se levantaba cada mañana.
Tras coger las llaves, la placa y el arma, se echó el pelo húmedo hacia atrás y salió a la cálida madrugada de Houston en dirección al Departamento de Policía de la calle Travis, donde llevaba trabajando más de catorce años.
Lo que desconocía era que, a mitad de camino, una llamada le haría cambiar de destino.