Sombras de una mentira (Kilyan Kil 1) 1
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Sombras de una mentira (Kilyan Kil 1)

Sombras de una mentira (Kilyan Kil 1)

Por Josu Puente Molledo

© inepub.com

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Mia se despertó sobre un suelo frío y húmedo de piedra.

Había un fuerte olor a moho y sentía cómo la humedad penetraba en sus delgados huesos.

La cabeza le daba vueltas y sufría un intenso dolor en el hombro y la pierna derecha.

No sabía si tenía algún hueso roto, pero sin duda se había llevado un tremendo golpe en el costado derecho.

Al abrir los ojos se encontró con una oscuridad tan penetrante que llegó a pensar que se había quedado ciega.

Asustada, palpó su rostro con manos temblorosas en busca de una venda que le cubriera los ojos, pero las retiró de inmediato al sentir una protuberancia húmeda y viscosa sobre la ceja izquierda que le produjo un intenso escozor.

«Calma, tiene que haber alguna explicación para todo esto», intentó tranquilizarse.

Cuando la vista se le acostumbró a la oscuridad, se recostó en un colchón áspero y raído que vislumbró a su derecha apoyando la espalda contra la pared. Como si alguien le acabara de tocar el hombro, se apartó de un respingo al sentir sobre su piel el frío y repulsivo tacto de la roca musgosa.

«¿Dónde estaba?»

«¿Qué hizo anoche?»

«¿La habían drogado?»

Las preguntas se agolpaban en su cabeza sin obtener ninguna respuesta.

Al alzar la vista le pareció ver un tenue brillo que flotaba en medio de la negrura que la rodeaba.

Tuvo que entrecerrar los ojos para comprobar que se trataba de una bombilla que pendía del techo.

La reconoció gracias a la débil iluminación que se filtraba por una de las rendijas de la persiana que quedaba a su espalda, sepultada bajo cuatro listones de madera dispuestos en horizontal y anclados a la pared.

Poco a poco, Mia fue dando forma al espacio que la rodeaba. Aparte del colchón, solo había una estantería repleta de envases de cristal que se alzaba al otro extremo de la habitación y una especie de trampilla de metal situada cerca de la bombilla a unos tres metros del suelo.

Aquello era como despertar dentro de una pesadilla.

Tenía la horrible sensación de que la cabeza fuera a estallarle de un momento a otro y, por más que lo intentaba, no conseguía recordar nada que le ayudase a comprender cómo había acabado en aquel agujero.

«¿Quién ha podido hacerme esto?», pensó inquieta.

A pesar de no conseguir poner en orden todos sus pensamientos, intentó recordar lo que había hecho el día anterior suponiendo que solo llevara unas horas allí dentro.

Esa tarde había ido al club sobre las siete y media.

En el transcurso de la noche discutió un par de veces con Michael por tomar unas copas de más entre actuación y actuación.

No era la primera vez que tenían ese tipo de discusiones y estaba convencida de que era la lameculos de Sugar quien iba a contárselo a sus espaldas.

Al terminar la jornada, un señor trajeado que rondaría los sesenta años le ofreció doscientos dólares por pasar un rato con él. Como ganar ese dinero suponía trabajar unas cuantas noches en el club, aceptó sin pensar mucho su propuesta y subieron a un Porsche Panamera.

De vez en cuando, el hombre la miraba con timidez por el retrovisor y no dejó de hacerlo durante todo el trayecto sin decir una sola palabra.

Tardaron alrededor de veinte minutos en llegar a una mansión de dos plantas. Tenía todo tipo de lujos como una piscina, un hermoso jardín con barbacoa o una pista de pádel.

Una vez dentro, la condujo a la primera planta y accedieron a una amplia habitación salpicada de fotografías en blanco y negro.

Había orquídeas blancas en varios puntos de la estancia y el suelo era de mármol con tonos grisáceos.

En el centro había una cama grande y un espejo ocupaba todo el techo dando una sensación de amplitud al dormitorio.

Mientras observaba los cuadros firmados por un tal T.

Baker, el hombre misterioso se perdió por una puerta que había al fondo de la habitación.

Al cabo de diez minutos apareció ataviado solo con un pañal enorme y un chupete en la boca.

Andaba a cuatro patas y decía haberse portado mal y merecer un escarmiento.

Mia no pudo esconder su expresión de sorpresa.

Sin duda, aquella era la petición más extraña de cuantas había recibido.

Pocos minutos más tarde, se encontraba estirando de la oreja y dando palmadas en el culo a un señor que podría ser su padre, mientras él suplicaba que le golpeara con más fuerza por no haber sido un buen hijo.

Tras despedirse, un taxi la llevó a casa, se quitó el vestido y los zapatos quedándose en ropa interior y preparó una ensalada y un vaso de whisky que tomó mientras veía la televisión.

Sobre las cuatro de la madrugada ingirió una serie de pastillas, que solían ayudarla a conciliar el sueño, y se acostó en la cama.

Lo siguiente que recordaba era despertarse en aquel horrible lugar.

Mia abrazó sus piernas y apoyó la cabeza sobre las rodillas mientras su cuerpo no dejaba de temblar y las lágrimas comenzaban a rodar por sus mejillas.

Aquello no podía estar pasándole a ella.

No es que tuviese una vida maravillosa, más bien tenía una mierda de vida, pero al menos quería seguir controlando lo poco que le quedaba de ella.

A su manera, aunque no fuese la más acertada.

Una vez logró controlar parcialmente los nervios, se secó la cara con el antebrazo y se puso en pie. El cuerpo aún le temblaba y sufría un fuerte dolor al apoyar la pierna. Sin embargo, sabía que allí sentada lamentándose no iba a conseguir nada.

Se acercó cojeando a tientas a la pared de enfrente mientras se frotaba los brazos para entrar en calor.

Las baldas de la estantería se encontraban repletas de botellas verdes y los envases llevaban una serigrafía en forma de calavera con dos cuernos en el cráneo.

Sobre la calavera podía leerse en letras mayúsculas la palabra ABSENTA y en la parte inferior de la botella venían los grados de alcohol de la bebida: 89,9º.

No sabía cuántas había, pero probablemente rondarían la centena.

Mia regresó como pudo al viejo colchón.

No entendía nada y estaba aterrada.

«¿Y si la dejaban allí dentro y nadie acudía a rescatarla?».

Como si estuviese poseída por el demonio, comenzó a tirar histérica de los tablones que tapaban la ventana entre ruidos guturales.

Rascó y se colgó de ellos usando todas sus fuerzas, pero lo único que consiguió fue romperse tres uñas y añadir varias heridas a su cuerpo magullado.

No logró mover un ápice de ninguno de aquellos malditos listones de madera.

Exhausta, volvió a sentarse en el colchón y recogió las piernas tocándose el pecho con las rodillas.

Esta vez, en lugar de llorar, cogió todo el aire que pudo de los pulmones y soltó un grito tan violento y lleno de ira, que por un momento pensó que acabaría echando fuego por la boca de lo que le ardía la garganta.