Sombra carmesí (Sombra carmesí 1) 35
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V iri se despertó en una cama.

Estaba tan cómoda que se quedó tumbada, disfrutando de la sensación de las mantas suaves que tenía debajo y de la almohada mullida sobre la que descansaba su cabeza.

Tardó un buen rato en darse cuenta de que algo no iba bien, hasta que el apremiante calor de la palma de su mano hizo que recordara todo lo que había pasado en un instante, y se incorporó tan rápido que la cabeza empezó a darle vueltas.

Intentó ignorar el mareo conforme se ponía de pie y buscó a su alrededor de dónde venía la amenaza; entonces se dio cuenta de que estaba en lo que parecía ser un dormitorio enorme.

Un candelabro con lumiternas iluminaba unas paredes oscuras y unas cortinas escarlata cerradas que, según supuso, taparían las ventanas, y había unas telas similares y del mismo color atadas con elegancia en los cuatro postes que formaban el dosel de la cama en la que se había despertado.

Examinó la habitación una, dos y hasta tres veces, pero allí no había nadie salvo ella, así que no tenía sentido que le quemara la mano. Se centró en la sensación, pero, en lugar de empujarla en una dirección, parecía obligarla a ir en todas direcciones; era la primera vez que le pasaba algo así.

El miedo se apoderó de Viri y, aunque le temblaban las piernas, avanzó hacia las ventanas y, al descorrer las cortinas, se encontró con unas vistas que, hasta una semana antes, habría pensado que no eran posibles.

Desde la ventana, veía dos montañas bañadas por la luz de la luna: el escarpado monte Tembris... y el pico redondeado del monte Verta.

—No —murmuró Viri, que se tambaleó hacia atrás al darse cuenta de dónde se encontraba.

Estaba dentro del letal monte Mort, cubierto de nebruma.

En el corazón de Diaboros, la ciudad de los segadores.

Por eso le ardía la marca de la mano. Porque, aunque no hubiera ningún asesino en esa habitación, estaba rodeada de ellos.

—No —murmuró de nuevo. El pánico se apoderó de su cuerpo y la sensación no hizo sino ir a más cuando sintió una oleada de calor en la palma justo antes de escuchar una voz oscura y familiar que le habló desde la puerta, que estaba abierta.

—Venga ya, no está tan mal —exclamó la sombría figura del Gran Segador abriéndose paso en la habitación—. Por lo menos está bien decorado.

El miedo atravesó a Viri y, al segundo, trató de buscar la magia que albergaba en su interior, convencida de que tendría que protegerse de la venganza que le tuviera preparada el Gran Segador.

—¿Dónde está Reeve? Como se te haya ocurrido hacerle daño, te...

Se calló de forma repentina al darse cuenta de que, por mucho que lo intentara, no sentía nada dentro de ella, como si tuviera un río de poder quieto y en silencio.

El Gran Segador estalló en risas al ver la reacción de Viri y dijo:

—No le he tocado ni un pelo. Eres tú la que me interesa. Aunque reconozco que he tenido que tomar precauciones. —El hombre se dio un golpecito en la muñeca enguantada.

Viri se sintió aliviada al saber que Reeve estaba bien.

Sin embargo, al instante, el alivio se transformó en nerviosismo cuando se miró la mano y vio un brazalete rojo brillante que le rodeaba la muñeca.

No había dudas de que era mágico y, aun así, no sintió nada. Ni el más mínimo hormigueo de élixen.

—Esta noche has demostrado tener nuevas habilidades, y muy ingeniosas —exclamó el Gran Segador en tono afable, pero sus palabras escondían una pizca de rabia—. Perdóname por querer asegurarme de que no vuelvas a hacer algo así.

Viri tiró del brazalete, pero no cedió.

—¿Qué es esto?

—Mi propia versión de las encancelas, algo que ni siquiera tu magia puede destruir —respondió—. Así que se podría decir que he tenido que privarte de tu poder hasta que llegue el momento de devolvértelo.

La chica tragó saliva; le sorprendió lo angustiada que estaba por haber dejado de sentir algo que acababa de descubrir poco antes.

—¿Y eso será...?

—Cuando llegue el cometa Orión, evidentemente.

—¿Qué? —exclamó sobresaltada.

El Gran Segador se alisó la parte delantera de la capa oscura.

—Deberías haberme escuchado, Viridia. Te lo dije antes: si esta noche las cosas no salían como estaban previstas, te iba a necesitar. Si no te hubieras entrometido, no estarías aquí. Pero lo hiciste, así que ahora, en lugar de sacrificar a cincuenta niños, solo tendré que sacrificarte a ti.

Viri sintió como si la habitación empezara a dar vueltas a su alrededor y se le quebró la voz cuando preguntó:

— ¿Qué?

—¿No te lo han dicho tus amiguitos? El sacrificio de Orión es distinto al de Aurora porque se necesita ellixen abyssus . —El Gran Segador se calló unos segundos—. Aunque también se conoce como «magia tutelada».

Viri se encogió, como si le hubieran dado una patada en el estómago. Eso era lo que Wynter había intentado contarle antes. No era «magia abismal» lo que necesitaba para el cometa, sino la magia que había en lo más profundo de Viri .

Empezó a sentir que le faltaba el aire, pero se obligó a respirar hondo porque sabía que, en ese momento, su mejor arma era tener la mente despejada.

—¿Qué te hace pensar que tengo lo que estás buscando?

—No te hagas la modesta —respondió el Gran Segador en tono rotundo—. Ambos sabemos que estás vinculada a los obeliscos.

Viri se echó hacia atrás y sus labios adoptaron la forma de un no, pero se dio cuenta de que era inútil negarlo.

Ella ya sabía que el Gran Segador quería acceder a su magia; fue su hermano el que la avisó cuando estaban en el jardín de Nevarnost, aunque no tenía claro por qué.

El verdadero motivo, el sacrificio de Orión, fue una sorpresa de lo más desagradable, pero Viri decidió que ya se preocuparía por el cometa más tarde.

Lo que ansiaba saber en ese preciso instante era cómo había descubierto el Gran Segador su magia tutelada.

El Guardián lo sabía porque era el que le había concedido la magalía, y sus padres también, aunque se llevaron el secreto a la tumba. Pero el Gran Segador...

—¿Cómo...? —empezó a decir Viri.

—Ya te lo he dicho. Llevo observándote toda tu vida —la interrumpió.

—Pero ¿ por qué ? —insistió Viri—. ¿Cómo supiste que tenías que vigilarme?

—¿En serio aún no lo sabes? —respondió. Y, aunque su rostro permaneció oculto entre las sombras, Viri escuchó el tono de perplejidad de su voz—. ¿De verdad?

—Saber... ¿qué? —exclamó, tratando de aceptar la frustración que la invadió, que era mucho mejor que el temor que sentía antes. Sin embargo, ambas emociones se esfumaron en cuanto el Gran Segador siguió hablando.

En tono burlón y con voz cantarina, dijo:

—Había una vez tres jóvenes cazadores: un marido —levantó un dedo—, una mujer —subió otro dedo— y su mejor amigo.

Pero, esta vez, no levantó un tercer dedo, sino que se señaló a sí mismo.

Viri abrió los ojos como platos.

—Eres... Eres...

—¿El mejor amigo de tus padres? Sí, lo era.

Hasta que me robaron la magalía para salvarte la vida.

Una magalía que yo mismo necesitaba para salvar a una persona que me importaba a mí .

—El tono de su voz se volvió sombrío—. Cuando regresé al castillo del Guardián para suplicarle que me concediera otro deseo, me dijo que no podía hacer nada, pero fue tan compasivo que decidió enseñarme a usar la magia.

Pero, cuando osé querer más, me la quitó.

Y me convertí en esto. —Levantó una mano y se señaló—.

Y ahora tengo todo el poder con el que siempre había soñado.

Lo miró boquiabierta mientras, en su interior, tuvo que luchar por procesar todo lo que acababa de contarle. Aun así, logró decir con la voz ronca:

—En realidad no, porque, si no, no me necesitarías.

—Y no te necesito —se mofó—. Pero me interesa lo que sé que puedes darme: los medios para destruir los obeliscos.

—Jamás lo permitiré —bramó Viri, que seguía dándole vueltas a lo que acababa de averiguar. Entonces cerró las manos en puños—. No pienso condenar a Aravell a la muerte.

—¿Muerte? —El Gran Segador soltó una carcajada de incredulidad—. No quiero destruir la ciudad. Quiero liberarla . Y tú, Viri, querida, vas a ayudarme a conseguirlo, tanto si quieres como si no.

Su respuesta resonó sin parar en los oídos de Viri. Pero no porque reconociera que quería liberar la ciudad, aunque tampoco se lo terminaba de creer, sino por las dos palabras que había dicho el Gran Segador en un tono familiar y afectivo, pero sarcástico.

«Viri, querida».

—¿Quién eres? —exclamó sin apartar la mirada de la capucha sombría del Gran Segador.

—Ya era hora de que me hicieras una pregunta a la que sí quiero responder —dijo con satisfacción. Agarró el guante de su mano izquierda y se lo quitó para dejar a la vista una mano cubierta de venas negras.

En ese momento, Viri vio con sus propios ojos que las líneas oscuras se desvanecían bajo la piel del Gran Segador, y al hacerlo, el calor que emitía su marca de cazadora también desapareció, como si no hubiera ningún segador en la habitación.

—¿Cómo es posible? —murmuró atónita.

—Otra muy buena pregunta —exclamó el Gran Segador.

Esta vez, sin embargo, su voz cambió y dejó de ser grave y masculina, y pasó a hablarle en un tono relajado y mucho más agudo. Una voz femenina.

Y conocida.

Viri retrocedió un paso.

Y, después, otro.

Y solo se detuvo cuando se chocó contra la cama. Se aferró al poste con todas sus fuerzas cuando el Gran Segador, ahora la Gran Segadora, se llevó las manos a la capucha y empezó a bajársela poco a poco.

Viri no daba crédito a lo que estaba viendo.

Estaba horrorizada.

—Sorpresa, querida —exclamó Sarielle con una sonrisa maliciosa y, tras agitar una mano, las venas negras volvieron a teñir su brazo y Viri sintió otra vez la quemazón de su marca de cazadora—.

La verdad es que los hechizos de belleza son una maravilla, sobre todo cuando tengo que pasarme todo el día rodeada de cazadores insoportables como tú.

La chica negó con la cabeza.

—No. —Y negó una vez más—. No.

Sarielle resopló.

—¿Tanto te ha sorprendido? Le prometí a tu hermano que te dejaría en paz hasta que te necesitara, pero no dije nada sobre no tenerte bien vigilada. ¿Por qué crees que te acogí hace siete años? Desde luego, no fue porque me importaras lo más mínimo.

Viri sintió el escozor de las lágrimas que amenazaban con salir. Se negaba a aceptarlo, y el rechazo se convirtió en un dolor agudo.

—No —volvió a decir Viri, que seguía sin creérselo. No podía creérselo.

—Tengo que reconocer que... —siguió diciendo Sarielle—.

Yo misma me sorprendo por lo bien que he interpretado mi papel durante tantísimo tiempo.

Conseguí convencerte de que era una figura materna tierna y cariñosa para ti.

—Soltó otra risa maliciosa—. Qué orgullosa estoy de lo bien que actué la noche que te hablé del cometa Aurora.

Temblando, llorando... No sabes el trabajo que me costó contener la risa cuando decidiste hacer exactamente lo que te pedí y te fuiste derechita a liberar a Reeve; y ninguno os disteis cuenta de que eráis mis marionetas.

Viri siguió negando con la cabeza, con un nudo en la garganta que le impedía hablar. Se había quedado sin palabras.

—No te lo tomes a lo personal —murmuró Sarielle, como si Viri no sintiera que acababa de clavarle una daga en el pecho—. Tus padres dijeron que me querían y me apuñalaron por la espalda. Solo les estoy devolviendo el favor.

La mujer se encogió de hombros, como si no tuviera importancia; no había nada de la fiel tutora que había decidido acoger a Viri y que cuidó de ella, o fingió hacerlo, durante años.

—Tienes suerte —agregó—, porque, por lo menos, no te dejé pudriéndote en una celda mugrienta mientras esperábamos a que llegara el cometa Orión.

—Señaló la lujosa cama—. Tendrás toda la comodidad que necesites hasta que llegue el momento y, después, bueno.

.. —Soltó una carcajada que hizo que a Viri se le erizara la piel de todo el cuerpo y que la bilis se le acumulara en la garganta—.

Cuando todo acabe, la comodidad ya dará igual, ¿no crees?

Sarielle, con una ligera sonrisa, se metió la mano en la capa y sacó un libro encuadernado de piel que arrojó a los pies de Viri.

—Toma. Para que te amenice la espera hasta que nos visite el cometa.

Viri, que tenía los ojos empañados, miró la portada llena de runas antiguas y con un título traducido que decía: Diario del mago celestial Kadmus Castro .

Sarielle le entregó el diario sin darle ninguna explicación y, después, se dio la vuelta y avanzó hacia la puerta. Estaba a punto de atravesar el umbral cuando Viri, por fin, consiguió que le saliera la voz, aunque sonara ronca y quebrada.

—Mis amigos me encontrarán. Reeve y Braedan vendrán a por mí. Y te detendrán. Te detendremos entre todos .

La segadora se dio la vuelta y su sonrisa se ensanchó.

—¿Crees que no me he encargado ya de ellos? He vuelto a encerrar a tu hermano, pero está sano y salvo. Y, a tus amigos, también. Incluida Wynter... Sí, a mi propia hija. Es demasiado peligrosa como para dejarla deambulando por ahí, sobre todo ahora que he descubierto su secretito de la alquimia.

Viri sintió que se le revolvía el estómago. Pero Sarielle no había terminado aún.

—¿Y en cuanto a Reeve? —Dejó escapar otra carcajada, pero en voz baja y teñida de maldad—. No lo he encerrado, pero tampoco vendrá a por ti.

Al escuchar sus palabras, Viri se aferró a ese hilo de esperanza.

—Sí que vendrá. Sé que me encontrará.

Él mismo se lo había prometido. Que la encontraría siempre.

—No tiene que encontrar nada, porque sabe de sobra dónde estás —respondió en tono engreído—. Pero no va a hacer nada porque yo se lo he ordenado. Al fin y al cabo, la familia es lo primero.

Viri se quedó muda.

—¿Qué acabas de decir?

La mujer sonrió con superioridad.

—Vaya, querida, ¿no te lo ha dicho? —Salió por la puerta y se giró para pronunciar las últimas tres palabras; tres palabras que hicieron que a Viri se le cayera el mundo encima.

—Es mi hijo.

Sarielle cerró la puerta a sus espaldas y echó el pestillo, y Viri se quedó sola en mitad de la ciudad de los segadores.

La marca de cazadora le ardía.

La mente no paraba de darle vueltas.

Y el corazón se le estaba partiendo en mil pedazos.