Epílogo. Colt
Epílogo
Colt
(Cinco años después)
C ocida por el calor del verano, la feria bulle de pura emoción.
Al menos, dentro del granero ventilado se está un poco más fresco.
Jonas se apoya en la verja, apurando su refresco de celebración.
Con quince años de edad, apenas es tres o cuatro centímetros más bajo que yo y, gracias a que se deja el culo cada día en el rancho, es casi igual de fuerte.
Aunque supongo que tiene sentido teniendo en cuenta lo mucho que come.
Jonas me tiende la taza por entre la verja. Me pide en silencio que la tire a una papelera cercana para que pueda ponerse a trabajar y asegurarse de que su novillo de competición tiene todo lo que necesita antes de que vayamos a disfrutar de la feria.
—Excelente trabajo, jovencito. —Un ojeador de unos setenta años apoya los brazos en la verja y contempla el novillo de Jonas.
—Ah, muchas gracias. —Jonas toquetea el pestillo de la puerta y sale con un chirrido metálico. Vuelve a cerrarla, con lo que asusta a un par de mujeres que pasan cerca.
—El animal tiene buen aspecto. ¿Piensas venderlo este otoño?
Jonas asiente, estoico.
—Por supuesto. En la subasta de noviembre.
Parece que fue ayer cuando empezó a criar su primer ganado como proyecto de la asociación 4-H.
Aunque Whit y yo creíamos que estaba preparado para la subasta, se pasó todo el camino a casa sollozando, totalmente inconsolable.
La verdad es que pensé que hasta ahí llegaba su carrera en la 4-H.
Sin embargo, al año siguiente nos pidió que le permitiésemos criar más animales. Y desde entonces, ha estado enganchado.
—Me encanta ver que los jóvenes continúan con una tradición como esta. —El anciano me mira—. Debe de estar usted muy orgulloso de su hijo.
No es la primera vez que alguien supone que somos padre e hijo, y estoy seguro de que no será la última. La reacción de Jonas depende del día. Los días buenos lo ignora, y los malos, corrige de inmediato a quien sea.
Yo, por mi parte, me tomo bien lo que sea cada vez. Técnicamente es mi hijastro, porque Whit y yo nos casamos el verano pasado. Pero a quién le importan las nomenclaturas.
—Pues sí. —Le doy un palmetazo en la espalda a Jonas—. Este chico es increíble. Su madre y yo estamos muy orgullosos de él.
Jonas reprime una sonrisa y me mira.
—Gracias, papá.
«Oh, guau». Me recuerdo que no debo permitir que me entre el pánico. No hay que tomarse estas cosas a la tremenda y, desde luego, no debo llorar, porque bien sabe Dios que me tocará las pelotas implacablemente si lo hago.
La presencia de Alex ha sido tan constante como la de un sarpullido virulento.
Aparece de vez en cuando y trastoca toda la puñetera rutina de Jonas.
Luego, después de un tratamiento —en otras palabras, cuando Whit le explica adónde puede irse y cómo llegar—, Alex vuelve a desaparecer en las sombras.
Por desgracia, ha hecho la misma mierda con Amapola y el pequeño que los dos comparten.
Por suerte, ella ha resultado ser una tía muy guay, lo cual ha aliviado el miedo que tenía Whit a que Jonas no pudiese pasar tiempo con su hermano.
De hecho, durante el curso escolar, cuida de él tres tardes a la semana.
Mis dedos aterrizan en la nuca de Jonas y le doy un apretón como respuesta a sus palabras. Con la otra mano me recoloco el sombrero de vaquero.
—Bueno, sigue con ese buen trabajo, chico. —El anciano le lanza una última mirada al novillo y luego pasa al siguiente animal.
Jonas se gira hacia mí con las cejas alzadas.
—¿Te vas a echar a llorar?
«¿Ves? Si es que es un abusón».
—No. —Hago una mueca de asco y parpadeo varias veces para aplacar la picazón que siento en los ojos—. Es que hueles tanto a mierda de vaca que me lagrimean los ojos.
Él se limpia las manos en los vaqueros.
—Hay que tener valor para decir algo así, sobre todo oliendo como tú.
Yo me subo la camiseta a la nariz para olisquearme rápidamente. Desde luego, he olido mejor que ahora, pero eso pasa cuando hay que cargar ganado en un camión, transportarlo y prepararlo para un espectáculo.
—Tengo ropa limpia en la camioneta. Probablemente deberíamos ir a cambiarnos, o Whit va a hacer como que no nos conoce.
—Más vale que te des prisa, porque nos van a asesinar si nos perdemos la parte de Odessa.
—Mierda. Vale, al lío.
Ya estoy en movimiento, y por suerte, Jonas me alcanza enseguida. Nos abrimos paso entre la multitud dentro del granero y salimos al cruel brillo del sol. En pocos segundos se acumula el sudor en mi frente.
Miro a Jonas.
—Apostaría a que le vamos a sacar a ese novillo tres veces más que a cualquier otro animal de la puja. Has hecho un gran trabajo.
Él resopla.
—Quizá no estaría mal que bajases las expectativas.
—Demasiado tarde, chico. Ya las tengo por las nubes. —Le doy un golpecito en el hombro ignorando el hecho de que se me ha vuelto a nublar la vista—. Estamos muy orgullosos de ti, por si acaso no lo sabes.
—Lo sé. —Su nuez sube y vuelve a bajar. ¿Cuándo demonios le ha salido nuez a este crío?—. Y, por cierto…, gracias. Por todo.
—Colega, no hace falta que me des las gracias. —Le paso un brazo por el cuello—. Para eso estoy aquí. Pero… si de verdad quieres darme las gracias, deberías afeitarte ese bigote tan creepy que te estás dejando.
Le paso un dedo por el labio superior, y él me aparta con una risa.
—Anda y que te den.
—Solías reírte a gusto del mío. Es justo que me ría del tuyo ahora.
Una vez que subimos a la camioneta, resulta que soy el único a quien se le ha ocurrido traer ropa limpia para el espectáculo. De algún modo, Jonas ha creído que iba a estar limpio todo el tiempo.
Le lanzo una camiseta y él suelta un gemido al ver lo que pone en la parte frontal.
—No, hombre, la camiseta de la vaca en la que pone «Tengo muy mala leche» no, por favor.
Una sonrisa asoma a mi cara.
—Bueno, bueno. También tengo una camiseta con una llama en la que pone «Hola, ¿cómo te llamas?». —Hurgo entre la pila de ropa—. Aquí esta.
—No lo dirás en serio.
Le enseño la camiseta gris claro.
—Por supuesto que sí. ¿Cómo te llamas, eh?
Jonas esboza una media sonrisa y niega con la cabeza, molesto.
—Me quedo con la de la mala leche.
Con una mano, me quito la camiseta sucia y me pongo la de la llama, un regalo de Whit que le da dentera a Jonas cada vez que la ve. Como tiene quince años y le damos dentera perpetua, me la suelo poner muy a menudo. Cualquier día de estos estoy seguro de que acabará «accidentalmente» en la basura.
Volvemos a los terrenos de la feria, y Jonas se cruza de brazos en un intento de cubrir el dibujo a duras penas.
—Bueno, si me quedo soltero para siempre, esta es la razón.
—Esa camiseta es mía. La tenía mucho antes de conocer a Whit.
—Ya, y casi tenías treinta años cuando empezasteis a salir. No me estás convenciendo en absoluto. —Esquiva el manotazo fingido que intento darle—. Además, los dos sois muy raros.
La voz de Whit suena entre la multitud.
—¿A quién llamas tú raro?
«Esa es mi chica».
Whit me recorre con una mirada que conozco a la perfección. Estoy seguro de que esta noche nos vamos a escabullir a algún baño privado o vamos a convencer a Jonas para que duerma en casa de Theo. Sabiendo lo calentorra que es mi esposa, probablemente sean las dos cosas.
Whit se me acerca y yo engancho un dedo en el cinturón de sus pantalones vaqueros cortos. Le doy un firme tirón, y ella se aprieta contra mi costado.
—Hey, mami.
Whit me pasa el brazo por la cintura.
—Hola, cariño. Os estábamos buscando.
—Teníamos que ir a cambiarnos para estar más presentables.
—Sí, estáis muy presentables para una feria familiar. —Con una risa, me da un tirón del dobladillo de la camiseta—. Menos mal que eres mono.
Le aparto el cabello de la cara y le planto un suave beso en la sien.
«Me cago en la puta, qué bien huele».
Ella me pasa las uñas pintadas de negro por la columna.
—Bueno, ¿a quién llamas tú raro?
—A vosotros dos. —Jonas nos señala con un dedo a ambos.
Ella le sonríe.
—Pues lo siento, pero diría que eso significa que tu destino también es acabar siendo raro.
Blair pasa entre la gente, con su hija a caballito. Mira la camiseta de Jonas y se echa a reír.
—Bonita camiseta, chaval. Pareces una versión mini de Colt.
«Qué buen sentido de la oportunidad».
—Ay, mierda. Debería habérmela puesto del revés o algo así. —Habla con tono completamente exasperado.
Whit suelta una risita.
—Con eso sí que parecerías un mini-Colt.
Jonas se pinza con los dedos la arruga entre sus cejas…, estilo mini-Whit.
—Sois agotadores.
—Te encantamos —digo al mismo tiempo que Whit le clava un dedo en la barriga.
Es cierto que somos lo peor. Y que esto es muy divertido.
—Pero, oye, felicidades por la victoria. —Blair le da unas palmaditas a su sobrino en el brazo—. Deberíamos entrar y buscar unos asientos antes de que le toque a Odessa. Que Dios nos ayude si nos perdemos el espectáculo.
Jonas asiente, con los ojos desorbitados.
—No sé cuál de los dos da más miedo.
Nos abrimos paso más allá de los camiones de comida y los cacharros de la feria. Llevo a Whit del brazo, y nuestro hijo viene con nosotros a regañadientes.
Cuando nos casamos, el 13 de agosto del año pasado, juré proteger, amar y cuidar de ambos.
Mis votos fueron tanto para Jonas como para Whit.
Sin embargo, nuestros invitados no sabían que ya hice todas esas promesas hace cinco años, cuando me puse la camisa del revés para tranquilizar a Whit, cuando llevé a Jonas a pescar después de que Alex lo dejase tirado, cuando juré que siempre la elegiría a ella mientras bailábamos en medio del camino de entrada de la casa.
Una promesa que he hecho un millón de veces desde entonces.
Ellos son todo lo que siempre he querido. Todo lo que he necesitado.
Estoy donde tengo que estar. Siempre.