Solos los dos SOLOS LOS DOS #3
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SOLOS LOS DOS #3

—Te irá bien. Nos vemos mañana —dijo, y le dio un apretón en el hombro.

Un año después de conocerse, Leonard y Emily fueron al cine Vista para ver Fargo, la nueva película de los hermanos Coen.

Para entonces ya habían cogido el ritmo de la ciudad: hacían audiciones por el día, trabajaban de camareros por la noche y luego caían rendidos en casa de uno de ellos.

Cuando tenían la noche libre les gustaba ir a tomar algo al Small’s, en Melrose, o a escuchar música en el Palace on Vine.

La película empezaba con una tormenta de nieve, y Leonard se acordó de Chicago, de la crudeza de los inviernos que había pasado allí de pequeño y luego en la universidad.

Reconoció los acentos del medio oeste y la ambigua cortesía de los de Minnesota, y se estaba divirtiendo con la historia, una especie de tratado sobre la estupidez humana, cuando apareció un personaje llamado Mike Yanagita.

Leonard había visto al actor en Haz lo que debas y la serie In Living Color, y eso le dio esperanzas de que él mismo estaba al borde del éxito, que pronto habría montones de papeles para gente como él.

La protagonista de la película, Marge Gunderson, acaba de llegar al restaurante de un motel y Mike Yanagita se levanta de la mesa para saludarla.

Aunque se notaba que Marge estaba embarazada, Mike pone cara de sátiro mientras prolonga el abrazo.

Después de unas frases corteses un tanto forzadas, Mike intenta sentarse a su lado, pero ella lo rechaza, provocando en Leonard una ligera frustración.

Entonces Mike le explica que su mujer había muerto de leucemia, y que al ver a Marge en las noticias se había acordado de lo mucho que le había gustado siempre.

Ella, incómoda, intenta concluir el intercambio, y Mike se lanza a lamentarse de lo solo que se siente.

Entonces el público soltó una carcajada burlona.

Leonard tuvo una sensación de ingravidez muy extraña, como si el muelle de la butaca le pudiera levantar de repente.

Por una parte estaba deseando que le dieran un papel, aunque fuese como el de Mike Yanagita.

Steve Park lo había clavado, la entonación era perfecta, y su interpretación estaba más que a la altura de Frances McDormand.

Y la gente se reía porque esa era la intención; era un cameo cómico para lucirse en una película donde todos interpretaban estereotipos, pero cuando Emily le agarró la mano y le dio un apretón, constató que no estaba loco: el personaje resultaba mucho más triste y patético por ser asiático.

De alguna manera ella se había dado cuenta, y él se sintió muy agradecido al no tener que explicarlo.

Lo gracioso venía después: Marge habla con una amiga que le cuenta que Mike no llegó a casarse, que quien afirmaba que era su mujer no había muerto de leucemia, que Mike la había estado acosando más de un año, que tenía problemas psiquiátricos y vivía con sus padres.

En realidad le gustó la película, pero le habría gustado más si no tuviera esa pega.

Al salir del cine esa noche sintió con más certeza que nunca que la vida que había elegido iba a ser dura, y que nunca lo conseguiría sin alguien como Emily.

Cuando llegaron a las dunas saltaron del coche gritando como niños al ver las montañas de arena que llegaban hasta el agua.

Echaron a correr por un camino entre plantas crasas y en el primer recodo se lanzaron cuesta abajo hundiéndose, tropezando, cayendo y resbalando por la pendiente sin parar de reír.

Al principio no tuvieron mucha suerte en Los Ángeles, los dos primeros años solo consiguieron un par de papelitos sin importancia.

Decidieron irse a vivir juntos sobre todo para ahorrar en alquiler.

Entonces el anuncio de un colutorio que había hecho Leonard se volvió popular, cobró un montón de dinero y la vida pareció comenzar a alzar el vuelo.

Para celebrarlo organizó un viaje a Ashland, donde se alojaron en un bonito hotel victoriano y vieron todas las obras del festival de teatro clásico de Oregón —incluso las que no eran de Shakespeare— en distintos teatros y anfiteatros al aire libre.

Hacía un tiempo magnífico, por las noches refrescaba pero no hacía frío, alargaban la cena y luego tomaban unas copas, a veces en el jacuzzi del hotel, y todos los días se levantaban tarde. Se lo pasaron como nunca.

Una semana después alquilaron un coche y condujeron dos horas hacia el norte del lago del Cráter; Emily iba con unos vaqueros cortados y gafas de sol de aviador, los pies en el salpicadero y las manos al compás de canciones de Joni Mitchell y de los Allman Brothers.

El lago era de un color azul cobalto increíble, y se hicieron fotos delante sujetando la cámara con el brazo extendido.

Luego habían seguido conduciendo otras tres horas hasta la costa, y ahora se encontraban al pie de una duna ondulada por el viento y dorada por el sol.

Emily llevaba una melena corta que se remetía detrás de las orejas, aunque siempre se le escapaban algunos mechones, pero allí el viento le revolvía el pelo en todas las direcciones, y cuando escondió la cara contra su pecho tuvo la sensación de haber resuelto el gran misterio de su vida,

de la vida en general.

No era la primera vez que se sentía así, pero nunca había estado tan seguro.

—¡Quiero casarme contigo! —gritó a pleno pulmón, imponiéndose al fragor de las olas.

Ella se echó hacia atrás con una carcajada, gritando también:

—¡Sííí! ¡Sí, sí, sííí!

Tres veces a la semana iban al gimnasio antes de cenar; era parte de la rutina de los actores en Los Ángeles, donde ya llevaban cuatro años, y mientras se preparaban una noche, Emily se tiró en el sofá:

—Estoy demasiado cansada para ir.

—Arriba y en marcha —dijo Leonard, y le movió un pie que ella retiró bruscamente.

—Len, estoy agotada.

Los dos se habían pasado el día fuera de casa, recorriendo la ciudad, pero le dio la impresión de que su cansancio iba más allá.

Aparte de algún trabajillo como extra, los últimos seis meses solo la habían contratado para una obra de teatro marginal y un papel de una frase en una telenovela.

Lo peor era que había superado todas las pruebas para una serie nueva de televisión, incluso llegando a firmar un preacuerdo.

Había estado fantástica, absolutamente fantástica, y sin embargo no consiguió el papel.

Llegar hasta ahí la tendría que haber motivado, pero en cambio lamentó lo que había parecido ser su último tren. Leonard tenía miedo de que se rindiera.

—Venga, tenemos que ir —le dijo.

Ella se incorporó de repente y se quedó mirándole; luego entró en el dormitorio, se cambió de ropa y salieron del apartamento sin decir una palabra.

Después de salirse con la suya se sentía como un capullo, claro.

Y también tenía que ser la noche en que Emily se aplastó un pie con una pesa.

Había bastante gente, era un enorme gimnasio de esos que parecen una nave industrial y, mientras los dos se ejercitaban en silencio, a Emily se le resbaló una mancuerna al levantarla del soporte.

Gritó de dolor y se le saltaron las lágrimas, pero siguió levantando pesas.

En cuanto llegaron a casa tomó un paracetamol y se acostó.

Al día siguiente Leonard estaba preparando la cena cuando Emily volvió, y notó enseguida que cojeaba mucho más. Por la mañana el pie no tenía mal aspecto y se había puesto zapatos bajos, pero a esas horas lo tenía hinchado y morado, y se descalzó con cara de dolor.

—Deberías ir al médico.

—Vamos justos hasta fin de mes.

—Págalo con la tarjeta de crédito.

—Ni hablar.

Ella no le echaba la culpa, pero él se sentía responsable y se preguntaba qué había pasado con el dinero porque, aparte del viaje a Oregón y una boda con pocos invitados en un rancho de las montañas de Santa Mónica, no se había dado ningún capricho.

Pensó en el tiempo que llevaba sin trabajar de camarero, aunque era un riesgo calculado que ella también había apoyado, y luego se acordó de las cosas sensatas que había hecho con el dinero, como contratar un seguro médico para los dos, en definitiva, gastarlo; por eso ya no le quedaba.

Emily aguantó un par de días más, pero cuando empezó a gemir cada vez que apoyaba el pie la llevó al hospital Good Samaritan.

El traumatólogo que la vio más tarde era un hombre bronceado con el pelo casi tan blanco como la bata, y entró en la consulta hablando con alguien sobre un viaje a Fiyi; en cuanto vio las radiografías dijo que había que operar.

—¿Cuánto costaría? —le preguntó Emily.

—Cuatro o cinco mil dólares.

Emily miró brevemente a Leonard.

—¿Qué es lo peor que puede pasar si no me opero?

—Puede que no se recupere bien.

—¿Y se arreglaría operándome después?

—Es posible. Depende —dijo el cirujano encogiéndose de hombros.

Emily se levantó:

—Entonces me arriesgaré.

Leonard estaba desesperado por decir que no, y se sentía fatal porque no podía.

—¿En qué trabaja? —preguntó el cirujano.

Como Emily se quedó callada, le contestó Leonard:

—Mi esposa es actriz.

—Es lo que pensaba. Desde luego lo parece —dijo el cirujano, y Leonard pensó que ahí estaba la ironía.

Con lo guapa que era, y no debía ser suficiente para Hollywood.

Ella se lamentaba a menudo: «Solo les interesa saber cuánto peso y mi talla de sujetador».

Leonard estaba en forma y tenía buen aspecto, pero nadie le tomaba nunca por actor.

—Si yo fuese actor no querría tener torcidos los dedos de los pies —añadió el cirujano.

—Nadie me mira los pies.

—Se sorprendería —le dijo, y continuó con un suspiro—: Por lo menos cómprese una bota ortopédica. Solo le costará cincuenta pavos.

Después de pasar por la farmacia, Emily se tumbó en el sofá mientras Leonard le ponía hielo en el pie.

El sofá era de un bonito color mostaza, y lo había encontrado ella en un rastrillo, como casi todo.

Emily tenía talento para aprovechar cosas de segunda mano, para combinar con elegancia cubiertos y platos desemparejados.

Se había sorprendido muchas veces de lo acogedor que era el apartamento de ella en comparación al suyo, donde tenía el colchón en el suelo, y por eso se habían instalado aquí cuando decidieron vivir juntos.

—Han pasado cuatro años, Len.

—Ya lo sé.

—Puede que esto no sea lo mío.