SOLOS LOS DOS #2
El asistente de casting los guio hasta el escenario; por el camino solo tuvieron unos segundos para repasar la escena y comparar sus notas en voz baja, como si estuvieran copiando en un examen.
Se situaron delante de una cortina negra y cuando el director dio la señal, Emily cerró los ojos y los mantuvo cerrados.
Leonard no sabía si ya se había metido en el papel, si estaba reuniendo valor para empezar o, peor aún, intentando recordar la frase. El corazón le dio un vuelco.
Entonces Emily abrió los ojos, empezó a hablar con voz aguda y enérgica y se convirtió en otra persona.
Aunque había sido testigo otras veces de este tipo de transformación, a Leonard le sorprendió.
Se dio cuenta de que tenía tablas en cuanto dijo las primeras frases, y le inspiró mucha confianza.
Interpretaban a un matrimonio joven en una discusión; él era un blandengue y ella una alcohólica.
Por momentos melosa, empalagosa y acusadora, ella intentaba hacerle confesar que tenía una amante.
Se notaba que la escena resultaba creíble, que se compenetraban.
La confianza y la química surgieron desde el primer momento.
—Has estado genial —le dijo cuando salieron al aparcamiento.
—¿Tú crees? —Había recuperado su voz modosita.
—Lo digo en serio: genial.
—Tú también.
Aunque ninguno consiguió el papel, en ese momento parecían tener posibilidades y se quedaron hablando ilusionados junto al coche de Emily, en la polvorienta ventisca del estacionamiento, saboreando la posibilidad.
Siguió esperando a que ella sacase las llaves y se despidiese, pero siguieron allí tanto tiempo que los actores que habían hecho la prueba después —un tipo que se movía al ritmo de sus auriculares, indiferente al mundo,
y una pelirroja con minifalda escocesa y medias hasta medio muslo que entró como un torbellino, haciéndose notar— salieron agarrados del edificio, subieron directamente a un coche y se marcharon.
Su emparejamiento tan repentino parecía una especie de reproche a la indecisión de ellos, suficiente para que Emily se decidiera por fin: «¿Vamos por ahí a comer?»
, le preguntó, y luego perdieron la noción del tiempo.
Emily se había criado sola con su madre en una pequeña ciudad cerca de Harrisburg, en Pensilvania.
Su madre hacía colgantes y broches con alambre y fragmentos de cristal pulidos por el mar que vendían en el circuito de mercadillos.
De pequeña había pasado muchas noches en la carretera, dormitando en el asiento de atrás del coche de su madre y mirando la luna.
En el instituto le había entrado el gusanillo del teatro, y se pasaba los fines de semana embolsando los pedidos en el hipermercado local para hacer cursos intensivos en verano.
El día que entró en Yale fue cuando empezó a vivir de verdad.
Eso fue lo que le contó a Leonard en el restaurante y a lo largo de la tarde —el almuerzo no fue suficiente— dando un paseo por Solstice Canyon.
—¿Ya has visto el océano? —le preguntó.
—Solo desde el avión cuando llegué.
—¡Entonces tenemos que ir! —Se fueron cada uno por su lado para cambiarse y luego salieron en coche desde casa de Emily, que apareció con botas de trekking, pantalones cortos, camiseta de tirantes y los pálidos hombros embadurnados de crema aún más blanca.
Cogieron un camino que se perdía en la solana entre matorrales y artemisa, y siguieron hablando de sus vidas en New Haven y Londres, de las obras que habían hecho y las que habían visto, y Leonard disfrutó inmensamente: al aire libre, sin compromisos,
en lugar de estar metido en casa repasando frases.
No se imaginaba mejor definición de diversión que compartir su tiempo con alguien nuevo e interesante.
En Londres había estado saliendo con una chica encantadora y altruista interesada en el teatro y la expresión corporal como terapia.
En la ciudad les iba bien, pero ella hablaba constantemente de mudarse al centro de Inglaterra, colaborar como terapeuta en un colegio y tener niños.
No le hacía gracia que él apareciese en series de ITV o Channel 4, y mucho menos en películas de Hollywood.
Pero Emily… Era una luchadora, se estaba dejando la piel para destacar entre los miles de aspirantes que buscaban la fama en Los Ángeles, y parecía compartir esa obsesión que solo prende en los actores.
Habían seguido una ruta circular que terminaba junto a las ruinas de una mansión quemada, apenas los cimientos y algunas paredes de ladrillo, pero en lugar de volver continuaron por un sendero hasta otro camino.
Desde allí el océano aparecía de repente: una ondulante inmensidad azul que se extendía hasta la curva del horizonte.
Debía estar casi a dos kilómetros, pero nunca le había parecido tan cercano.
Estaba tan entusiasmado que se había adelantado, y al darse cuenta se giró y saludó con la mano a Emily, que le devolvió el saludo con un movimiento sinuoso, el pelo alborotado por el viento y los ojos verdes chispeantes.
Lo que había interpretado como su última escena no había sido la definitiva.
La separación no iba a ser fácil después de veinte años; Emily no podía marcharse sin más, tenía que volver a por sus cosas.
Se estaba quedando con una amiga en Brooklyn, y cada pocos días Leonard notaba algo distinto en el aire al volver a casa, y luego descubría que se había llevado más libros, ropa o cacharros de cocina.
Adivinar lo que faltaba era casi como un juego.
Unas semanas después de marcharse apareció acompañada por su amiga de Brooklyn.
Sus abrigos estaban cubiertos de nieve y desprendían un aroma invernal, y su amiga no pudo disimular su azoramiento al verle.
Leonard se preguntó si Emily habría ido siempre con Tara o si su presencia señalaba una nueva fase de la separación: la de llevarse las cosas voluminosas con ayuda de otra persona.
Tara cargó con un cuadro enmarcado que debía estar en el fondo del armario ropero, un círculo de elefantes con los colores del arco iris que iba a ser para el cuarto de los niños.
Casi lo había olvidado, y al verlo se le hizo un nudo en la garganta.
«Ya sabes que yo no quiero esto», le dijo Emily cuando se quedaron a solas, y no entendió si «esto» significaba la vida de antes o lo que estaba sucediendo, pero no dijo nada porque en su corazón aún no había empezado el deshielo.
Después de una minuciosa batida final se llevaron el escritorio Heywood-Wakefield de Emily, un modelo abombado con persiana que recordaba al ala de un avión.
Esa sí fue la última escena.
Leonard no podía dormir pensando en Lear y en Emily.
Además era una de esas noches en las que el aire acondicionado burbujeaba con un sonido lastimero, y estuvo dando vueltas durante horas, cubierto por una fina capa de sudor, hasta que le venció el sueño y se quedó profundamente dormido poco antes de amanecer.
Era casi mediodía cuando se sentó con una taza de café y una edición de Lear en folio que iba leyendo mientras tapaba sus frases con un papel para ponerse a prueba.
Todo el mundo creía que tenía una memoria excelente, pero no era así.
Necesitaba recurrir a todos los trucos, desde escribir las cosas varias veces y usar códigos de colores hasta grabar sus frases y escucharlas a todas horas: cuando iba por la calle o en el metro,
y en la cama hasta que se dormía con la esperanza de que se le metieran en la cabeza como las canciones del verano. Y después de eso ensayaba.
Mientras iba de un lado a otro del salón ensayando una vez más, se acordó de cuando era pequeño y repetía las tablas de multiplicar dando vueltas por su cuarto.
Entonces vivían en Chicago, donde su padre hizo un posgrado en Física después del servicio militar obligatorio en Taiwán, antes de su primer y único trabajo en Harvard.
Su padre quería que aprendiese el lenguaje del universo, pero a Leonard nunca le había convencido lo del misterio y la belleza de los números, y no llegó a apreciar las enseñanzas de su padre hasta el primer año en el instituto, cuando representaron ¡Oliver!
y le eligieron para el papel de Noah Claypole.
Como en teoría se le daba bien aprender las cosas de memoria, decidió aprovechar ese talento para el único arte donde importaba, y a sus doce años le pareció deliciosamente subversivo.
Esa noche, la tercera de Lear, cuando ya estaba maquillado y caracterizado con la peluca y la barba de anciano, la directora de escena entró en el camerino.
Rebecca —él la llamaba Bex—llevaba vaqueros con una chaqueta negra y su cabello oscuro y rizado, con una punta en la frente que le daba un aire vampírico.
—Mira. ¿Qué tal si probamos una de estas hoy? —le dijo alargando la mano; llevaba una cosa de color carne que parecía la yema de un dedo.
—No.
—Solo por si acaso.
—Me niego a usar un auricular —le contestó, y se marchó irritado.
Durante la función comprobó que su negativa estaba justificada.
Se sentía seguro, las palabras le salían sin pensar.
Solo le inquietaba un poco no saber si estaba Emily.
Los primeros años dejaban encendidas las luces de la sala durante la representación, como se hacía antiguamente, pero la mayoría de los actores se ponían nerviosos viendo las caras del público y decidieron apagarlas.
Esa noche se arrepentía de haber cedido.
Seguía pensando en Emily mientras desafiaba a la tormenta, pero cuando dijo «Mi razón comienza a extraviarse» pensaba en sí mismo. Estuvo impecable.
—¿Lo ves? Ni un fallo —le dijo después a Bex.
Cuando ya se iba, apareció Sophie con el pelo recogido en un moño flojo, vaqueros y camiseta.
—¿Qué pasa con esa copa?
Sophie también podría haber sido su hija de otra manera, porque era medio china; esta mezcla le aportaba a su cara una mezcla de rasgos difícil de identificar.
Últimamente los actores de la compañía eran de tantos sitios —lusojaponeses, malayoirlandeses, indoportorriqueños—, que ser chino casi le parecía anticuado.
—Ya, pues no sé.
—Soy nueva en la ciudad. ¿Ya no te acuerdas de qué se siente?
Claro que se acordaba, y demasiado bien. Por eso le dio pena, estuvo a punto de ceder, pero entonces pasó Ryan Gushiken; le temblaba un músculo de la barbilla, y Leonard se quedó cortado, como si le hubiera pillado con las manos en la masa.