Solo un juego más (Car Hockey 1) 23. Cannon
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23. Cannon

Cannon

Embestir contra la valla: se sancionará cuando se frene o empuje a un contrario indefenso de tal manera que impacte contra la valla de manera violenta o peligrosa.

—¿Alguno de vosotros se ha liado con Chloe Donnelly? —escucho a Jon preguntar en el vestuario. Me quedo apoyada en el umbral, sin que me vean—. ¿Ninguno? —continúa—. ¿Seguro?

—Más os vale. Porque ruedan cabezas —añade Elliot.

Las cosas entre Elliot y yo están más raras que nunca desde Navidad, pero sonrío sin poder evitarlo y me alejo de los vestuarios camino a la pista, donde choco con Benji.

—Buenos días —me dice con una sonrisa de anuncio. Está guapísimo recién levantado. Qué asco de chico.

—No intentes camelarme, Schmidheiny, no pienso aflojar en el entrenamiento.

—¿Y vas a dejar de estar rara conmigo?

Lo empotro contra la pared más cercana y le meto la lengua hasta la campanilla. Benji gime y me agarra de la cintura para profundizar el beso. Nos enrollamos como posesos (a la mierda con eso de alejarme un poco de él) hasta que escuchamos un carraspeo y nos separamos al instante.

Es Jon, que nos mira sin dejar de negar.

—¿En el lugar de trabajo? ¿En serio? No me lo esperaba de ti, Cani.

—Cállate —le digo y me largo lo más rápido que puedo.

Noto un retortijón en el estómago; algo ha debido de sentarme mal.

Cannon: Tenemos que dejar de alimentarnos a base de pizza.

Me duele la tripa.

Blake: Seguro que es por el queso.

Esta noche la pedimos sin extra.

27 de diciembre. Día libre

Llevo meses yendo a patinar por las noches a la pista de entrenamiento (cuando no estoy en una cama o contra una pared con Ben), pero hoy los de mantenimiento están trabajando en ella, así que me veo obligada a venir a la pista donde se celebran los partidos.

Me detengo a la entrada del banquillo al escuchar unas voces. ¿Hay alguien más aquí?

Me acerco unos pasos y me asomo. Abro mucho los ojos. No me lo puedo creer.

Son Elliot y Julián. Y están jugando al hockey. Un uno contra uno, en pantalones de chándal y camiseta de manga corta por encima de otra de manga larga, en el caso de Julián.

Me quedo observándolos. Hacía más de diez años que no lo veía jugar.

Hacía más de diez años que no lo veía patinar.

Es como si no hubiera pasado el tiempo, como si estuviéramos en Avenida de América y él fuera el de antaño.

Un chaval loco por el hockey, con un pelo de recién follado que era la envidia de la pista.

Julián tiene una manera única de moverse en el hielo. Segura. Elegante. Brutal. E invisible en los entrenamientos.

—¡Voy, voy, voy! —grita Elliot, y se acerca a la portería a toda velocidad, moviendo el puck a izquierda y derecha.

Julián intenta detenerlo patinando hacia atrás y Elliot lanza a portería, pero Julián lo frena con el stick.

—¡Nooo! ¿Cómo has parado eso? No estaba a tu alcance.

—Lo has intentado, pequeño saltamontes. Y mira esto.

Julián vuela hacia la portería contraria con Elliot pisándole los talones, incapaz de adelantarlo. Lanza el puck.

—Goool —grita, y sube los brazos en señal de victoria.

Elliot masculla un juramento para sus adentros.

—Sigues sin ser lo bastante rápido —le dice Julián.

—Soy tu jugador más rápido.

—Pero no eres más rápido que yo.

—¿Te estás chuleando?

Julián comienza a bailar en círculos alrededor de Elliot.

Dios. ¿En serio este es Julián Alcalá? No se parece en nada a él. ¿Y en serio esto son ellos dos juntos? Parece mentira que hayan tenido la bronca del siglo hace apenas veinticuatro horas por la última cagada de Elliot en la pista.

Elliot se mosquea y trata de alcanzarlo mientras Julián huye por el hielo, como un niño.

Como el niño que se permite ser aquí y ahora.

Solo aquí y ahora. O como el niño que dejó de ser demasiado pronto.

Ambos ríen, libres, y me doy cuenta de que Julián sí es humano. Más humano que cualquiera de nosotros.

Doy media vuelta y me alejo de la pista; me he colado sin permiso en un momento íntimo que solo les pertenece a ellos. Y así quiero que sea.

28 de diciembre. Partido en casa contra los Mastines de Milán

Perdemos tres a cero. En casa. A veces se gana y a veces se pierde. El juego es así. Y no tiene que ver con cómo juguemos. No siempre.

«Vamos, chicos», los animo desde el banquillo.

Cuando nos meten otro gol, tras una entrada superdura a Jon, Elliot rompe su stick con las manos, y como no es suficiente, rompe también el de Ben, a su lado.

Uno de los árbitros se acerca a él y lo arrastra al banquillo.

Elliot se deja llevar a regañadientes y discute con él.

A saber lo que le estará diciendo. Pero el otro lo trata con la condescendencia propia de un padre que lleva a su díscolo hijo a casa para evitar un follón, en plan: «Vaaamos, vamos, hijo, vaaamos. Relájate y te compro un helado».

La relación de Elliot con los árbitros es bastante buena, y eso que siempre anda a la gresca. A veces lo llevan al banquillo de los sancionados y otras lo pasan por alto. Una de cal y otra de arena.

El público comienza a cantar una canción. Una que conozco bien. Forma parte de la banda sonora de la película Annie. Era una de las favoritas de mi madre.

— It’s the hard-knock life for us. It’s the hard-knock life for us. 'Stead of treated. We get tricked. 'Stead of kisses. We get kicked. It’s the hard-knock life.

Miro a Julián y señalo los altavoces.

—No preguntes —me dice.

Vale. Debe de ser otra de las canciones que cantan cuando sucede un hecho puntual en el hielo, como Sweet Caroline.

—¿Con un stick no era suficiente? —le pregunta Julián a Elliot cuando regresa al banquillo—. ¿Sabes lo que cuesta cada uno de ellos?

—Luego te firmo un cheque —responde el otro de mala leche, y se sienta junto a Emilio, que aleja su stick de él. Chico listo.

—Puto carácter de mierda que tiene —masculla Julián—. Le metería el pito por la b…

—No sigas —le dice Patrick, divertido—, lo pillamos.

—Me refería al silbato.

—Claro…

Yo sonrío. No sé por qué, pero sonrío.

31 de diciembre. Día libre

Benji suelta una carcajada en lugar de un gemido.

—Me haces cosquillas —me dice mientras me rodea con sus brazos y me tira encima de él.

Se mueve debajo de mí, frota su cuerpo contra el mío y engancha una pierna alrededor de mis muslos para evitar que me levante. No es que fuera a hacerlo; aún me queda tiempo antes de irme a cenar con mi familia.

Unas horas después, antes de que el reloj de sol marque las doce, me entra un mensaje en el teléfono.

Benji Pooh: Feliz año, Cani Pooh.

Cannon: Feliz año, Benji Pooh.

Senticar

¿Lo del mensaje de Julián hablando de los ojos de Elliot lo he soñado o fue real? Hace 1 hora @Eli.Huescas 36

Real Hace 1 hora @Yesenia.Pedrerol 2

Real Hace 1 hora @Aldrys.Sánchez 3

Real Hace 1 hora @Maríaluisa.Crespo 1

Real Hace 1 hora @Raquel.Bregel 4

Me han salido dos canas. Usad el botón de «me gusta», por favor Hace 1 hora @Víctor.Cañas 9

Más real que los dónuts de la cafetería a principios de mes. ¿Mejor así, Vic? Hace 1 hora @Cristina.Rodríguez 15

Un poco… Hace 1 hora @Víctor.Cañas 18

Realísimo Hace 45 minutos @Dayana.Venzeville 18

Vale, entonces no soy la única que los observa con lupa en cada partido, ¿verdad? Hace 45 minutos @Eli.Huescas 33

Ya contesto yo:

No multiplicado por trescientos, ¿ok? Pensad en mi pelo Hace 45 minutos @Víctor.Cañas 29

9 de enero. Partido fuera de casa contra los Unicornios de Edimburgo

LA FAMILIA UNIDA JAMÁS SERÁ VENCIDA

Sofía: ¡Coincidimos en Edimburgo, Cani!

¿Quedamos?

Cannon: Claro.

Brandon: ¿Cuándo dejarás de viajar?

Sofía: La entrenadora no quiere que me desvincule del equipo hasta que no sea necesario. Y yo tampoco. Echo de menos salir al hielo con las chicas.

Ya me he acostumbrado a ver a los chicos chocar los hombros con Álvaro a través del cristal que separa las gradas del hielo. Incluso sonrío cuando los veo. Es uno de sus muchos rituales, y Álvaro no se pierde un partido si depende de él. Ni aunque juguemos en Edimburgo, como hoy.

Pero hay algo nuevo. O alguien. Una chica. Es alta, tiene el pelo rubio, largo, y una sonrisa de anuncio. Se ha sentado junto a Álvaro después de compartir con él un abrazo enorme.

—Fue una de los nuestros. Una Jaguar —me dice Julián, que no ha dejado de mirarla con nostalgia y cariño—. Cuando comenzamos esta locura y el equipo era mixto. Caylin Aston. La única cuerda de todos nosotros. Los chicos y ella eran inseparables. Aún lo son, aunque los separen no sé cuántos mares.

LA FAMILIA UNIDA JAMÁS SERÁ VENCIDA

Sofía: ¿Adivinad con quién nos hemos encontrado cenando en Edimburgo?

Axel:

Fallon: Qué casualidad, ¿eh, Bran?

Brandon: Ya te digo…

Axel: ¿Qué se supone qué significa eso?

Fallon: Solo calculaba las probabilidades. Bran es buen matemático.

Chloe: Cannon es mejor.

Fallon: Cierto.

Brandon: Ouch. Eso ha dolido.

Fallon: ¿Cuáles eran las probabilidades, Cani?

Cannon: Edimburgo es una ciudad muy pequeña.

Chloe: ¿Os habéis sentado con ellos?

Sofía: Ni locas…

Sofía: Bueno, vale, sí, pero solo para el postre.

Fallon: ¿Cani ha tomado postre?

Brandon: Seguro que sí.

Axel: Aquí hay gatito encerrado.

Axel: ¿Nos lo vais a contar?

Fallon: En algún momento…

Brandon: ¿Y Blake? Qué raro que no diga nada.

Sofía: Estará recreándose con unas fotos que le he mandado…

Papá: Está durmiendo. Mañana tiene partido. Dejad de cuchichear y todos a la cama.

Axel: Sí, papá.

Brandon: Sí, papá.

Fallon: Sí, papá.

Sofía: Sí, papá.

Chloe: Yo quiero una foto de Jon.

10 de enero. Día libre. Entrenamiento

¿Qué tienen el sudor de las camisetas interiores de Benji, su pelo húmedo y sus mejillas encendidas que me ponen a cien? Por no hablar de sus calentamientos en el hielo… Me lo como. Con patatas.

11 de enero. Partido fuera de casa contra los Corzos

de Montpellier

En el descanso entre el primer y el segundo tiempo suena por los altavoces Stand By Me, de Ben E. King.

—Esto es un remember de tu época, Juls.

—Cállate, Elliot.

13 de enero. Partido fuera de casa contra los Mastines de Milán

—¡Elliot, a tu derecha! ¡A tu puta derecha! —grita Julián.