Solo un juego más (Car Hockey 1) 17. Cannon #3
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17. Cannon #3

Benji lleva una sudadera oscura, vaqueros ajustados y zapatillas Converse.

Va guapo, como siempre (las cosas como son).

Jon lleva los vaqueros rotos y Elliot calza botas militares y su característica expresión de «que se joda el mundo» cómodamente anidada en su rostro.

Cazo miraditas furtivas entre él y Julián.

No sé si siguen enfadados o si han hecho las paces tras el partido.

Me cuesta seguirles el ritmo. El resto del equipo está disperso aquí y allá.

Oh, y ha venido Xavier, el X-Men. Me levanta la mano a modo de saludo en cuanto me ve, pero poco más.

Desde la noche de la borrachera lo noto distante. No lo culpo, a saber lo que le dije…

Todos sonríen. Parece mentira que esta mañana hayamos jugado el partido más duro de la temporada hasta el momento.

Julián les mete mucha caña, tanto en los entrenamientos como en los partidos, pero también los mima cuando debe hacerlo.

Y sabe lo que necesitan. Siempre sabe lo que necesitan.

Sabe lo que tiene que darles después de una jornada como la de hoy, en la que se han dejado la piel y han dado lo mejor de ellos.

La verdad es que han jugado un hockey extraordinario. A Julián se lo ve orgulloso. Da gusto.

Por la manera tan familiar en que la gente se acerca a abrazarlos, desordenarles el pelo y darles palmadas en la espalda intuyo que se trata de gente del CAR . Muchísima gente del CAR .

—¡Ja-gu-ars! ¡Ja-gu-ars! —gritan algunos.

—¡Parchís, parchís! —gritan otros, y le dan cariñosos empujones a Ben.

Supongo que guarda relación con lo que se cuece en el Senticar. Eso de que se ha acostado con casi todo el equipo de natación artística… ¿Realidad o exageración? No lo tengo claro. Tampoco me importa.

Me acerco a Julián, que me recibe con una cálida sonrisa.

Varias personas vienen a saludarme y Patrick me ofrece una cerveza.

No soy la persona más extrovertida del mundo, eso ha quedado claro; tengo a mis hermanos y tenía a Elliot y un poco a Benji, así que todo esto me pilla de sorpresa.

No es mi ambiente ideal, pero tampoco me disgusta.

Las cervezas y los cubatas vuelan de un lado a otro.

La camarera no da abasto, así que Benji se mete detrás de la barra y hace gala, una vez más, de sus dotes de barman.

Atiende a grupos de más de diez personas a la vez, lanza botellas y las coge al vuelo, tontea, se saca fotos con Elliot, Jon y Álvaro, ríe y bebe.

Este es su lugar seguro. Igual que la pista de hielo.

Igual que Elliot, Jon y Álvaro. No sé mucho del pasado de Benji (no sé una mierda, en realidad), pero sí sé cuáles son sus lugares seguros: los pocos en los que sonríe de verdad.

También discute con una rubia guapísima que me suena un montón. A ella se la ve enfadada. No dura demasiado.

—No entiendo a las tías —le escucho decir cuando la rubia se va y yo me acerco con Patrick a la barra para pedir otra cerveza.

—Yo ni a las tías ni a los tíos —responde Elliot.

—Ídem —añade Jon.

Elevo los ojos al cielo.

—Rory me ha montado un pollo que flipáis por lo de Cannon.

—¿Por qué de Cannon?

—Resulta que sí la encontró en mi cama el día de la fiesta. Y se marchó enfadada. Cree que lo hice a propósito. Dice que los tríos no funcionan así. Que hay que hablarlo.

—Ahí lleva razón.

—¡Yo no quería un trío!

—Tío, no blasfemes. Y míralo por la parte positiva: ya sabemos qué pasó con Rory. Misterio resuelto.

—Yo seguía esperando a que apareciera en algún rincón de tu habitación.

—Ja-ja.

—Ríe lo que quieras, pero hablo en serio.

—Oh, cállate.

Elevo de nuevo los ojos al cielo.

Un rato después se quedan sin cerveza, y Benji entra en la trastienda a por un barril nuevo. Lo sigo sin saber muy bien por qué. Supongo que para asegurarme de que está bien.

De camino, veo cóm o le meten a Jon la lengua hasta la campanilla en un rincón oscuro.

Benji les grita que se vayan a un hotel y que nada de sexo en su bar, pero los otros dos no le hacen ni caso y siguen concentrados en su tarea de meterse mano.

Paso lo más rápido que puedo, pero Jon, que tiene el instinto de un felino, me siente y abre los ojos.

Me hace un gesto para que me dé prisa, dejándome claro que sabe lo de mi trato con Ben. Fenomenal.

Entro e n la trastienda, cierro la puerta y me recuesto en la pared, de costado y con los brazos cruzados, y observo trabajar a Benji. Cuando alza la mirada y repara en mí…

—Este sitio está reservado para el personal —me dice con mala baba.

Es el rey de la mala baba.

—¿Qué pasa? ¿La rubia te ha puesto de mal humor? —respondo con el mismo tono.

—¿Ahora te haces llamar rubia?

—¿Qué tal la nariz?

—¿Quieres que haga unas flexiones para que lo veas con tus propios ojos?

—Dale.

Benji bufa y se incorpora. Antes de que le dé tiempo a coger el barril nuevo del suelo, me acerco a él y pongo una mano en su cintura, para que se esté quieto. Le levanto la cabeza con la otra mano y le observo la nariz, hinchada.

Ya se le advierte el moratón. Menuda avería. Mañana va a estar mucho peor.

—¿Te duele mucho, Benji Pooh?

—Sí —responde, y hace un mohín.

Intento con todas mis fuerzas no sonreír demasiado.

—Pobrecito —bromeo, y me dispongo a tocarle un poco la moral—. La verdad es que tiene mala pinta, muy mala pinta, no te voy a engañar, pero creo que hay bastantes probabilidades de que sobrevivas.

—Ja-ja.

Recuerdo al Benji de trece años que se escondía en una pista de hielo por las noches y…

quizá no sepa lo que es que lo traten con cariño.

No sé cuál es la historia con sus padres, no sé por qué no están, pero intuyo que es algo feo.

Siento un nudo en el pecho. Un estúpido nudo en el pecho.

Comienzo a masajearle la nariz, con mucho cuidado.

Se lo he visto hacer a mi padre con Blake y Axel decenas de veces.

—Avísame si te hago daño —le pido.

—¿Para que aprietes más? —responde, burlón. Su respiración roza la mía, y advierto lo cerca que tenemos las bocas. Y que su mal humor se ha esfumado.

—Cállate, que me desconcentras.

—¿Te hace falta concentración para masajearme la nariz?

—No subestimes mis caricias. Te están salvando la vida.

—Claro, claro, perdona.

Me acerco más y soplo con cuidado sobre el golpe.

Benji arruga la nariz y aprieta la mandíbula.

Me dan ganas de volver unas horas atrás y partirle la cara al idiota que le hizo esto.

Le doy un beso en la punta y vuelvo a soplar despacio.

Él permanece callado, inmóvil, mirándome desde demasiado cerca.

Su respiración, cálida e intermitente, acaricia mi muñeca.

Debería apartarme ya, pero no lo hago. Entonces noto su erección contra mi muslo.

—¿En serio? —pregunto, divertida.

—Cállate.

—No sabía que las urgencias médicas te ponían cachondo.

—Pues ya lo sabes.

Me pone las manos en las caderas y me empotra contra la pared más cercana con un brillo desafiante en esos preciosos ojos suyos. Estrella sus labios en mi cuello.

«Mierda, sí».

Aprieto los dedos en sus hombros mientras él me marca los dientes en la piel. Jadeo y lo empujo al mismo tiempo. Yo no había venido para esto, pero ya que estamos…

—Como me dejes marca, te la cargas.

Benji saca la lengua y la arrastra por mi cuello y mentón. Yo llevo una de las manos a su entrepierna porque, a ver, esto es un «aquí te pillo, aquí te mato» en toda regla y tenemos que ser rápidos. Que no es que no hayamos sido rápidos en nuestros otros encuentros.

He perdido la cuenta de las veces que me he corrido en el último mes.

Mi cuerpo lo busca. Es como si mientras nos enrollamos creáramos una burbuja donde no somos Cannon y Benji, sino Can y Ben.

Hasta que abre la boca, dice una de sus chorradas y rompe el hechizo.

Pero el orgasmo llega, siempre llega, y empiezo a preguntarme si es por él.

Benji me chupa con fuerza el costado del cuello y yo suelto una risa entrecortada (e involuntaria) en lugar de un gemido.

—¿Tienes cosquillas, Cani?

Ahí está.

—Cállate. No me jodas el orgasmo.

Cuela la mano por debajo de mis pantalones y mi ropa interior y comienza a mover un dedo en círculos. Yo le suelto el botón del vaquero y le bajo la cremallera. Meto la mano, que me cuesta lo mío porque están apretadísimos, y la envuelvo en su erección. Bombeo.

Arriba. Abajo. Arriba. Abajo.

Benji saca el dedo de mi entrepierna, se lo lleva a la boca, lo chupa y vuelve a la carga.

Me lo introduce dentro con una facilidad pasmosa.

Oh, joder. El barullo de fuera ya no suena tan potente.

Los latidos de mi corazón y las fuertes respiraciones de Benji se lo han tragado.

Espero que Jon se haya largado a enrollarse a otra parte o que las paredes de esta trastienda sean lo bastante potentes como para que no nos oigan.

Nuestros movimientos son hambrientos y acaparadores, como si quisiéramos tomarlo todo y no dar nada a cambio, pero no se puede decir que no seamos apasionados.

Me lo comería entero, solo para que se callara.

Me comería su sonrisa para no verla. Llevo un mes teniendo el mejor sexo de mi vida y no hemos pasado de lo oral y los tocamientos.

Benji es sexy. Es muy sexy, joder. Tiene un cuerpo de escándalo.

Huele bien. Sabe bien. Es intoxicante, pero de la mejor de las maneras.

No importa que discutamos en la pista o que nos gritemos, mi cuerpo viene al suyo.

Me he enganchado a sus orgasmos. Hay algo poderoso en que alguien que ni te cae bien haga que te corras.

Y viceversa. Es muy fácil correrse con alguien a quien amas, supongo, pero ¿con alguien a quien apenas toleras?

Fallon y Brandon dicen que esto va a acabar mal.

Fallon y Brandon no lo saben todo, aunque ellos se empeñen en lo contrario.