17. Cannon
Cannon
Un jugador que esté sangrando o que tenga sangre visible en su uniforme o cuerpo deberá retirarse del hielo. No podrá volver a jugar hasta que se haya detenido el sangrado y cambiado de ropa.
Adicciones. Dónde encontrarlas y cómo reconocerlas. Podría ser la historia de mi vida.
A los cuatro años adquirí una severa adicción al hockey. No fue culpa mía: me he criado en una pista de hielo y resultamos ser tan afines como el frío y los guantes de lana. Hasta que, un invierno, las circunstancias de otros provocaron que trajinara por la vida con las manos desnudas.
Pensaba que había superado mi adicción. Incluso pensaba que ni siquiera había sido una adicción.
Que el hockey no era para tanto, que es la canción que han cantado siempre Fallon y Brandon.
Pero aquí estoy, inhalando el frío familiar del hielo que impregna el aire, con las manos apretadas en la barandilla, los nudillos blancos y el corazón en la boca mientras me como con los ojos el partido del equipo que llevo más de un mes entrenando.
—¡Venga ya! ¡No puedes estar hablando en serio! —exclama uno de nuestros jugadores desde el banquillo, a mi lado.
—¡Icing! ¡Icing, joder! —grita Julián al mismo tiempo.
Hay muchas formas de juego sucio. Y no solo yo las conozco todas. El equipo de los Coliseos de Roma también lo hace. Y lo están demostrando. Segundo a segundo.
—¡¿Es que acaso no tenéis ojos?! —pregunto a los árbitros y a cualquiera que me quiera escuchar.
Apenas soy consciente de lo que se mueve a mi alrededor con la indignación que acaba de desatarse en mi interior tras una entrada especialmente dura e innecesaria contra Elliot, que yace en el suelo cerca de la portería contraria.
Si los árbitros hubieran pitado el icing y detenido el juego, esto no habría pasado.
Benji patina a todo gas hacia el jugador que ha derribado a su otra mitad, en busca de revancha, pero uno de los árbitros se coloca en medio y salva el momento.
Aprieto los dientes. Qué rápido arbitra cuando quiere. La falta por icing no la ha pitado.
Elliot se levanta enseguida, intacto, y Julián suelta el aire que estaba conteniendo. En realidad, todos lo soltamos.
La lluvia azota la ciudad, pero dentro del estadio impera una tormenta mucho más grande. El partido de hoy está siendo tenso, duro y deshonesto, y no es por nuestra culpa.
En el tiempo que llevo en el equipo, he aprendido que muchos consideran a los Jaguars indignos para jugar en la LEH . Tienen que ganarse su puesto, y aún no lo han hecho. De ahí el juego sucio.
Una vez se reanuda el partido, Benji patina como un rayo con el puck hasta que uno de los defensas del equipo contrario lo golpea contra las vallas.
En un movimiento admirable, coge el puck con el stick y lo desliza hacia arriba por la valla y el cristal por encima de su cabeza mientras dos rivales lo acechan por la espalda en un intento de estrellarlo otra vez.
Lo lanza hacia atrás y Jon lo intercepta.
Lo recoge en su hoja y lo acerca a la portería contraria, pero el mismo defensa que ha golpeado a Benji se interpone en su camino.
Jon escapa de sus garras sin perder el puck y lo arroja del revés hacia la red desde un ángulo imposible.
Me llevo las manos a la cabeza y… Gol. Joder, gol. El primero de la mañana. Y qué bonito.
«Bravo, Jon».
Los goles marcados en este tipo de partidos, difíciles e inmorales, son lo más hermoso del mundo. Los chicos lo celebran en el hielo y nosotros en el banquillo.
—¡Vamos, chicos! —los animan sus compañeros.
Alguien pasa patinando cerca del banquillo, y sé que es Benji a pesar de que mi atención está en la celebración con el resto del equipo.
Soy consciente de todos sus movimientos, incluso cuando no lo miro.
Y no es mi intención que nuestros ojos se encuentren, pero lo hacen.
Después lo barro con la mirada en busca de posibles heridas. No hay nada.
Los Coliseos de Roma están agotados, y se nota en la forma en que patinan sin rumbo después del gol y en su juego aún más sucio, si cabe. Uno de ellos lanza el puck por encima del hielo directo hacia Benji.
Lo veo a cámara lenta.
El impacto es tan fuerte que Ben pierde el casco.
Advierto la sangre desde aquí y noto un aleteo desagradable en el pecho y un hormigueo que se extiende como una maldita corriente eléctrica a través de mi sistema nervioso.
Benji entra al banquillo con la cara empapada de sangre, lágrimas y sudor, lanzando mil y un juramentos. Lanza el stick al suelo y se sienta.
—¡¡¡Joder!!! —grita.
Mientras Julián discute con el otro entrenador, lo cojo de la barbilla y busco el origen de la hemorragia, preocupada. Y me jode la vida preocuparme por él, pero supongo que es humano, ¿no? Yo soy humana y a uno de mis jugadores le han dado un golpe fortísimo.
Vale, es la nariz.
—Inclina la cabeza hacia delante.
Obedece y le aprieto muy suavemente con el pulgar y el índice la fosa nasal sangrante durante unos segundos. Sin dejar de masajearle, miro hacia la pista con la esperanza de que piten falta. Pero no.
Elliot pasa cerca del banquillo con cara de querer cargarse a alguien; de hecho, va directo a cargarse a alguien, lo sé, pero Julián estira el brazo y consigue alcanzarle la camiseta. Lo obliga a frenar y lo acerca a él.
—Quieto, Elliot. Te quiero aquí quieto.
Elliot, con el pecho que le sube y baja sin control, lo mira con rabia, dolor, y aprieta los dientes de pura frustración, pero obedece.
Jon también se acerca al banquillo, por órdenes de Julián, y solo es necesaria una mirada de su entrenador para que agache la cabeza.
Aun así, la indignación que lo embarga por la injusticia de los árbitros no puede ocultarla.
Se reanuda el juego y la hemorragia de Benji no se detiene. Dejo de masajearlo y le cedo espacio a Javi, que comienza a atenderlo.
—¿Sientes algo? ¿Crees que está rota?
—No siento nada —responde, con la respiración jadeante y sin apartar la mirada de la pista.
Esos jadeos suyos yo ya me los conozco. Al igual que sus estadísticas, su ropa interior y la expresión placentera de su cara cuando se corre.
—Estás entumecido —le dice Javier mientras lo limpia y tapona la herida—. No creo que esté rota. Por suerte, el casco ha frenado el golpe.
En el hielo, Jon recibe un golpe brutal en el hombro derecho.
Un golpe ilegal que los árbitros tampoco pitan.
Contengo el aire. Julián lo llama, preocupado (Jon sufrió una lesión en ese mismo hombro hace unos años), pero él nos levanta el pulgar para que sepamos que está bien.
Eso sí, no hay ser viviente que frene a Elliot esta vez.
Se enfrenta al rival y a dos árbitros al mismo tiempo y consigue que lo lleven al banquillo de sancionados durante dos minutos.
Julián escupe mil juramentos. Estamos en inferioridad numérica.
Benji se pone el casco y se levanta, pero lo detengo, sujetándolo del brazo.
—¿A dónde crees que vas?
—¿A jugar? —responde cabreado.
—Ni hablar. Estás sangrando por la nariz. No puedes salir.
Benji mira hacia la barandilla, donde está Julián, en busca de ayuda, en busca de un cambio de jugador, pero este tiene la mirada enfocada en el partido.
Apenas respira, así que estoy al mando en lo que a Benji respecta.
Y de momento no puede salir al hielo. No con esa herida aún en sangre viva.
Va contra las normas y es peligroso, y no me importa tener la bronca de nuestra vida.
Pelear con Benji forma parte de mi habitualidad; como lavarme los dientes.
—Haz cinco flexiones —ordeno.
—¿Qué?
—¿Te has dado un golpe en la nariz o en el oído? Haz cinco flexiones. Aquí mismo. Vamos.
Me mira indignado.
—¿Se te ha ido la olla, Cannon?
—El tiempo es oro, Schmidheiny, y no tenemos todo el día. ¿Quieres salir al hielo? Haz cinco flexiones. Ahora.
Se quita el casco y se coloca en posición de plancha, con las manos apoyadas en el suelo a la altura de los hombros y los pies juntos.
Baja el cuerpo hacia el suelo y flexiona los codos.
Se detiene justo antes de que el pecho toque el suelo y empuja con las manos para volver a la posición inicial.
El obturador que le tapa la herida cae en la tercera flexión.
La nariz comienza a sangrarle en la cuarta.
Ya sabía yo que no necesitaba más de cinco.
Me agacho y retiro parte de la sangre con el dedo. Se la muestro.
—Parece que sí estás sangrando. Te quedas en el banquillo.
—Gracias, Cannon —responde cabreado cuando se levanta.
—De nada. —Y juro que estoy a punto de darle la espalda y mandarle a la mierda, pero no puedo—. ¿Sabes una cosa? No estoy aquí para hacerte la vida imposible.
—Ah, ¿no?
—No. Estoy aquí para sacar lo mejor de ti. Para hacer de ti un jugador digno de participar en la LEH y de ganar la copa Titlis. Estoy aquí para que esos jugadores —señalo al hielo sin mirarlo— te respeten.
Benji se sienta en el banquillo y me ignora. Sus compañeros le tocan el pelo y aprietan los hombros en señal de apoyo. Lo adoran. Es uno de sus pilares. Lo supe casi desde el principio.
Elliot sale del banquillo de castigo y…
—Elliot. ¡Elliot! —grita Julián, intuyendo sus intenciones. … va directo de nuevo hacia el jugador que ha lanzado el puck contra Benji y golpeado el hombro malo de Jon. Le propina un empujón, lo tira al suelo y se le sube encima. Me llevo los dedos a los lagrimales.
Cuando los árbitros consiguen levantarlo, lo mandan de nuevo al banquillo de sancionados. Diez minutos. Bien. Otra vez estamos en inferioridad numérica. Pero la verdad es que no se nota. Nuestros defensas lo están dando todo hoy. Los Coliseos apenas se acercan a la portería.
—¡Precioso movimiento, chicos! —grita Benji en un par de ocasiones, animándolos.
—Muy bien, Elliot, muy bien —le dice Julián cabreado en cuanto cumple el castigo y regresa a nuestro banquillo.