Solo se vive una vez Capítulo 30
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Capítulo 30

Con Jack ausente, las veinticuatro horas parecían estirarse muchísimo más; los días y las noches se alargaban sin el refugio de su compañía, de su sonrisa, de su amor.

Me iba pronto a la cama con la intención de acortar aquellas jornadas interminables, pero lo único que lograba era alargar las noches.

Miré al perro, ya acurrucado en su cama de arriba, roncando plácidamente, ajeno por completo a que él era lo único que me impedía caer de nuevo en el pozo más hondo de tristeza, desesperación y soledad en el que había vivido tiempo atrás.

El verano dio paso al otoño y, aunque sacaba a Clive cada día a su paseo, era incapaz de apreciar el cambio de estación, las hojas doradas y cobrizas que caían revoloteando y se amontonaban a nuestro paso.

Finalmente, Clive había dejado de buscar a Jack cada vez que entrábamos en casa, pero se había vuelto mucho más pegajoso conmigo desde que él se marchó, como si temiese que yo también desapareciera.

Si mi corazón no hubiera estado ya hecho trizas, el simple hecho de saber que había herido a aquel animal inocente y maravilloso lo habría destrozado de nuevo.

Lo único que podía hacer era asegurarle que yo no me iba a ninguna parte, igual que Jack había intentado asegurármelo a mí.

Clive me miraba con esos ojos grandes y llenos de alma y apoyaba la cabeza en cualquier parte de mi cuerpo con un suspiro profundo.

No sabía si entendía algo, pero esperaba que, al menos, captase la idea.

Félix y Poppy habían intentado ayudar, pero tanto ellos como yo sabíamos que no había nada que decir. Yo había tomado una decisión y tenía que vivir con ella. Una vez, incapaz de contenerme, les pregunté cómo estaba Jack. Poppy se había puesto seria de un modo inusual y negó con la cabeza.

—No muy bien. Está trabajando todas las horas del día. Ni los niños ni yo lo hemos visto casi nada.

—Lo siento muchísimo por poneros en medio de todo esto. Nunca fue mi intención.

Ella posó una mano en mi brazo.

—Lo sabemos, y estoy segura de que Jack volverá cuando pueda. Adora demasiado a sus ahijados como para mantenerse alejado mucho tiempo, pero creo que necesita tener la cabeza en su sitio primero.

Creía haberme protegido del dolor, pero la agonía de perder a Jack, incluso por voluntad propia, seguía siendo tan cruda como el primer día.

Lo había herido profundamente, pero también había hecho daño a mi familia y hasta a mi perro.

Dicen que el tiempo lo cura todo. Yo no lo tenía tan claro, pero solo podía esperar que, en este caso, fuese verdad.

—¿Sigues viniendo a la boda, no? —Félix devoraba un trozo de bizcocho Victoria que acababa de poner en un plato.

—¿Qué boda?

—La de William. Confirmaste asistencia hace meses. No puedes cancelar ahora.

William era uno de los chicos del pueblo que habían prosperado.

Había ascendido en el mundo del Derecho hasta convertirse en un abogado de prestigio en Londres y ahora se casaba en la iglesia del pueblo con una chica con la que había ido al colegio.

Habían salido juntos de adolescentes, luego habían tomado caminos distintos y pasado por varias parejas en la edad adulta.

Un encuentro fortuito los había vuelto a juntar, y ahora querían celebrar su amor donde todo empezó.

El pueblo entero estaba invitado, y sabía que eso incluía a Jack.

—Ni lo pienses ni lo digas —habló Félix con una dureza inusual.

—¿Qué?

—La excusa que estabas a punto de soltar para no venir. Faith y William están encantados con que vengas, y les dolería que faltaras.

—No voy a dejar de venir sin avisar. Obviamente les escribiría.

—¿Y crees que eso lo arreglaría?

—Félix… —dijo Poppy, suave pero con un tono que advertía.

—¿Qué? Pensé que lo había superado.

—¿Superado el qué? —pregunté.

—¡Todo este rollo de ser una maldita ermitaña!

—¡No lo hago por gusto!

—¡Claro que sí! Al principio todos lo entendimos, por supuesto que sí.

Viviste algo horrible, pero te negaste a pedir ayuda y preferiste encerrarte, perderte eventos, momentos importantes en la vida de los niños, en nuestras vidas, en la tuya…

—Negó con la cabeza—. ¿Y ahora esto con Jack?

Estabas feliz, Lily. ¿Por qué demonios ibas a tirarlo todo por la borda?

Él te hacía tanto bien. Te sacó de este maldito mausoleo.

—¡Mi casa no es un mausoleo! —Curiosamente, me ofendió más eso que lo demás, quizá porque sabía que lo demás era cierto.

—Vale, de acuerdo. Pero sigues encerrándote como si lo fuese. Empezaste a salir, Lily. ¡Fuiste hasta a un estreno, por Dios! Y sobreviviste. Incluso diría que lo disfrutaste. Empezaste a tener vida de nuevo, Lily. Y eras feliz.

—Soy feliz.

Mi hermano se pasó las manos por la cara.

—No. No lo eres. Eres todo lo contrario. ¡Y todo es por tu culpa!

Sentí las lágrimas derramarse.

—¿Has terminado?

Empujó el plato.

—Sí. He terminado.

Se levantó, acarició la cabeza de Clive y salió sin despedirse. Di un respingo al oír la puerta principal cerrarse de un portazo.

Poppy y yo permanecimos sentadas en silencio. Mi hermano y yo habíamos discutido, pero nunca así. Y jamás se había marchado sin decir adiós.

—Será mejor que me vaya —dijo ella, con los ojos llenos de lágrimas.

—Lo siento mucho, Poppy. Nunca quise hacer daño.

—Lo sé, Lils. A él solo le entristece pensar en todo lo que te has perdido, y estaba tan feliz cuando empezaste a…

—abrió las manos— vivir otra vez. Le cuesta verte tan infeliz y que vuelvas a encerrarte.

Está preocupado y triste por ti, y por desgracia se le ha escapado en forma de enfado, porque está frustrado.

Me abrazó, luego se inclinó para besar a Clive en la cabeza.

—Félix tiene razón sobre la boda —añadió desde la puerta—. Es este fin de semana. Demasiado tarde para cancelar. Y están deseando verte. Erais tan buenos amigos de pequeños… Sería descortés ahora que has dicho que sí.

Me dio un beso rápido en la mejilla y salió hacia el coche donde Félix la esperaba. Ninguno se volvió. Nunca me había sentido tan sola.

Oí unas uñas sobre el suelo.

—Vamos, chico, salgamos a andar.

Era lo último que me apetecía, pero había hecho daño a gente que quería y ahora mismo Clive era lo único bueno que tenía, y él pedía tan poco.

El amanecer dorado se derritió en un cielo azul cerúleo, con una temperatura suave para esa época. No había sabido nada de Félix desde la discusión, y de Poppy solo había recibido un mensaje, un «espero que estés bien» seguido de un emoticono de abrazo.

Ya sabía que, pese a mis intentos de engañarme durante meses, no estaba bien.

No lo había estado desde el día que le dije a Jack que aquello no podía funcionar.

Había hecho daño a gente que me había apoyado cuando más lo necesitaba.

Félix tenía razón: debería haber buscado ayuda y me negué, creyendo que encerrarme me protegería del dolor.

Al final, no solo no me protegió, sino que lo esparcí a mi alrededor, a gente buena que me quería. No sé si podré perdonarme nunca.

Aparqué en el colegio y subí caminando al pueblo. Con las botas habría ido desde casa, pero la iglesia quedaba demasiado lejos para ir en tacones.

Al acercarme, vi a toda la gente congregada y me pregunté si caberíamos todos.

Había susurros, pero también sonrisas y saludos.

Mantuve la cabeza alta. Podría haber llamado a Félix, disculparme e ir juntos, pero necesitaba hacer esto sola, para demostrar —a él y a mí— que podía.

Jack tenía razón: llevaba demasiado tiempo viviendo en las sombras.

Era hora de salir a la luz, por aterradora que fuese.

—¡Tía Lily!

Ruby vino corriendo y se lanzó a mis brazos. Me agaché para recogerla.

—¡No sabía que venías! ¡Te echo de menos!

Me plantó un beso enorme y tuve que contener las lágrimas. Había tardado más de dos horas en intentar replicar el maquillaje que Jemima me enseñó. Menos mal que la máscara era a prueba de agua. Abracé a Ruby y pasó las piernas alrededor de mi cintura mientras me acercaba al resto de la familia.

Freddy también vino y me agaché para besarlo, aunque él se apartó, avergonzado al ver a dos compañeros del cole. Aun así, agarró mi mano con fuerza mientras entrábamos por el arco.

—Estás guapísima —dijo Poppy, besándome la mejilla con una mirada llena de significado.

—Gracias. Tú también. Me encanta el sombrero.

Me giré hacia mi hermano.

—Hola.

Félix me envolvió en un abrazo enorme, incluyendo a su hija, cuyos brazos se aferraron a mi cuello.

—Lo siento —susurró.

—No tienes nada que lamentar. Soy yo quien debería disculparse.

Él me hizo callar con un beso en la sien.

Luego caminó conmigo un momento, mientras Poppy iniciaba su táctica de distracción con chuches para Ruby y Freddy, así él y yo podíamos estar solos.

—No debería haberte hablado así. Lo siento. Quería pedirte perdón antes, pero Poppy pensó que era mejor dejar que nos calmáramos.

—Por eso tengo a la mejor cuñada y tú a la mejor mujer.

—Cierto.

Hubo un breve silencio cómodo antes de que yo añadiera, al ver que nadie podía escucharnos:

—Nunca quise hacer daño. A nadie, pero sobre todo a ti.

—Lo sé —dijo él—. Pasaste por algo terrible y lo afrontaste como pudiste. No tenía derecho a explotar así.

—Quizá sí —dije—. Llevo meses pensando y lo del otro día solo confirmó lo que ya sabía: me he perdido demasiadas cosas y no quiero seguir perdiéndomelas.

Él mantuvo una expresión serena, pero me abrazó con la fuerza suficiente para comunicarme todo lo que quería.

Observamos hacia donde estaban su mujer y sus hijos, y en esa telepatía silenciosa que comparten las parejas de años, Poppy permitió que los niños volvieran a acercarse.

Ruby volvió a mi regazo al ver que podía, y Freddy tomó la pierna de su padre.

—¡Tío Jack! —exclamó Ruby sobre mi hombro, agitándose de emoción.

Un escalofrío me recorrió. Nos giramos. Jack avanzaba por el camino hacia nosotros. No venía solo.

—Hola, garbancito —dijo, recogiéndola de mis brazos. Nuestras manos se rozaron en el traspaso. Me quedé sin aliento, como si hubiera tocado una cerca electrizada. Él no me miró.

La mujer que iba con él —alta, elegantísima— retiró su mano del brazo de Jack para que pudiera sostener a Ruby con comodidad. Llevaba un bolso de mano de Chanel y en su anular brillaba una roca descomunal, un diamante solitario.

—¡Hace aaaaños que no te vemos! —dijo Ruby. Sin duda, rompería corazones con esa mirada cuando creciera.

—Lo sé, cariño. Lo siento. Intentaré hacerlo mejor.

—¿Lo prometes? —dijo, jugueteando con el botón de su camisa.

—Lo prometo. —Entrelazaron los meñiques y él la abrazó con fuerza.

—Qué tierno —comentó la desconocida—. Jack ha olvidado sus modales, así que me presentaré yo.

Sonrió.

—Cecily Fullington-Beck. Debéis ser Félix y Poppy. He oído tanto sobre vosotros; finalmente puedo conoceros. Y tú eres…

Se agachó hacia Freddy.

—Freddy. —Le dio un apretón de manos.

—Nombre excelente. Y estás guapísimo con ese traje.

—Gracias —dijo, soltando el apretón para volver a sujetar mi mano.

Finalmente se volvió hacia mí.

—Y tú debes de ser Lily.

—Sí —dije, dándole la mano.

—Encantada de poner caras a los nombres —dijo.

Mi mirada se cruzó por accidente con la de Jack. La apartó enseguida.

—Disculpadme un momento; hay algo que debo hacer —murmuré, dejé la mano de Freddy y me alejé hacia el viejo cementerio de detrás de la iglesia. Me dejé caer en un banco.

La calma del paisaje contrastaba con los gritos desaforados que daba mi mente.

Me habían amado dos veces en la vida; tuve la suerte de ser amada por un hombre.

Años más tarde, tuve una nueva oportunidad de amar, pero en lugar de agradecerla, la había tirado por miedo.

Había empujado al hombre que amaba directamente a los brazos de lady Cecily.

Jack tenía razón: hay más de una forma de perder a alguien, y esta vez yo había colaborado.

Con el corazón hecho trizas, marqué un número.

Tal vez esto fuese lo mejor para Jack. Aquella era la mujer que su familia siempre quiso para él. Quizá su matrimonio reparase la brecha con sus padres. Jack merecía ser feliz.

—Está perfectamente, querida —rio la señora Dorsey antes incluso de que yo dijera nada—. Clive y yo hablamos al irte. Le dije que volverías y ahora está tan feliz, jugando con sus amigos por el jardín.

—Gracias, señora Dorsey.

—Ay, nada de señora Dorsey. Llámame Pearl. ¿Has visto ya a la novia?

—Aún no. Entraremos en breve.

—¿Me harías unas fotos? Me encanta cuidar de los perritos, pero también es bonito ver una boda.

—Claro que sí.

A juzgar por el pedrusco que llevaba Cecily, Pearl quizá tendría pronto otra boda que ver.

—Gracias. Nos vemos mañana.

Como no sabía a qué hora terminaría todo, había acordado recoger a Clive por la mañana.

—¡Que te diviertas!

Colgué y me quedé mirando las tumbas cuidadas.

—Ahí estás. Nos preguntábamos dónde te habías metido.

Poppy se sentó a mi lado.

—No me he ido a casa, tranquila.

—No lo pensábamos. ¿Estás bien? —Puso su mano sobre la mía.

Podría haber disimulado, pero era evidente por qué lo preguntaba.

—¿Lo sabías?

—No. Pero no lo hemos visto casi desde vuestra ruptura. La verdad… me sorprende. Estaba devastado.

—Se conocen desde hace años. Me habló de ella una vez. Sus padres siempre quisieron que se casaran, pero ella se cansó de esperar a que él lo pidiera y se casó con otro. Quedó viuda hace unos años y las familias volvieron a ilusionarse.

—No puede quererla.

—Debe quererla.

—No como te quiere a ti.

—Quería —corregí—. Yo arruiné eso. Y no se casaría con una mujer a la que no quisiera; no se compromete con aquello en lo que no cree.

—Tienes razón. No entiendo que todo haya sido tan rápido.

—Ya. —Fue todo lo que pude articular.

Mi estómago se retorció. Estaba a punto de presenciar una boda mientras el hombre que amaba planeaba la suya.

Y todo por culpa mía. Pero hoy era el día de William y Faith.

Llevaba demasiado tiempo mirándome solo a mí.

Hoy miraría hacia fuera, vería a la pareja casarse e intentaría divertirme, sin pensar en lo negativo.

Me enfocaría en el amor que los juntó y ahora cerraba el círculo, justo donde debía terminar.

—¿Clive está bien? —intervino Félix—. Supuse que era eso lo que debías hacer —dijo señalando mi móvil.

—¿Y los niños?

—Con Jack y Cecily —le respondió Félix a Poppy antes de echarme una mirada, esperando mi respuesta.

—Sí. Muy contento, al parecer.

—Bien. Venga. A ver si conseguimos que tú también te diviertas.

Poppy y yo pusimos los ojos en blanco.

—Vale, sí, he visto el anillo —cedió él—. A ver si conseguimos que tengas, al menos, un buen rato.

Me levanté, enlacé mis brazos con los suyos y regresamos hacia la iglesia.