Capítulo 25
CAPÍTULO
VEINTICINCO
LEVI
Le doy un día completo. Un día en el que no voy a la cafetería ni le escribo y hago lo posible por respetar su espacio.
El segundo aparezco. Victoria me saluda, los camareros me saludan, los clientes me saludan.
Todo está igual salvo que no lo está. Falta él.
No viene en toda la mañana ni a mediodía ni a media tarde.
Me atrevo a preguntarle a Victoria. Me contesta con evasivas porque no tiene ni idea. Owen no vendrá a trabajar, ni mañana ni pasado. Después de Navidad, quién sabe.
Aun así, espero; horas y horas interminables en las que me dedico a trabajar como un enfermo.
Después, me marcho de allí. La noche está helada.
Mis pies se hunden en el barro. Mi boca suelta volutas de vaho de formas inconexas.
El canto de los pájaros me acompaña cuando atravieso el parque y camino hasta mi casa.
Pienso en nosotros, en la parte de las conversaciones que tenía que ver con libros.
Nuestra pasión por la lectura nos unió, fue un motivo más, algo que sumó y que ahora empieza a restar.
Cada día resta, cada silencio resta, cada espacio, por mucho que él me lo haya pedido, resta.
Y no puedo permitirlo. Pasado mañana es Navidad y no voy a dejar que Owen la pase solo.
Le hice una promesa. Cometí un error, pero le hice una promesa.
Cometí un error, pero resulta que lo quiero.
Cometí un error, y no por ello ha dejado de ser mi alma gemela.
Como bien le dijo Imre a Oswald —su amigo, su hermano, su amante— en Imre: una memoria íntima : «He encontrado la amistad que es amor, el amor que es amistad», y, joder, me niego a creer que lo he perdido.