Solo amigos CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

CARLEY

La cara de Bir es un poema, y eso que tengo un buen registro de todas sus expresiones.

—Te juro que es el mejor crossover de la historia —afirmo con rotundidad mientras caminamos hacia las cabañas. La jefa superior del campamento, Marisa, me ha pedido que le enseñe las cabañas en las que dormiremos.

Lo bueno de La Colina, la ubicación más exclusiva de Nojin, es que no solo ves el mar, sino que también te puedes introducir en un precioso bosque con lago.

Este sitio debería estar registrado en todas las revistas de lugares preciosos.

Aunque, por otro lado, el turismo que ha llegado desde que se crearon las universidades ya es agobiante.

Quizá es mejor dejar este tesoro terrenal solo para nosotros.

Las cabañas de madera están en dicho bosque, que solo es traspasado por el circuito del DRS en uno de los puntos. Es algo así como meterte en una película ñoña de estas que ves en fin de semana.

—¿Qué no esperabas?

—¡Que aparecieras aquí! —Incluso me hace ilusión. Bir es bueno con los juegos de motivación, podemos hacer buen equipo. El único problema es que no parece feliz como yo—. ¿Estás bien?

Mira hacia atrás, comprobando que no nos está siguiendo nadie. Los niños aún no han acampado, los compañeros están llegando a cuentagotas, así que en efecto estamos a solas.

—No, joder, Carley. ¿Cómo voy a estar bien?

Reviso su cuerpo, sus manos, y no parece que haya indicativos de que le haya sucedido algo como para no estar bien.

—¿Y eso por qué?

—¡Parece que me han metido en la cárcel! ¿Qué es eso de las normas y de toda la mierda que acaba de soltar esa mujer? Tenía previsto escaparme en cuanto fuera posible.

—¿Escaparte a dónde?

—Michael me ha impuesto esto por una fechoría, pero tenía un plan que pasaba por sacar mi encanto, engatusar a los compañeros y que ellos me cubrieran.

Me río sin control.

—¿Sabes la cantidad de trabajo que hay en este lugar? Nadie te va a cubrir, Bir. Además, Michael se pasa todos los días por aquí. Adora este campamento. Tengo la sensación de que desea que cada uno de los niños tenga un buen futuro en la industria, los tiene como sus polluelos.

Lo que acabo de decir le desfigura el rostro, y eso que es difícil porque es tan bello que hasta la mueca más idiota le queda bien.

—¿Todos los días?

Asiento con un tono de guasa. Lo quiero, y es un tío de puta madre, pero a la gente como él, a la que le ha caído todo del cielo, le viene bien un choque con la realidad. Algo así como ponerse en la piel de los demás para que aprecien lo difícil que es la vida para los mundanos.

Llegamos a la cabaña número cuatro, la que le han asignado.

—No te preocupes, encontrarás la forma de adaptarte. Además, tu compañero de cuarto es un tío majísimo, seguro que te suena, se llama Bruno Trabanco.

—¿Es un Trabanco? ¿Hijo de los del restaurante?

Vuelvo a asentir con la cabeza.

—He trabajado como camarera para esa familia y es de lo mejor que hay en el pueblo. Te llevarás bien con él.

Bir vuelve a hacer el gesto de revisar todo a nuestro alrededor. Solo se escucha el sonido de los pájaros en los árboles que nos rodean.

—¿Podemos confiar en él?

Se acerca sigiloso a mí. La diferencia de altura que nos caracteriza se ha recortado debido a que estoy en el primer peldaño de la casita de madera y él sigue en el césped.

Me toma de la cadera con seguridad. Hasta la noche anterior este gesto podía suceder cuando estábamos bromeando, o en alguna fiesta; ahora tiene un matiz diferente.

—¿Para qué?

Odio la sensación de no entender nada, y podrás echarme en cara que yo misma me lo he buscado, no te quito la razón, pero eso no va a cambiar lo que siento en estos instantes.

—Para seguir con nuestro nuevo trato. —Su enorme mano pasa de estar en mi cadera para bajar sigilosamente hacia los pantalones cortos que luciré durante todo el campamento, es parte del uniforme.

Está a punto de besarme cuando caigo en la cuenta de que, como buena mosca que ha olido miel, he estado a punto de caer.

Lo aparto con cariño, o eso intento porque el gesto ha quedado más brusco de lo esperado.

—¡No! O sea, sí, podemos confiar en Bruno. Ese no es el asunto. Necesito este trabajo, Bir, y son muy estrictos con las normas.

—Las normas son una gilipollez. ¿Dos adultos no pueden liarse libremente aunque trabajen en el mismo sitio? Esto no es una comedia romántica.

—Son sus normas, o las tomas o las dejas. A mí tampoco me gustan.

Lo que sí me gusta es el dinero que me va a dar como recompensa y que tanto necesito.

—Podemos liarnos sin que nadie se entere, en los baños. Sin ataduras, como la otra vez, estuvo muy bien, ¿no crees?

La cara de goloso es la peor expresión de Bir. Moja bragas y rompe corazones.

Niego con la cabeza, aunque no muy confiada. Eso le da juego para acercarse a mi boca. Si no llega a ser porque escucho unos pasos acercarse a nosotros, caería en la trampa. Porque esto es una trampa.

—No hay trato, Bired. Necesito el trabajo.

El suspiro de frustración no lo tomo como un gesto de enfado, más bien me causa gracia porque yo también siento la necesidad de besarlo. Solo como amigos, por supuesto, pero es que el tío es irresistible.