CAPÍTULO 9
BIR
Dime que te quieres morir sin decirlo en voz alta. Ese es mi estado emocional actual mientras reviso por enésima vez el circuito que tengo delante.
Aun viviendo en Nojin, Michael pretende que pase aquí las noches durante dos semanas. De no ser así, no estaría cumpliendo el papel de monitor que se me pide.
Está loco, sí.
Mi idea es quedarme dos días, a lo sumo, y después buscar una excusa que me permita dormir en mi casa y venir solo a sufrir durante las horas que él vea oportunas.
Porque, digo yo, que no me hará trabajar como al resto.
No me va a pagar y no me he apuntado a esta mierda.
Sé de formación de niños lo mismo que nada, y mucho menos de niños obsesionados con el deporte.
Puedo darles técnicas de periodismo deportivo, pero poco más.
Los únicos coches que conduzco son los deportivos que me envía mi padre a modo de pago cuando la caga, que es más habitual de lo que parece.
La única forma de cambiar el estado de ánimo de los últimos días es acabar con esto cuanto antes.
No poder hablar con Stefan me está matando, y mi hermana Lucy se ha tenido que ir de viaje de trabajo a Canadá, así que me he quedado sin ayudantes para solucionar este tema.
He pensado que, como seguramente el resto de monitores serán chavalitos que necesiten algo de dinero para el verano, los llevaré a mi terreno y me ayudarán a no tener que trabajar tanto como Michael quiera. Es la táctica perfecta.
Al bajarme del coche escucho que alguien ya está dando indicaciones a un grupo de monitores; me acerco de manera sigilosa.
La clave es no llamar la atención y, en la medida de lo posible, tener información relevante para poder hacerme pasar por el jefe de la manada.
No soy muy dado a ello, me va más el papel de cara dura, pero la situación lo requiere.
El pequeño grupo, como me esperaba, está formado por chavales de entre dieciséis y dieciocho años. Alguno me suena de verlo en la cafetería; cuando llegan nuevos al campus se les nota en la cara.
Uno en concreto, el que me ha hecho la pelota varias veces en las fiestas del Pit, se gira para sonreír a mi paso. Al abrir el círculo que creaba con su cuerpo y con el del resto, aprecio que la voz que habla me suena.
Y no solo es la voz, es la maldita cara que sonríe como si mi presencia fuese el mejor chiste del verano.
No puede ser cierto.
Intento que no lo sea y busco indicativos que me lleven a entender qué está sucediendo.
La camiseta de monitor, roja y negra, evidencia que tengo problemas. Estos solo se afianzan cuando veo una placa que pone «staff».
Uno de los chavales, el único que no se ha girado a mirarme, le hace una pregunta; tiene que ver con la organización de las cabañas.
—No tengo ni idea, yo solo estoy organizando la llegada de los monitores, eso tendrás que hablarlo con Marisa, la jefa.
—¿Tú no eres una de los jefes? —pregunta el chico.
—No, soy una más de vosotros.
—Eso es imposible —murmuro. Pero, claro, me ha salido con un tono de alucine que se ha escuchado más de lo que me gustaría.
Sus ojos caen sobre los míos. Se queda un segundo con la boca abierta y después…
—No me lo puedo creer —dice atónita.
—¿Eres monitora de verano, pequeña Carley?
No me responde, o no lo hace con palabras, porque comienza a entrarle un ataque de risa que obliga a los demás a mirarnos extrañados y a dejarnos solos.
—¿Desde cuándo necesitas pasta? —Ahora es ella quien pregunta.
Su sonrisa es contagiosa. Podría decir que más que cuando no sabía cómo se sentía al tenerla desnuda bajo mi cuerpo. Y eso que creía que no iba a recordar nuestro encuentro nunca más; al parecer, vuelve a mi memoria con pequeños detalles como este. Eso es peligroso, para qué me voy a engañar.
—Estoy aquí por un pequeño malentendido sin importancia, pero no pretendo quedarme las dos semanas.
Su sonrisa se ensancha. Si alguien puede entender mi forma de ser o las bromas que lanzo al aire, esa es ella.
Ambos escuchamos los pasos de una persona acercarse; nos giramos al unísono, todavía con las sonrisas impresas en la cara. Ha sido toda una grata sorpresa saber que tendré una fiel amistad en este infierno. Los días que tenga que estar aquí serán menos duros con Carley.
Eso sí, he apuntado mentalmente preguntarle a Stefan si tienen algún problema económico. Mi mejor amigo puede ayudar sin esfuerzos a su hermana, pero no está de más mantenerme al día. No quiero que se vean en apuros cuando a mí me sobra.
—¿Bired Arwan, verdad? —La susodicha es una mujer, de unos cincuenta años, que parece de la junta directiva.
Este campamento comenzó hace años. Es algo así como una cantera de jóvenes talentos.
Durante el tiempo que dura, no solo pueden conseguir patrocinadores, sino también disfrutar de entrenamientos y formación que de otra manera costaría mucho conseguir.
Este deporte es caro, y si la mejor universidad del país te subvenciona, te facilita la vida.
—Así es. —Obvio hacer una broma porque la mujer no tiene cara de querer hacer buenos amigos.
—Bien, el jefe ha dado la orden de que se te indiquen todas las normas como al resto de trabajadores.
—Michael tiene mucha guasa, yo he venido con un régimen de…
—Sé cómo es Michael y te aseguro que la guasa no entra dentro de su tono. —Me corta de forma seca—. Como te comento, has de saber que durante dos semanas dormirás, comerás y harás vida en una de las cabañas de monitores como el resto de tus compañeros.
—¡No! Eso no es lo que acordé con él.
—Es lo que él ha indicado. Además —mira hacia Carley, que parece que se divierte con mi sufrimiento—, has de saber que están prohibidas las relaciones entre compañeros, entre monitores y alumnos y entre cualquier miembro del staff.
—Pero qué mierda…
—Esto es una formación seria, no se viene a follar y a pasar el tiempo. Tu tablón de trabajo está colgado en tu taquilla. Si llegas cinco minutos tarde, se te añadirá una tarea más que hacer. ¿Alguna duda?
—Creía haber llegado a un trato lógico, no a una pena de prisión.