Capítulo 13
Capítulo Trece
Tengo que llamar a alguien.
El pensamiento me asalta mientras sigo sentada en el escalón de abajo, con el abrigo puesto y las llaves clavándoseme en el muslo.
A Alex no. Todavía no, así no. Pero a alguien.
Alguien que pueda hacer algo, que tenga autoridad para conseguir que un hombre deje de seguir a una mujer en la oscuridad, deje de aparecer donde no lo quieren, deje de pegar la cara a la ventanilla de su coche e intentar abrir la puerta mientras ella tiembla tras el cristal.
La policía. Debería llamar a la policía.
Busco el número de la comisaría local —no el 999, porque ¿qué diría?
, ¿que hay un hombre en una carretera de la que ya me he marchado y que no me ha tocado, no ha roto nada, técnicamente no ha hecho nada salvo caminar, correr y decir mi nombre a través de la puerta cerrada de un coche?
—. No es una emergencia. No es un delito, ¿verdad?
Ni siquiera lo sé. Solo sé que me siguen temblando las manos, que el pulso me martillea detrás de los oídos y que el pasillo parece demasiado estrecho y demasiado oscuro, incluso con la luz encendida.
Encuentro el número que no es de emergencias. Lo miro fijamente. El pulgar me queda suspendido sobre la pantalla.
Llámales. Llámales y explícaselo. Un hombre me está acosando. Me ha seguido desde un pub. Ha corrido detrás de mí en la oscuridad. Ha intentado abrir la puerta de mi coche. No me siento segura ni siquiera en mi propia casa.
Pulso para llamar.
Suena tres veces antes de que alguien responda. Una mujer, tranquila y profesional, con el tono amable de quien contesta al teléfono para ganarse la vida y lo ha oído todo.
—Policía de Avon y Somerset, ¿en qué puedo ayudarla?
—Yo... sí, hola. Quisiera denunciar... No estoy segura de cómo llamarlo. Un hombre me ha seguido esta noche. Desde un pub de Keynsham. Me ha perseguido hasta el coche y ha intentado entrar.
—De acuerdo. ¿Está a salvo ahora?
—Estoy en casa. Las puertas están cerradas con llave.
—Bien. ¿Puede decirme su nombre?
—Kim. Kim Stiller.
—¿Y conoce a la persona que la ha seguido, Kim?
Abro la boca. La cierro. La vuelvo a abrir.
¿Lo conozco? Una pregunta tan sencilla, y la respuesta también debería serlo: sí, se llama Ross Mercer, iba a mi colegio, hace años que no lo veía, y ahora ha aparecido y no me deja en paz.
Eso es todo lo que tendría que decir. Una frase, limpia y clara.
La mujer al teléfono la introduciría en su sistema, alguien haría un seguimiento y se ocuparían de ello.
Pero no acabaría ahí, ¿verdad?
Porque la siguiente pregunta sería: ¿y qué relación tiene usted con esta persona?
Y yo diría: salimos juntos cuando éramos adolescentes.
Y ella diría: ¿la ha amenazado de alguna manera?
Y yo tendría que decir: me envió una foto.
Y ella diría: ¿qué clase de foto? Y entonces tendría que decirlo.
En voz alta. A una desconocida, por una línea grabada.
Una foto mía besándolo. Tomada hace poco. Después de quedar con él para cenar, pasear con él junto al río y dejar que me besara porque durante unas estúpidas horas olvidé quién era y todo lo que tenía que perder.
Y entonces la mujer preguntaría: ¿su marido sabe esto?
—¿Kim? ¿Sigue ahí?
—Sí. Perdón. Yo... sí, lo conozco. Él... es complicado.
—¿Puede darme su nombre?
El silencio del pasillo se me viene encima. La puerta principal es sólida a mi espalda, con la cadena puesta y la cerradura echada. El televisor sigue murmurando en el salón, la nevera zumba en la cocina y la sangre me retumba en los oídos.
Si les doy su nombre, se pondrán en contacto con él.
Hablarán con él. Y Ross les contará todo: la cena, el paseo, el beso.
Les enseñará la foto, y la mirarán y verán a una mujer que fue por voluntad propia, que se inclinó hacia él, que cerró los ojos, y todo pasará de ser una mujer acosada a un lío doméstico en el que una mujer casada se ha metido ella sola.
Y Alex se enterará. No por mí, de la manera que yo elegiría, con el contexto, la disculpa y la esperanza desesperada de que pueda comprenderlo, sino por un agente de policía, una llamada de seguimiento o una carta que aparezca en el felpudo.
—¿Kim?
—Lo siento —digo—. Creo que... Lo siento, me he equivocado. No pasa nada. Estoy bien.
—¿Está segura? Si no se siente a salvo, podemos—
—No. Gracias. Siento haberle hecho perder el tiempo.
Cuelgo.
La mano me cae al regazo. La pantalla del teléfono se ilumina y se apaga.
Y me quedo sentada en el escalón de abajo, en el pasillo, sintiendo cómo las paredes se cierran sobre mí porque acabo de hacer lo que juré que no haría: me he encerrado yo sola.
No puedo decírselo a la policía sin decírselo a Alex.
No puedo decírselo a Alex sin explicar por qué fui a aquella cena, por qué dejé que Ross me besara, por qué he mantenido todo eso encerrado dentro de mí como si fuera algo precioso en vez de algo podrido.
Estoy sola con esto.
El pensamiento me revuelve el estómago. Apoyo las palmas en las rodillas y respiro como me enseñó la matrona hace trece años, cuando Olivia estaba a punto de nacer, el dolor era insoportable y necesitaba algo a lo que aferrarme.
No sirve de nada. Nada sirve de nada. Todo mi cuerpo sigue vibrando con el recuerdo de la cara de Ross en la ventanilla, y cada vez que cierro los ojos veo cómo la manilla sube y baja, sube y baja, ese pequeño clic que significaba que lo único entre él y yo era un botón que había pulsado medio segundo antes de que llegara hasta mí.
¿Y si hubiera sido más lenta?
Me levanto. Me quito el abrigo, lo cuelgo en el perchero junto a la puerta, llevo el bolso a la cocina y pongo la tetera, porque eso es lo que haces, ¿no?
Pones la tetera. Sigues con la rutina. Actúas como alguien que está bien hasta que la actuación se vuelve real, y quizá para entonces sí estás bien, o al menos lo bastante como para que nadie note la diferencia.
Hierve la tetera. Me preparo un té. Rodeo la taza con las dos manos y me quedo de pie ante la encimera, mirando la ventana oscura sobre el fregadero. Mi reflejo me devuelve la mirada —la cara blanca, los ojos muy abiertos, el pelo escapándose de la coleta— y, durante un segundo, no la reconozco.
Oigo el coche antes de ver los faros.
El sonido del motor me resulta familiar —el Audi de Alex, el ronroneo grave que he oído llegar por el camino de entrada mil veces— y luego las luces recorren la pared de la cocina, el motor se apaga y oigo abrirse las puertas y la voz de Olivia, aguda y alegre, diciendo algo que no alcanzo a entender.
Han vuelto a casa.
Dejo la taza. Me aliso el pelo. Me bajo las mangas del jersey hasta las muñecas porque todavía me tiemblan las manos, y compongo una expresión que podría pasar por relajada si nadie se fija demasiado.
La puerta principal se abre. La cadena tintinea al tensarse —he olvidado quitarla— y la voz de Alex se cuela por el hueco, paciente, algo cansada.
—¿Kim? Está puesta la cadena.
—Perdón, perdón, un segundo.
Cruzo el pasillo, quito la cadena, abro la puerta y ahí están. Olivia la primera, pasando a empujones junto a mí con la mochila y el teléfono, oliendo a ambientador de coche y a casa ajena.
—La abuela me ha dado veinte pavos —anuncia, quitándose las zapatillas de deporte de una patada—. Y el abuelo dice que ahora soy más alta que la tía Sarah, lo cual es mentira, obviamente, porque la tía Sarah es gigantesca. Pero no le he corregido por los veinte pavos.
—Lista la niña —digo, y casi sueno normal. Casi.
Alex entra detrás de ella, llevando la bolsa de noche de Olivia y un táper con algo que su madre les ha dado para que se lo llevaran. Deja la bolsa junto a las escaleras, pone el táper sobre la mesita del pasillo y me mira.
—¿Todo bien? —pregunta.
—Bien. Bien. ¿Qué tal tus padres? Creía que volvíais mañana.
—Íbamos a volver, pero a papá le ha vuelto a dar guerra la cadera y estaba gruñón. Mamá ha hecho un bizcocho Victoria para compensar. Lo de siempre. —Se desabrocha la chaqueta—. ¿Qué tal llevas el plazo de entrega?
—Ahí voy —digo, y la mentira sale tan fluida que me asusta—. ¿Una taza de té?
—Venga.
Pasa junto a mí rumbo a la cocina, y me quedo un segundo en el pasillo, viendo cómo Olivia desaparece escaleras arriba con la mochila.
Así es la normalidad. El marido, la hija, la bolsa de noche, el táper, la chaqueta en el perchero.
Esta es la vida que he construido y la vida que estoy a punto de hacer añicos, y ahora mismo, aquí de pie, con la cadena quitada de la puerta y la tetera aún caliente, no sé si la estoy protegiendo o destruyendo al mantener la boca cerrada.
La hora siguiente es una actuación. Una actuación pura y agotadora.
Preparo té y pregunto por Leicester. Escucho a Olivia describir los pedos de la abuela, que huelen a col, al abuelo quedándose dormido delante del fútbol y al chico de la casa de al lado, que dice que es un pesado, pero menciona tres veces.
Asiento en los momentos adecuados y me río cuando imita a la madre de Alex haciendo aspavientos con el bizcocho.
Alex está callado. No es raro —a menudo se queda callado después de trayectos largos, el abogado que lleva dentro necesita media hora para desconectar de todo lo que ha estado rumiando—, pero esta noche su silencio es distinto.
Me observa al otro lado de la mesa de la cocina mientras Olivia habla, y dos veces lo sorprendo mirándome con una expresión que no sé interpretar.
No es desconfianza ni enfado. Es pensativa. Como si estuviera resolviendo algo.
Se me encoge el estómago.
—Bueno —digo a las nueve, levantándome demasiado deprisa y golpeándome la cadera contra el borde de la mesa—. Liv, a la cama.
—Es sábado.
—Son las nueve de un sábado y llevas tres horas en coche. Dientes, cara y cama.
—¿Puedo leer?
—Veinte minutos.
Se va, refunfuñando bajito, sabiendo que ha perdido la discusión pero queriendo dejar constancia de que se opone. Oigo sus pasos en las escaleras, cerrarse la puerta del baño, correr el grifo. Al final se cierra la puerta de su dormitorio.
La casa se aquieta.
Alex está sentado a la mesa de la cocina, con las manos alrededor de la taza y los pulgares apoyados contra la cerámica.
El táper sigue sobre la mesita del pasillo.
La luz del techo es demasiado intensa, lo vuelve todo plano y clínico, y el reloj de la pared, sobre la cocina, suena demasiado alto: tic, tic, tic , marcando el tiempo que se me agota.
Me siento frente a él. Tengo la boca seca. Mantengo las manos en el regazo, apretadas una contra otra, con los dedos fuertemente entrelazados.
—Alex.
Levanta la mirada.
—Creo que tenemos que hablar —digo.
Sus ojos sostienen los míos. No parpadea, no se mueve, no hace nada de lo que esperaba: ni el ceño fruncido de confusión, ni el gesto defensivo de enderezarse, ni el cauteloso «¿sobre qué?
» que me daría margen para encauzar la conversación.
En lugar de eso, deja la taza despacio, apoya las dos manos sobre la mesa y asiente.
—Sí —dice—. Creo que sí.
Cuatro palabras, y parece que el suelo se abre bajo mis pies.
Porque no suena sorprendido.