Capítulo 36
El señor Bosu no tuvo ningún problema para encontrar el barrio.
Aquello fue lo primero que pidió cuando Robinson se puso en contacto con él.
Quería saberlo todo sobre Catherine. Su casa, su familia, su marido, su hijo.
Consiguió una lista de todos los trabajos que había tenido.
Exigió fotos e información sobre su carné de conducir, y detalles que iban desde su lista de la compra hasta su restaurante favorito.
Parte de la información era aburrida. Pero la mayoría le intrigaba.
El hecho de que sus padres nunca se hubieran mudado lo había fascinado de verdad.
Sobre todo porque estaba dispuesto a apostar hasta el último centavo que pronto ganaría a que sus propios padres estaban sentados en la misma casa de siempre, en el mismo sofá de siempre, mirando la misma sala de estar de siempre.
Catherine y él eran tal para cual. No se lo había esperado al principio, cuando se la había llevado al azar de la calle entre un grito ahogado y un montón de libros escolares desparramados por el asfalto.
Lo había comprendido poco a poco, día tras día, mientras seguía dejándola vivir.
Ella era la única persona en el mundo que podía satisfacer sus necesidades de verdad.
Era la única persona en el mundo que conocía su verdadero ser.
El día en que llegó y descubrió que se había ido fue el peor de su vida.
Pero no pasaba nada. Iba a corregir todo eso muy pronto.
El señor Bosu silbaba mientras entraba en el camino de acceso. Seguía silbando al salir del coche.
—Quédate aquí —le dijo a Trampero—. Esta vez voy solo.
Subió los escalones y llamó a la puerta.
Oyó una voz cauta y recelosa al otro lado.
—¿Quién es?
El señor Bosu sonrió. Abrió la identificación que había encontrado entre las cosas de Colleen y la mostró un momento frente a la mirilla, lo suficiente para que diese la impresión de que era una identificación oficial, sin dejar ver la foto.
—Detective Bosu —se presentó—. Me temo, señor Miller, que tengo malas noticias sobre un antiguo caso. Debemos hablar de inmediato.
—¿Se trata de Richard Umbrio? —preguntó Frank Miller.
—Sí, señor.
El padre de Catherine abrió la puerta. Y el señor Bosu entró sin vacilar.
Resultó que Frank Miller no era tonto. El señor Bosu no estaba seguro de qué esperaba encontrarse. Quizá a alguien más pequeño, más encogido, más abatido por el terrible golpe que había sufrido su familia años atrás. Alguien más parecido a su propio padre.
En cambio, Frank Miller era alto, firme y delgado. Activo para su edad, sin duda se enorgullecía de vivir solo. Echó un vistazo a la corpulenta complexión del señor Bosu, a su rostro envejecido y regordete, y se detuvo de inmediato.
—¿No te conozco? —dijo.
Y lo reconoció. Los ojos del anciano se abrieron como platos. Mucho más rápido de lo que el señor Bosu esperaba, Frank Miller echó hacia atrás su brazo derecho y le dio un puñetazo en el ojo.
—Mierda —jadeó el señor Bosu, que se tambaleó hacia atrás.
Intentó cubrirse la cara demasiado tarde. El viejo no se hizo esperar. Se lanzó a por los riñones. Le dio tres o cuatro golpes que sin duda lo harían toser sangre esa noche.
Miller lanzó otro gancho de derecha. Ya era suficiente. El señor Bosu levantó su manaza. Detuvo el golpe de Miller con la palma, cerró los dedos alrededor de la mano del hombre y apretó con fuerza.
La sangre se le fue de la cara a Miller. Y, por primera vez, el miedo apareció en sus ojos.
—Dime dónde está el chico. —Miller no dijo nada—.
Sé que lo tienes. Ella no tenía a dónde ir, por supuesto que te lo ha dejado a ti.
—El señor Bosu empujó la mano de Miller hacia atrás, y le dobló la muñeca hasta que los nudillos del anciano casi tocaron su propio antebrazo.
Miller se le desorbitaron los ojos por el dolor—.
Puedes decírmelo ya o puedes decírmelo más tarde.
Pero voy a conseguir la información. La única pregunta es: ¿cuánto vas a sufrir?
—Que te jodan —espetó Miller.
Y sorprendió a ambos al darle una patada en la rótula. El señor Bosu cayó al suelo. Pasmado, le soltó la mano y Miller corrió hacia la cocina.
El señor Bosu suspiró. Solo le quedaba una cosa por hacer. Sacó el cuchillo.
El señor Bosu entró en la cocina justo cuando Miller metía la mano en el armario de los utensilios.
Tuvo una fracción de segundo de preaviso antes de encontrarse con el cañón de una escopeta en la cara.
No esperó. Saltó hacia delante, con el brazo izquierdo extendido para agarrar el cañón y levantarlo, incluso mientras Miller forcejeaba con el gatillo.
El arma no disparó y el señor Bosu no esperaba que lo hiciera.
Pocas personas dejaban una escopeta cargada en casa, sobre todo con un niño dentro.
El hecho de que Miller hubiera ido a por el arma le reveló algo más al señor Bosu: el armario de los trastos estaba a solo unos centímetros de la puerta trasera.
Miller había tenido tiempo suficiente para salir corriendo y ponerse a salvo, pero había decidido plantar cara.
El niño estaba en algún lugar dentro de la vivienda.
Por eso Miller no había huido. No se atrevía a abandonar a su nieto.
Noble, pensó el señor Bosu mientras le clavaba la hoja dentada en el punto blando debajo de las costillas. Miller emitió un curioso sonido húmedo. No fue un grito. No fue un gemido. Fue casi un suspiro. El de un hombre que sabía lo que iba a ocurrir a continuación.
—Siento lo de su mujer —dijo el señor Bosu—. De no ser por eso, ella habría sido la siguiente.
Tiró del cuchillo hacia un lado y hacia arriba. Al fin y al cabo, no le hizo falta mucho. El hombre se derrumbó, convertido en un caparazón arrugado, sobre el suelo de la cocina. El señor Bosu se acordó de retroceder más rápido esa vez. No quería estropear otro par de zapatos.
Se lavó en el fregadero con una mueca al ver que la sangre aún manchaba la manga de su camisa y las nuevas salpicaduras en sus pantalones. Sin duda, estaba hecho un asco. Enjuagó el cuchillo antes de guardarlo en la funda que llevaba atada a la pantorrilla, y fue a registrar la casa.
Encontró al niño arriba, en una habitación decorada con descoloridas flores rosas y moradas. En cuanto abrió la puerta, el niño susurró con voz esperanzada: —¿Mamá?
El señor Bosu sonrió. La primera vez que lo había visto había sido en el hospital la noche en que fue a buscar al médico. Esa noche lo había llamado «papá». Era agradable saber que el señor Bosu podía ser tan querido.
Entró en la habitación y el niño se sentó en la cama. Durante un momento, se miraron con seriedad. El niño era pequeño, pálido y enfermizo. El señor Bosu era enorme, musculoso y estaba manchado de sangre.
—Bueno —dijo por fin—, ¿te gustaría ver un cachorro?
El niño abrió la mano.
Cuando salían de la casa, sonó el teléfono.
El señor Bosu no tenía que ser adivino para saber quién era. Descolgó.
—Papá —dijo Catherine.
—Catherine —dijo el señor Bosu.
—Dios mío.
—Hola, Cat. Tu hijo te manda saludos.