Sola (D.D. Warren 1) Capítulo 25
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Capítulo 25

—Tengo que informar.

Bobby y Catherine hablaban en voz baja en el salón.

Bobby había cerrado el dormitorio principal.

Luego, tras dar una segunda vuelta por la residencia, había acompañado a Catherine y Nathan de vuelta al interior; los inspectores de la policía de Boston iban a querer interrogarlos en el lugar de los hechos.

Nathan se encontraba sentado en la sala de estar, miraba absorto la televisión mientras los párpados se le cerraban despacio. El niño se quedaría dormido en cuestión de minutos. Mejor para él. Mejor para todos.

—No lo entiendo. ¿Prudence se ha ahorcado?

—Eso parece.

Catherine seguía desconcertada.

—¿Por qué lo haría?

Él dudó.

—Había una nota —explicó por fin—. Afirma que estaba desconsolada por la muerte de Jimmy.

—¡Por favor! A Prudence le importaba un comino Jimmy. Y él, desde luego, no le prestaba ninguna atención. Digamos que no eran el tipo del otro.

—¿Está diciendo que…?

—Prudence era lesbiana —respondió Catherine con impaciencia—. ¿Por qué cree que la contraté? Cualquier otra, sin importar la edad, siempre acababa en la cama de Jimmy, aunque solo fuera por diversión.

Bobby suspiró. Se pasó la mano por el pelo. Volvió a suspirar.

—Mierda.

—Hay más en la nota, ¿verdad?

—Dice que no podía seguir viviendo tras descubrir quién había matado a Jimmy. —Miró a Catherine a los ojos—. La nota la señala a usted.

Ella expresó su opinión al respecto con una sola palabra: —¡James!

—¿Cree que su suegro ha matado a su niñera?

—No en persona, claro, no sea tonto. Pero ha contratado a alguien, o ha contratado a alguien para que contratara a alguien. Así es como siempre actúa.

—¿Está acusando a un juez de asesinato?

—¡Por supuesto que sí! No lo entiende. Esto es perfecto para él. La policía viene, lee la nota y me arresta. Y James aparece justo a tiempo para quedarse con la custodia de Nathan.

Bobby intentó parecer razonable.

—Señora Gagnon…

—¡Catherine! No soy mi suegra.

—Mire, el juez ya ha iniciado acciones legales contra usted. Creo que ambos estamos de acuerdo en que, dado su dinero y sus conexiones, es solo cuestión de tiempo que gane. ¿Por qué arriesgarse con un asesinato?

—Para quedarse con Nathan esta noche.

—Señora Gagnon…

—¡Catherine! No sabe cómo es él. James quiere control total y absoluto.

Del dinero, de Nathan, de mí. ¿Quién cree que le dijo a Jimmy que yo maltrataba a Nathan?

¿Quién cree que sugirió el divorcio? Al juez nunca le he caído bien.

A Maryanne nunca le he caído bien. Y ahora se van a llevar a Nathan, se van a quedar con todo el dinero y yo no tendré nada. Me quedaré completamente sola.

La mirada de Catherine adquirió un brillo inquietante. Solo tuvo un segundo de aviso, y ella cruzó la habitación y se dirigió hacia él a zancadas. Apenas fue un roce, pero, en cuanto su pulgar se posó en la abertura en uve de su camisa, el cuerpo se le tensó y el aire se le congeló en los pulmones.

Ella se agachó y, adrede, le arañó el muslo con las uñas.

—Sé hacer cosas —murmuró—. Cosas que solo has visto en películas porno baratas. Dime la verdad, agente Dodge: ¿no estás cansado de lo mismo de siempre? ¿No te has preguntado siempre cómo sería estar con una mujer con la que ya no tuvieras que fingir?

»¿Quieres rasgarme el jersey y pellizcarme los pezones?

Hazlo. ¿Quieres morderme el cuello, tirarme del pelo?

No me importa. Ni siquiera tienes que llamarme después ni hacerme falsas declaraciones de amor.

Puedes tomarme aquí y ahora, lo haremos como los perros en el suelo, o puedo inclinarme sobre el sofá, o tal vez no quieras follar en absoluto.

Quizá te guste más el sexo oral. Por mí está bien.

O tal vez —su voz ronca cambió, se volvió más calculadora— prefieras cumplir una fantasía.

De repente, cerró la mano sobre su entrepierna y le apretó los testículos.

Él se estremeció como un colegial inexperto y, al instante siguiente, empujó el cuerpo contra su mano.

Catherine se rio con voz áspera, acariciándolo con fuerza con la mano izquierda mientras le apartaba el pelo con la derecha.

—¿Te gustaría la dulce colegiala católica?

Me pondré la falda escocesa y los calcetines hasta la rodilla.

Puedes darme con la regla. ¿O te gusta lo salvaje y lo perverso?

Cuero negro, botas de tacón de aguja, látigos de cuero.

¿Alguna vez has hecho un sesenta y nueve?

¿Alguna vez has usado la puerta trasera?

Dime, agente Dodge, ¿con qué sueñas en secreto?

—Para —le pidió.

Ella se limitó a reír y lo estimuló aún más.

—Oooh, debe ser algo muy particular. ¿Bestialidad, tal vez?

Puedo ponerme una cola de caballo y relinchar un poco mientras me montas.

¿O es peor que eso? ¿Homoerótico? O tal vez…

A algunos hombres les gusta que lo represente para ellos.

¿Te gustaría eso, agente Dodge? Puedo representar para ti todo lo que él me obligó a hacer.

Yo seré la niña y tú puedes ser el pederasta.

Al principio no lo entendió. Estaba demasiado atrapado en la situación, la oscuridad de ella encontraba un inesperado eco en la de él.

Quería arrancarle la ropa. Quería tirarla al suelo.

Quería poseerla de una forma violenta y burda.

Era como si hubiera fingido toda su vida y solo ahora, en ese momento, sintiera por fin una emoción real.

Pero entonces el significado completo de sus palabras penetró en él. Un escalofrío lo recorrió, frío como el hielo. Le agarró la mano derecha, luego la izquierda, y las retorció en la espalda de la mujer.

—No —dijo con dureza.

—Oh, te gusta duro, ¿eh?

—Catherine, lo que te sucedió… no fue culpa tuya.

Ella abrió mucho los ojos. En la habitación en penumbra, Bobby vio cómo se le dilataban las pupilas. Catherine se soltó con violencia de su agarre. Luego le dio una bofetada.

—¡No hables de cosas de las que no sabes nada!

Bobby no contestó. Respiraba con dificultad. Ella también. Se alejó de él y cruzó el cuarto con aire altivo. Su jersey gris se le deslizó por el hombro, dejando al descubierto el encaje negro de su lencería. Tiró del tejido con impaciencia, sin mirarlo a los ojos.

Bobby debía decir algo, pero no podía articular palabra. Estaba demasiado nervioso, ya que no veía a la mujer que tenía delante, sino a la pequeña que había quedado atrapada en la oscuridad.

El deseo había desaparecido por completo. Se sentía vacío, casi ajeno a todo. Harris tenía razón. La niña a la que habían arrojado a ese agujero no era la misma que había logrado salir de él.

—Bien —anunció Catherine con brusquedad desde el otro lado de la habitación—.

Si no quieres jugar limpio, yo tampoco lo haré.

Llama a la policía. Por supuesto, que vengan aquí.

Deja que te vean en mi casa. Confesaré que somos amantes.

Lo hemos sido durante meses. De hecho, todo el tiroteo fue idea tuya.

Jimmy ni siquiera tenía un arma. Yo la tenía.

Yo hice los disparos de advertencia para que los vecinos los oyeran.

Entonces apareciste tú, dijiste que él tenía un arma y lo mataste.

Será tu palabra contra la mía, agente Dodge.

¿Qué te parece pasar de veinticinco años a cadena perpetua en la cárcel?

—Si mañana a las cinco de la tarde no le digo a todo el mundo que el jueves por la noche estabas amenazando a tu marido —explicó Bobby con calma—, el juez Gagnon ha prometido meterme en la cárcel.

Catherine se mordió el labio inferior con furia.

—¡Les diré que Prudence se acostaba contigo, que por eso se ha ahorcado! —Lo señaló con el dedo—. ¡Tú! Tú eres a quien ella alude en la nota. Ella sabía que tú habías matado a Jimmy, y eso le rompió el corazón porque eras el amor de su vida.

—Esa historia funcionaría mejor si Prudence se hubiera ahorcado.

—¿Qué?

Al final se compadeció de ella.

—No hay moratones alrededor de su cuello. No hay marcas de quemaduras de la cuerda ni uñas rotas por arañar el nudo. El ahorcamiento es un asunto sucio. Prudence está demasiado limpia.

—No…

—Alguien la ha matado. Le han debido romper el cuello. Luego la han llevado a tu dormitorio y han preparado la escena.

Catherine palideció. Se tambaleó.

—Bu —murmuró—. Bu.

—¿Qué?

—Nada.

—La cuestión es, Catherine, que yo lo he visto enseguida. Los inspectores de la policía también lo harán.

—¿Y si piensan que yo la he matado?

—Prudence pesaba unos catorce kilos más que tú. Es imposible que la colgases tú sola del techo.

—¿Y la nota?

—Si el ahorcamiento no es un suicidio, la nota no es una nota de suicidio. Por definición, todo su contenido está en duda.

—Oh —dijo ella en voz baja.

—Han asesinado a Prudence, Catherine. Es hora de llamar a la policía.

Salió del salón hacia la sala de estar, donde había visto un teléfono. Catherine lo detuvo en medio de la puerta.

—Bobby…

Él se giró. Por primera vez desde que la había conocido, ella parecía insegura de verdad, auténticamente frágil.

La observó, tan curioso como cualquier otro por saber qué haría a continuación.

Era fría y calculadora, sin duda alguna.

Si él no le hubiera contado la verdad sobre la muerte de la niñera, lo habría traicionado.

Tal vez, con el tiempo, aún lo hiciera. Pero no podía odiarla.

No dejaba de ver a aquella niña, lo que quizá fuera su mejor ardid.

Podía hacerse la víctima, incluso mientras preparaba su próximo plan de ataque.

—Entiendes… —Renunció a la disculpa y, en su lugar, hizo un gesto con la mano—. No puedo perder a Nathan. No puedo.

—¿Por qué despediste al ama de llaves por darle de comer?

No pareció sorprendida de que él se hubiera enterado de la historia.

—Tony Rocco le había prescrito una dieta estricta: nada de trigo ni lácteos. Los derivados lácteos están en todo, desde los cereales hasta el atún. Era más sencillo ordenar a la gente que no le diera nada entre horas. Por desgracia, no todo el mundo lo vio así.

—¿Y los pañales sucios en la nevera?

—Muestras de materia fecal para descartar fibrosis quística. Sin embargo, Jimmy no dejaba de tirarlos, así que tuvimos que hacerlo muchas veces.

—La gente dice que el niño está más enfermo cuando tú estás cerca.

Ella respondió con cansancio: —Nathan está enfermo siempre, Bobby. Quizá la gente lo nota más cuando tiene a alguien a quien culpar.

—Entonces, ¿está enfermo de verdad?

—Sí.

—Pero Jimmy no te creía.

—No. Los padres de Jimmy le dijeron que yo era la raíz de todos los males y, con el paso del tiempo, Jimmy me quiso menos y les creyó más a ellos.

Bobby aún tenía que pensarlo.

—Está bien —dijo en voz baja, y se fue a buscar un teléfono.