Capítulo 15 #2
—Y tanto. El atacante ha conseguido que el doctor Rocco quedara inclinado hacia delante dentro del coche, por lo que la mayor parte de la sangre se ha quedado concentrada en el lado del conductor del BMW. Pero la diversión no termina ahí. El buen doctor está…, bueno, desmembrado .
—¿Desmembrado?
—Le han cortado el miembro —explicó D. D. con voz grave—. Lo hemos encontrado en la guantera.
—Ay —dijo Bobby.
—Ay —asintió D. D.
Bobby frunció el ceño. Eso era bastante personal. Y suponía demasiada actividad para llevarlo a cabo en un aparcamiento público.
—¿Tenéis imágenes de las cámaras de seguridad?
—Las estamos comprobando. Las grabaciones que he visto son muy borrosas y no se ve mucho.
Quienquiera que haya sido, lo tenía todo pensado.
Inmovilizó al médico y lo metió en su vehículo.
Luego, por lo que puedo deducir, el asesino se subió al asiento del copiloto.
Los BMW tienen las lunas tintadas y ya había anochecido.
Cualquiera que pasara por allí solo vería la silueta de dos personas sentadas en un coche.
Excepto que una estaba muerta y la otra se divertía con un cuchillo de sierra. La gente ha visto demasiadas películas.
Llegó la comida de D. D. Con ojos relucientes, apiló las tostadas francesas con los huevos fritos y las lonchas de beicon. Luego cogió el sirope.
—Debe haber mucha sangre —dijo Bobby—. En ese tipo de trabajo… creo que habría salpicaduras por todas partes.
—Eso pensarías. —Cortó un bocado del sándwich de tostadas francesas, huevos y beicon con el tenedor y lo masticó con deleite—. Has estado en la escena, Bobby. Imagina ese gran aparcamiento helado, piensa en las instalaciones a las que está conectado y dime qué tenemos.
Bobby lo recordó. Bajo la luz de los focos, el suelo de cemento parecía liso e impecable, sin una sola gota de sangre a la vista. Frunció el ceño, volvió a pensar en el asunto y, de repente, sonrió.
—Un hospital. ¡Batas quirúrgicas!
—Lo has clavado. Hemos encontrado una bolsa de basura llena de batas ensangrentadas y cubrezapatos en un contenedor fuera de la entrada oeste.
Parece que nuestro astuto asesino se puso la bata, cometió el crimen y luego se quitó las prendas y los cubrezapatos y los desechó con mucho cuidado.
Así que lo más probable es que entrara en el aparcamiento con el aspecto de un cirujano cualquiera.
Una vez que terminó, esperó a que no hubiera nadie, salió del coche, se quitó las prendas y se alejó tranquilamente.
—Dejaría dos huellas —dijo él—. Al salir del coche.
—Había una mancha de sangre junto al asiento del pasajero. Parece que ha limpiado la zona, tal vez con parte de la bata. No lo ha hecho a la perfección, pero ha borrado cualquier dibujo de las suelas. Muy ingenioso, el muy cabrón.
—Previsión —pensó Bobby en voz alta—. Planificación.
—Sí y no. Le ha hecho pensar un poco, pero todo lo que necesitaba estaba allí.
Así que no ha tenido que planearlo con mucha antelación.
Suponiendo, claro está, que el asesino no sea cirujano, lo que, dado el lugar, no es algo que hayamos descartado.
—D. D. ya se había comido la mitad de su plato y suspiró satisfecha—.
Oooh, qué bueno está esto. Juro que, si no fuera porque podría darme un infarto, vendría aquí todos los días.
—¿Y qué hay de los sospechosos?
—Es curioso que lo preguntes.
—No estarás pensando en mí, ¿verdad? —Estaba muy sorprendido.
—¿Debería sospechar de ti?
—D. D…
—Tranquilo, Bobby. Es a tu novia a quien buscamos. Catherine Gagnon.
Él frunció el ceño. El comentario sobre la novia había sido un cebo, pero se negó a morder el anzuelo.
—No lo entiendo —dijo después de un rato.
—El fiscal adjunto empezó a investigar a la viuda ayer. Se rumorea que tenía mucho que ganar con la muerte de su marido. Se rumorea que podría haber buscado a alguien dispuesto a ayudarla… o a algún pobre imbécil enamorado hasta las trancas.
—¿Copley cree que Catherine se acercó a Tony Rocco para que matara a su marido?
—Copley intentó concertar una reunión con el buen doctor ayer por la tarde. Rocco lo rechazó.
Bobby asintió con la cabeza, sostuvo la taza de café entre las manos y reflexionó.
—Si Tony Rocco era aliado de Catherine, ¿por qué iba ella a matarlo o a buscar a alguien que lo matara?
D. D. se encogió de hombros. No lo miraba a los ojos.
—Es obvio que Rocco no mató a Jimmy.
—No —afirmó Bobby en voz baja—. No lo hizo. —Siguió mirando a D. D., pero ella tenía la vista fija en el plato.
—Pero tal vez Catherine hablara con Rocco para que lo hiciera —comentó ella al poco—. Y tal vez se enterase de que el fiscal adjunto estaba investigando el asunto. Eso le habría dado un motivo para querer ver muerto a Rocco: para que no pudiera delatarla.
—Pero lo más probable es que el asesino sea un hombre.
—Ella es guapa y tiene dinero. Cualquiera de las dos cosas le podría haber conseguido ayuda.
—Ayuda para eliminar a quien iba a ayudarla —señaló Bobby con sequedad.
D. D. se encogió de hombros.
—Es la teoría de Copley. Yo sigo pensando que es el marido de alguna otra amante del doctor. Al fin y al cabo, si mataras a alguien por conveniencia, ¿de verdad te dedicarías a cortarle el pene post mortem ?
—Esto parece más personal.
—Además, está el mensaje.
—¿Qué mensaje?
—El de la luna trasera. De hecho, gracias a él han encontrado al doctor Rocco; alguien se ha acercado para leer lo que ponía.
—¿Y qué pone?
—«Bu».
—¿Bu?
—Sí, escrito con pintalabios de mujer.
—¿Pintalabios de mujer?
—Sí. Y te apuesto lo que quieras a que el de Catherine Gagnon es de ese espectacular tono rojo.
***
D. D. dejó el plato limpio. Bobby pidió la cuenta.
—Copley te va a visitar esta tarde —mencionó ella.
—¿Está tonteando conmigo o crees que es amor verdadero?
—Dice que ayer os vieron a ti y a la señora jugando juntos en el museo Gardner.
—Bobby sacó los billetes de su pinza para el dinero y empezó a contar los de un dólar—.
No es bueno —continuó en voz baja— que te vean con la mujer del difunto.
Hace que la gente hable. —Bobby necesitaba un billete de diez.
No tenía ninguno. Se decidió por dos de cinco.
»Ella es un problema —dijo D. D. Dos dólares deberían bastar para la propina—.
Jimmy iba a divorciarse de ella y quedarse con la custodia exclusiva del niño.
A veces, hay una línea muy fina entre ser una exmujer indigente y ser una viuda rica.
El jueves por la noche, Catherine Gagnon cruzó esa línea.
En este trabajo, hay que preguntarse ese tipo de cosas.
Bobby al final levantó la vista.
—¿De verdad crees que ella podría haberlo preparado todo? ¿Provocar una pelea, conseguir que su marido tuviera un arma y manipularlo la situación para que él acabara recibiendo un disparo y ella no?
D. D. no dijo nada de inmediato. Cuando por fin habló, él deseó que no lo hubiera hecho.
—¿La conocías, Bobby? ¿Habías tenido algún contacto con ella antes de recibir el aviso? ¿Aunque fuera a través de un conocido común, un amigo de un amigo?
—No .
D. D. se recostó en el asiento, pero seguía con expresión preocupada y lo observaba. Bobby se levantó y forcejeó para volver a meterse en el bolsillo la pinza para el dinero mientras contenía una maldición.
—Bobby —dijo ella, y algo en su voz lo detuvo.
Tenía una expresión que él nunca le había visto.
Una especie de curiosidad sombría. Por un momento, pareció que había cambiado de opinión, pero luego la pregunta salió, como si necesitara saberlo—.
Cuando disparaste… ¿te resultó difícil? Al ver a una persona de verdad, ¿dudaste?
Habría sido fácil ofenderse, mirarla con desprecio y largarse.
Pero D. D. era una amiga. Una compañera policía a la conocía desde hacía mucho tiempo.
Y, si lo pensaba bien, Bobby entendía su pregunta incluso mejor que ella.
Era lo único que todos los policías se preguntaban.
Se pasaba mucho tiempo entrenando, pero, cuando llegaba el momento, allí fuera, cuando era tu vida o, peor aún, la de un compañero la que estaba en juego…
Él contestó con franqueza.
—Te lo juro por Dios —dijo en voz baja—, no sentí nada.
D. D. bajó la mirada al suelo. No volvió a mirarlo. Y él ya no se molestó en sorprenderse. Tres días después del tiroteo, por fin estaba aprendiendo que así eran las cosas.
Bobby se despidió de ella con un último gesto de la cabeza y salió por la puerta.