Capítulo 15
Bobby estaba desesperado. Acababa de apoyar la cabeza en la almohada cuando el teléfono volvió a sonar.
Esa vez no pensó en Susan. Sus pensamientos fueron para Catherine.
Se dio cuenta de que había estado soñando con la viuda de Jimmy Gagnon, desnuda, con su largo cabello negro extendido sobre el pecho de Bobby.
—Solo quiero dormir un poco —gruñó al teléfono.
—¿Todavía le apetece jugar a ser detective, agente Dodge?
Le llevó un momento reconocer la voz. Era Harris, el concienzudo investigador de los Gagnon. Bobby miró el reloj de la mesilla. Marcaba las dos de la madrugada. Dios, tenía que dormir un poco.
—¿Qué quiere? —preguntó.
—¿Tiene algún amigo en la policía de Boston? —dijo Harris—. Creo que hay una escena del crimen que le interesará visitar.
—¿Quién ha muerto?
Harris hizo una pausa.
—El doctor Tony Rocco. En el aparcamiento del hospital. No se ponga zapatos buenos. Tengo entendido que hay bastante sangre.
***
La inspectora D. D. Warren llevaba más de ocho años en la Unidad de Homicidios de Boston.
Era una rubia menuda, de complexión ágil y unos cautivadores ojos azules, que trabajaba en la escena del crimen de Rocco con unos vaqueros ajustados, botas de tacón de aguja y una chaqueta de cuero color caramelo.
Era una mezcla entre Sexo en Nueva York y Policías de Nueva York.
Muchos de los chicos la miraban fijamente.
Dado que D. D. comía, dormía y respiraba por su trabajo, no tenían ninguna oportunidad.
Bobby la conocía desde hacía tiempo. Habían salido juntos hacía mucho, cuando ambos eran agentes recién incorporados.
Ella estaba empezando en la policía de la ciudad y él en la estatal.
Podían comprender las exigencias del trabajo del otro sin tener que competir entre sí.
Bobby ya no recordaba por qué habían roto.
Seguro que porque estaban demasiado ocupados.
En realidad, no importaba. Funcionaban mejor como amigos.
Él admiraba el meteórico ascenso de su carrera —estaba seguro de que Warren pronto sería teniente— y ella siempre se interesaba por su trabajo con la Unidad de Operaciones Tácticas.
En ese momento, D. D. miraba el interior de un BMW 450i verde oscuro mientras se mordía el labio inferior.
Frente a ella, un técnico de la escena del crimen armado con una cámara no dejaba de hacer fotos.
El chasquido del obturador y el zumbido de la película al avanzar resonaban por la vasta extensión de cemento y parecían marcar el ritmo de los pasos de Bobby mientras se acercaba.
El aparcamiento estaba bastante concurrido si se tenía en cuenta que eran las tres de la madrugada.
La furgoneta del forense, la del equipo de la escena del crimen, numerosos coches patrulla, varios vehículos de inspectores y un sedán mucho más bonito que Bobby reconoció como perteneciente a la Fiscalía.
Muchos coches para un homicidio. Demasiada gente, y punto.
Bobby exhaló el aire helado. Metió las manos en los bolsillos de la chaqueta y se esforzó por pasar desapercibido. Varias cabezas se giraron hacia él. Reconoció algunas caras, otras no. Sin embargo, todos lo conocían y, a pesar de sus esfuerzos, se había formado un murmullo cuando llegó al BMW.
—Hola, Bobby —dijo D. D. sin levantar la vista.
—Bonitas botas.
Ella no se dejó engañar.
—Es un poco tarde para estar por ahí —comentó.
—No podía dormir.
—¿Porque no dejaba de sonar tu teléfono? —Al final lo miró y entrecerró sus ojos azules con curiosidad—. Tienes buenos informadores, Bobby, si tenemos en cuenta que estamos haciendo lo posible por mantener esto en secreto.
Él entendió la pregunta implícita, pero decidió no responder.
—Si paso la próxima hora apoyado en esa columna de hormigón de allí, mirándome las uñas, ¿sería un problema?
—Diría que esta es una zona en la que están prohibidas las manicuras.
D. D. señaló con la cabeza hacia la izquierda y Bobby vio al fiscal adjunto, Rick Copley, enfrascado en una conversación con el forense.
La última vez que Bobby había visto a Copley, sus hombres habían participado en un amistoso juego de «vamos a culpar al acosado policía estatal».
Así que sí, Copley consideraría la presencia de Bobby un gran problema.
—¿Qué sabéis? —le preguntó a D. D. en voz baja.
Ella lo miró de nuevo.
—Cuando elaboremos el perfil de la víctima, ¿cuántas veces saldrá tu nombre?
—Una. Esta tarde. Lo he visto por primera vez hoy para preguntarle sobre Nathan Gagnon.
Ella procesó la información y ató cabos de inmediato.
—Ah, mierda. —Suspiró—. ¿Es el médico del niño?
—Sí.
—¿Qué más?
—Tenía una aventura con la madre. Ya lo estaban interrogando por una posible batalla por la custodia con los abuelos. Ahora te toca a ti.
Ella miró al otro lado de la calle. Copley aún hablaba con el forense, pero miraba en su dirección, con el ceño fruncido en su rostro de nariz chata.
—El doctor ha muerto en el asiento delantero —murmuró D. D. con rapidez, mientras señalaba el interior del coche—. Parece que acababa de abrir la puerta y alguien lo agredió por la espalda.
—¿Un disparo?
—Un cuchillo.
—El asesino debe ser muy fuerte. —Bobby trató de mirar dentro del vehículo, pero D. D. le tapaba la vista con el hombro.
—Y no es nada comparado con lo demás —contestó D. D. Copley se dirigía hacia ellos—. Tienes que largarte —le dijo a Bobby.
—Sí.
—Pero, recuerda, siempre nos quedará París.
Bobby entendió el mensaje.
—Nos vemos.
Bobby encontró la salida de la escalera justo cuando Copley acortaba distancias y el primer técnico forense dijo: «Joder, ¿eso es sangre?», y el segundo respondió: «En realidad, creo que es pintalabios de mujer».
El Casablanca era un elegante restaurante mediterráneo en Cambridge.
Contaba con un bar con una amplia selección de martinis y una carta ecléctica dirigida a la clientela más exclusiva de Harvard; es decir, los padres adinerados de sus estudiantes de la Ivy League.
El Bogey, por otro lado, era un pequeño restaurante escondido justo debajo del capitolio.
Ofrecía servicio las veinticuatro horas, taburetes de vinilo descascarillados y una plancha extragrande que no se había limpiado en años. Era un lugar frecuentado por policías.
Bobby caminó hasta allí, aprovechando la gélida temperatura de la madrugada, para deshacerse de los últimos restos del sueño, y acabó con las pestañas medio congeladas.
Llegó poco después de las cinco, cuando el sol aún no había salido, pero el restaurante ya estaba a rebosar.
Esperó veinte minutos en el calor impregnado del aroma a huevos y beicon, y al final consiguió una mesa en la parte de atrás.
Le rugía el estómago, así que pidió tres huevos fritos, media docena de lonchas de beicon y un muffin inglés empapado en mantequilla.
No estaba seguro de si se podía considerar una comida decente, pero contenía proteínas.
La acompañó con un zumo de naranja extragrande y empezó con el café.
Estaba entrando en esa tierra de nadie entre el sopor de después de comer y el subidón de cafeína cuando D. D. apareció por fin en la cafetería. Llevaba una camiseta blanca ajustada con la palabra «Criminal» escrita en lentejuelas rojas. Le quedaba muy bien con las botas.
Se deslizó en el reservado y miró el plato vacío de Bobby.
—¿Qué, no me has guardado nada?
—¿Qué querías?
—Huevos, beicon, tostadas francesas. Con el zumo de naranja más grande del mundo. Y quizá una ración extra de tortitas.
—¿De verdad el caso va tan bien?
—Oh, sí. Estoy hambrienta .
Bobby se acercó a la barra para pedir. Cuando regresó, D.
D. vaciaba lo que quedaba de la cafetera en una taza que había cogido de la zona de servicio.
Volvió a la barra, rellenó la cafetera y le echó mucha nata.
Si no le fallaba la memoria, el apetito de D.
D. se situaba entre el de un marine y el de un camionero.
Mucha crema, mucho azúcar y cualquier otra cosa que garantizara el endurecimiento de las arterias.
Regresó a la mesa, cargado con el café y los acompañantes, y ella pareció impresionada.
—¿Quién te ha avisado? —quiso saber, y se puso manos a la obra con los sobres de azúcar.
—Harris Reed. Un investigador. Trabaja para los Gagnon.
—¿Los Gagnon? ¿El juez y Maryanne?
—La maravillosa pareja en persona.
Ella frunció el ceño.
—¿Y cómo lo ha sabido Reed?
—No me lo ha dicho.
—¿Tiene contactos dentro del Departamento?
—Es probable.
Ella hizo una mueca.
—Las comisarías. Uno bebe un vaso de agua y los demás se mean encima. Así que los Gagnon están siguiendo de cerca la investigación, ¿no?
—Eso parece.
—Interesante. —Terminó de endulzar el café y echó la leche—. ¿Y tú, Bobby? Si consideramos todo lo que ha ocurrido, ¿no deberías estar pescando o algo así?
Bobby abrió las manos.
—No sé pescar.
—Me he enterado de la demanda. Qué putada. —Él no lo negó—. ¿Tienes abogado? ¿Cómo va la cosa?
—No lo sé. —Se encogió de hombros—. Aún no he buscado abogado. He estado ocupado.
Ella dejó de remover el café.
—Bobby, tienes que tomarte este tipo de cosas en serio.
Si un policía puede acabar en un tribunal penal solo por hacer su trabajo…
, es motivo de preocupación. —Una vez más, no lo negó—.
Tienes amigos, ya lo sabes. Nos cubristeis cuando atendisteis esa llamada el jueves; nadie quiere verte en apuros.
Bobby no tenía ganas de discutir el tema. Lo hecho, hecho estaba.
—¿Qué ha ocurrido en el aparcamiento? —preguntó—. ¿Qué le ha ocurrido al buen doctor?
D. D. suspiró, dio un largo sorbo a su café y se recostó en el asiento.
—No estoy segura. Sin embargo, para empezar, diría que se tiró a quien no debía demasiadas veces.
—¿Una amante despechada?
—Más bien, la pareja cabreada de alguna amante. El buen doctor ha sido atacado por la espalda. El agresor ha empleado tanta fuerza que la hoja le ha cercenado la mitad del cuello.
—Qué barbaridad —murmuró Bobby.