Sola (D.D. Warren 1) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

—Mi marido tiene mal genio. Bebe, se enfada; esta vez ha encontrado una pistola. ¿Por qué hemos discutido? ¿Acaso importa? ¿Hay algo que justifique que un hombre apunte con una pistola a su mujer? Sí, he tenido miedo. Inspector, pensaba que iba a morir.

También quisieron hablar con Nathan. Ella se negó.

—Mi hijo está demasiado cansado, demasiado traumatizado, demasiado enfermo.

Eso le había dado algo de tiempo. Por el momento.

Los investigadores habían pasado la mayor parte de la noche anterior y de aquella mañana en el dormitorio de matrimonio, que habían acordonado con cinta amarilla policial.

Quitaron partes de la moqueta. Recogieron los cristales rotos.

Se llevaron la ropa de cama. Una lámina de plástico cubría el hueco donde antes estaba la puerta corredera de cristal.

Sin embargo, el viento frío atravesaba sin esfuerzo el plástico y llevaba olores al resto de la casa.

Sangre. Orina. Pólvora. Muerte.

Sus vecinos debían pensar que estaba loca por quedarse allí.

La prensa y la policía también. Quizá estuviera traumatizando a Nathan.

O quizá estuviera loca. La cierto era que, ¿a dónde más podían ir?

Su padre no sabía cómo manejar ese tipo de situaciones; ir a casa de sus suegros era meterse en la boca del lobo.

O tal vez hubiera algo más siniestro detrás.

Tal vez no estaba preparada para marcharse.

Esa casa, esa habitación, era todo lo que le quedaba de Jimmy.

Y, aunque nadie la creería —y menos aún sus suegros—, a su manera, ella lo había amado.

Había esperado, había rezado con la poca fe que le quedaba para no llegar a aquello.

Se agachó para pasar por debajo de la cinta de la escena del crimen.

Entró en el dormitorio de matrimonio, una habitación fría y fantasmal, en blanco y negro.

Las cortinas vaporosas se movían, el plástico que cubría la ventana corredera destrozada se agitaba y susurraba.

Los olores eran más intensos. Un olor acre y oxidado le hizo arrugar la nariz al tiempo que le traía recuerdos.

Se acercó a la cama, pasó la mano por el colchón desnudo y observó las oscuras salpicaduras de sangre. Se tumbó en medio de aquel inmenso espacio vacío.

Recordó la primera vez que vio a Jimmy dedicándole esa sonrisa torcida en medio de unos abarrotados grandes almacenes.

—Hola, señorita perfumista. ¿Qué tiene que hacer un chico para que le eches un poco de perfume?

Recordó a Jimmy haciéndole el amor y, después, cuando se dio cuenta de que ella no había sentido nada e intentó ser amable: —Oye, cariño, ¿sabes qué? Tendremos que practicar más.

Recordó a Jimmy buscando a tientas el anillo mientras se arrodillaba para pedirle matrimonio.

A Jimmy tambaleándose al cruzar el umbral con ella en brazos.

A Jimmy prometiéndole nueve o diez hijos.

A Jimmy, delirante de felicidad cuando ella se quedó embarazada del primero.

A Jimmy colmándola de diamantes y perlas.

A Jimmy llevándola a una loca salida de compras en la que compró la mitad de la ciudad.

Pero también recordó a Jimmy acostándose con la criada, con la niñera, con sus amigas.

A Jimmy yéndose al bar la primera vez que ella tuvo que llevar a Nathan a urgencias.

A Jimmy dando un puñetazo a la pared cuando ella se atrevió a decirle que debía beber menos.

A Jimmy golpeándola en las costillas con el puño cuando ella se atrevió a decirle que parecía que a Nathan le pasaba algo.

Después, seis meses antes, Jimmy encontró el fajo de cartas que le había escrito su amante. Entró en su dormitorio a las cuatro de la madrugada. La puso bocabajo. La inmovilizó contra el colchón y la sodomizó.

—Quizá debería haberlo intentado desde el principio —dijo al terminar—. A lo mejor así habrías sentido algo.

Horas más tarde, se sentaron uno frente al otro en la mesa del desayuno y charlaron sobre el tiempo.

Ahora Catherine se acurrucó en el colchón desnudo.

Puso la mano en el lugar vacío donde antes se acostaba su marido.

Y recordó la última mirada en su rostro, ese instante justo en que la bala encontró el punto de entrada detrás de su oreja y justo antes de que saliera destrozando el duro hueso de su sien: una expresión que no mostraba belleza, elegancia ni encanto, sino que había comprendido la total y absoluta traición.

Y se preguntó qué lo habría decepcionado más: ¿su inminente muerte o el hecho de no haber podido matarla él primero?

Se oyó un estruendo en la habitación de Nathan. Prudence la llamó y Catherine corrió por el pasillo, tan sorprendida como cualquiera por las lágrimas que le surcaban el rostro.

Estaban en el hospital, las órdenes se sucedieron a toda prisa y se obedecían al instante. Con un primer pinchazo, una enfermera le extrajo sangre. Con otro, le pusieron la vía. Al tercero, después de varios intentos, Nathan tenía un catéter.

El cuerpo de Nathan, de apenas doce kilos, se retorcía en medio de la cama del hospital, se sacudía sin parar mientras luchaba por sentarse.

Tenía las mejillas ardiendo y el sudor le resbalaba por las extremidades.

Su abdomen sobresalía de forma dolorosa, mientras que su pecho parecía hundido al jadear y esforzarse por respirar.

—Dolor epigástrico intenso… —dijo un residente.

—Temperatura de 38,9 grados —gritó un enfermero—. Frecuencia cardíaca de ciento cincuenta, presión arterial de ciento quince sobre cuarenta…

—Necesito dos miligramos de morfina —ordenó el doctor Rocco a gritos—, compresas frías, nutrición parenteral. ¡Vamos, moveos!

La primera vez que Catherine pasó por aquello, tembló sin control.

Ahora, tenía la expresión adusta de un veterano de guerra mientras dos personas sujetaban el cuerpo inquieto de Nathan a la cama y otras dos le cortaban el pijama con estampado de vaqueros y le colocaban los cables del monitor cardiaco.

Nathan gritó de dolor; ellos lo sujetaron con más fuerza.

Y así siguió, una y otra vez: Nathan luchaba por su vida y el personal del hospital luchaba con él.

Después, cuando pasó lo peor, cuando los enfermeros y los residentes se marcharon para atender otros casos urgentes, cuando solo quedó Nathan, una pequeña figura inconsciente perdida en medio de la cama de hospital con estructura metálica y que respiraba con dificultad, el doctor Rocco la llevó aparte.

—Catherine… Sé que las cosas deben ser complicadas en casa ahora mismo.

—¿Tú crees?

Las palabras le salieron con demasiada dureza.

Catherine se arrepintió de su tono casi de inmediato.

Apartó la mirada del doctor Rocco y la dirigió a las paredes, que eran demasiado blancas.

Oía el pitido del monitor de Nathan, que marcaba con fidelidad el ritmo de su corazón.

A veces, lo oía incluso mientras dormía.

—Jimmy, tenemos que hacer algo con Nathan.