Sola (D.D. Warren 1) Capítulo 1
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Sola (D.D. Warren 1)

Sola (D.D. Warren 1)

Por Lisa Gardner

© inepub.com

Capítulo 1

Muchos policías se quejaban de los días cortos y grises de febrero, pero, para Bobby Dodge, noviembre era peor. Aquel día no ocurrió nada que cambiase su opinión.

Detener a un hombre por conducir bajo los efectos del alcohol significó más papeleo, un viaje al cuartel de South Boston —en plena hora punta, cuando nadie respetaba el derecho de paso de nadie, ni siquiera el de un policía— y discutir de nuevo con el adinerado ejecutivo porque se negaba a entrar en la celda de detención.

El hombre pesaba unos buenos veinticinco kilos más que Bobby.

Como muchos que se enfrentan a un oponente más pequeño, confundió el peso superior con dominancia física e ignoró las señales de advertencia que le indicaban lo contrario: agarró el marco de la puerta con la mano derecha y balanceó su enorme cuerpo hacia atrás, con la esperanza derribar a su pequeño escolta.

¿Para qué? ¿Para huir a través de una comisaría llena de policías armados?

Bobby amagó hacia la izquierda, sacó el pie y el ejecutivo con sobrepeso se estrelló contra el suelo.

Cayó con un impresionante estruendo y algunos policías se detuvieron lo suficiente como para aplaudir el espectáculo gratuito.

—¡Os voy a demandar, joder! —gritó el ejecutivo borracho—. Voy a demandarte a ti, a tu superior y a todo el puto estado de Massachusetts. Este antro será mío. ¿Me oyes? ¡Te voy a joder vivo!

Bobby levantó a aquel coloso de un tirón y este gritó una nueva ronda de obscenidades, tal vez por la forma en que Bobby le apretaba el pulgar. El policía lo empujó dentro de la celda y cerró de un portazo.

—Si vas a vomitar, por favor, usa el baño —le advirtió Bobby, porque, a esas alturas, el detenido se había puesto un poco verde. El publicista le hizo un gesto obsceno antes de doblarse y vomitar en el suelo. Bobby sacudió la cabeza y murmuró—: Puto ricachón.

Algunos días eran así, sobre todo en noviembre.

Eran poco más de las diez de la noche. El ejecutivo había salido bajo fianza gracias a su carísimo abogado, habían limpiado la celda y el turno de Bobby, que había comenzado a las siete de la mañana, había terminado por fin.

Debería irse a casa. Llamar a Susan. Dormir un poco antes de que sonara el despertador a las cinco y el alegre proceso comenzara de nuevo.

Sin embargo, estaba inquieto de una forma que lo sorprendía. Un exceso de adrenalina circulaba por sus venas aunque era conocido por mostrarse distante, sereno e imperturbable.

Bobby no se fue a casa. En lugar de eso, se cambió el uniforme azul por unos vaqueros y una camisa de franela, y se dirigió al bar de la zona.

En el Boston Beer Garden, otros catorce hombres, sentados alrededor de la barra rectangular, fumaban cigarrillos y bebían cerveza de barril embobados frente a las televisiones.

Bobby saludó con la cabeza a algunas caras conocidas y con la mano al camarero, Carl, y ocupó un asiento un poco alejado del resto.

Carrie le llevó su pedido habitual de nachos. Carl le sirvió una Coca-Cola.

—¿Un día largo, Bobby?

—Como siempre.

—¿Va a venir Susan?

—Tiene ensayo esta noche.

—Sí, el concierto. Es dentro de dos semanas, ¿verdad? —Carl negó con la cabeza—. Es guapa y tiene talento. Te lo repito, Bobby: es una joya. Trátala bien.

—No dejes que Martha te oiga —contestó—. Después de ver a tu mujer cargar con un barril, no quiero ni pensar en lo que podría hacer con un rodillo.

—Mi Martha también es una joya —le aseguró—. Sobre todo porque temo por mi vida.

Carl dejó a Bobby solo con su Coca-Cola y sus nachos.

En la radio, las noticias informaban en directo sobre algún tipo de incidente en Revere.

Un sospechoso armado hasta los dientes se había atrincherado en su casa después de disparar a sus vecinos.

La policía de Boston había desplegado al equipo SWAT y «nadie iba a correr el menor riesgo».

Sí, noviembre era un mes extraño. Ponía a la gente nerviosa y la dejaba indefensa ante la inminente llegada del invierno. Incluso personas como Bobby hacían lo posible por mantener el rumbo.

Se terminó los nachos. Se bebió la Coca-Cola. Pagó la cuenta y, justo cuando se convenció de que era una buena idea irse a casa, sonó el busca de su cinturón. Leyó la pantalla en un momento y al siguiente corrió hacia la puerta.

Había sido esa clase de día. Y sería esa clase de noche.

A Catherine Rose Gagnon tampoco le gustaba mucho noviembre, aunque su problema había comenzado en octubre.

El 22 de octubre de 1980, para ser exactos.

El aire era cálido y el sol le besaba la cara con su calor mientras caminaba a casa desde la escuela.

Llevaba los libros en los brazos y vestía su conjunto favorito de la vuelta al colegio: calcetines marrones hasta la rodilla, una falda de pana marrón oscuro y un jersey dorado de manga larga.

Un coche se acercó por detrás. Al principio, no se dio cuenta, pero poco a poco se percató de que el Chevy azul reducía la velocidad hasta circular muy despacio a su lado. Escuchó la voz de un hombre: —Oye, pequeña. ¿Puedes ayudarme? Se me ha perdido el perro.

Más tarde, su mundo se redujo a dolor, sangre y gritos de protesta ahogados. Las lágrimas le corrían por las mejillas. Se mordía el labio inferior con los dientes.

Llegó la oscuridad y su pequeño y vacío grito: —¿Hay alguien ahí?

Y después, durante mucho tiempo, no hubo nada.

Le dijeron que habían pasado veintiocho días.

Catherine no tenía forma de saberlo. No existía el tiempo en la oscuridad, solo una soledad que se prolongaba eternamente.

Había frío y silencio, y momentos en los que él regresaba.

Pero al menos era algo. El resto era la nada absoluta, un vacío sin fin, que podía volver loca a una persona.

Los cazadores la encontraron el 18 de noviembre.

Vieron la cubierta de madera contrachapada, la golpearon con sus rifles y se sorprendieron al oír su débil grito.

La rescataron, descubrieron su prisión de tierra de cuatro por seis metros y la liberaron al aire fresco del otoño.

Más tarde vio las fotos en los periódicos.

Sus enormes ojos azul oscuro, su rostro cadavérico, su cuerpo delgado y encogido sobre sí mismo, como un pequeño murciélago marrón al que hubieran arrastrado al sol.

Los periódicos bautizaron a Catherine como el Milagro de Acción de Gracias. Sus padres la llevaron a casa. Los vecinos y la familia desfilaron por la puerta principal con exclamaciones de «¡Oh, gracias a Dios!», «Justo a tiempo para las fiestas» y «Ay, ¿puedes creerlo?».

Catherine se sentó y dejó que la gente hablara a su alrededor. Cogió comida de las bandejas rebosantes y la guardó en sus bolsillos. Tenía la cabeza gacha y los hombros encogidos hasta las orejas. Aún era el pequeño murciélago y, por razones que no podía explicar, la luz la abrumaba.

Llegaron más policías. Les habló del hombre, del coche. Le mostraron fotos. Ella señaló una. Más tarde, días, semanas después…, ¿acaso importaba?, acudió a la comisaría, observó a los sospechosos y volvió a señalar con el dedo.

A Richard Umbrio lo juzgaron seis meses más tarde. Y tres semanas después, Catherine subió al estrado con su sencillo vestido azul y sus relucientes zapatos de charol. Señaló con el dedo por última vez. Condenaron a Richard Umbrio a cadena perpetua.

Y Catherine Rose regresó a casa con su familia.

No comía mucho. Le gustaba coger la comida y guardársela en el bolsillo, o sostenerla en la palma de la mano, sin más.

No dormía mucho. Permanecía tumbaba en la oscuridad, con sus ojos ciegos de murciélago buscando algo en las sombras, algo que no podía nombrar.

A menudo, se quedaba inmóvil para ver si podía respirar sin hacer ruido.

A veces, su madre se quedaba en la puerta, con sus pálidas manos blancas revoloteando ansiosas sobre su clavícula. Al final, Catherine oía a su padre al otro lado del pasillo: —Ven a la cama, Louise. Te llamará si te necesita.

Pero Catherine nunca la llamaba.

Pasaron los años. Catherine creció, irguió los hombros, se dejó crecer el pelo y descubrió que poseía una oscura y poderosa belleza que hacía que los hombres se detuvieran en seco.

Tenía la piel pálida, el pelo negro brillante y unos enormes ojos azul marino.

Los hombres la deseaban con desesperación, así que los utilizaba sin más.

No era culpa suya. No era culpa de ellos. Pero nunca sentía nada.

Su madre murió en 1994 de cáncer. Catherine permaneció de pie en el funeral e intentó llorar. Su cuerpo no tenía humedad alguna y sus sollozos sonaban artificiales y poco sinceros.

Regresó a su austero apartamento e intentó no volver a pensar en ello, aunque a veces, de repente, se imaginaba a su madre de pie en la puerta de su habitación.

«Ven a la cama, Louise. Te llamará si te necesita».

«Oye, pequeña… Se me ha perdido el perro».

Noviembre de 1998. El Milagro de Acción de Gracias estaba acurrucada desnuda en su bañera de porcelana blanca, con su cuerpo delgado y huesudo temblando de frío mientras apretaba una cuchilla en el puño.

Algo malo iba a suceder. Una oscuridad más allá de la oscuridad.

Una tumba de la que no habría vuelta atrás.

«Ven a la cama, Louise. Te llamará si te necesita».

«Oye, pequeña… Se me ha perdido el perro».

La cuchilla, tan delgada y ligera en sus manos. El filo le rozó la muñeca. La sensación abstracta de sangre cálida y roja que le recorrió la piel.

Sonó el teléfono. Catherine salió de su letargo el tiempo suficiente para contestar. Y esa única llamada le salvó la vida. El Milagro de Acción de Gracias se repitió.

Ahora pensaba en ello mientras la televisión sonaba de fondo: —Un sospechoso armado se ha atrincherado en su domicilio después de disparar varias veces a sus vecinos. Los agentes del SWAT de Boston consideran que la situación es muy inestable y extremadamente peligrosa.

Mientras, su hijo sollozaba entre sus brazos.

—Mamá, mamá, mamá.

Y su marido gritó desde abajo: —¡Sé lo que haces, Cat! ¿De verdad te piensas que soy tan estúpido? Bueno, pues no va a funcionar. ¡No vas a salirte con la tuya! ¡Esta vez no!

Jimmy subió furioso las escaleras y se dirigió a su dormitorio.

El teléfono había salvado a Catherine antes. Ahora rezaba para que la salvara una vez más.

—Hola, ¿emergencias? ¿Me oyen? Es mi marido. Creo que tiene un arma.