Sobrevivir al motero (Serie Gold Vipers MC nº 2) Adriana
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Adriana

SAMUEL JORDAN LARSEN nació el cuatro de agosto, tras horas de pujos que no avanzaban. Al final, necesité una cesárea de emergencia. Trevor estuvo a mi lado todo el tiempo, sosteniéndome la mano.

—¿Cuánto dijeron que pesaba? —pregunté con voz ronca después de semejante calvario.

—Tres kilos seiscientos cincuenta gramos —dijo Trevor.

—Madre mía. No me extraña que no quisiera salir —murmuré, cerrando los ojos. Había visto brevemente al bebé antes de que se lo llevaran para limpiarlo y comprobar sus constantes. Por lo que pude ver, era un bebé precioso, con pelo negro y una naricita adorable.

—Te dije que mi hijo iba a ser grande. No me creíste. Apuesto a que no volverás a dudar de mí.

—Lo dudo —bromeé, abriendo los ojos de nuevo.

—¿Te crees graciosa, verdad? —preguntó él, apretándome la mano.

—A veces. Eres un blanco fácil.

—Señor Larsen, ¿le gustaría darle su primer baño a su hijo? —preguntó una de las enfermeras.

—Claro —dijo él, emocionado—. Vuelvo enseguida, Adriana. ¿Estás bien?

Asentí y cerré los ojos, feliz de que por fin hubiera terminado. Había sido una noche estresante y ahora lo único que quería era descansar.

MI MADRE Y Jim me esperaban en la habitación cuando me trajeron.

—¿Quieres coger a tu nieto? —preguntó Trevor, que llevaba a Samuel en brazos.

—Oh, Dios mío... sí —dijo Vanda, con los ojos llenos de lágrimas.

Le entregó al bebé y ella sonrió mirándolo.

—Así que este es Samuel. Qué niño tan precioso...

—¿Pequeño? Pesó más de tres kilos y medio —presumió Trevor.

—Me lo imaginaba después de lo grande que estabas estos últimos meses, Adriana —dijo Vanda—. Casi pensé que había un segundo bebé escondido en tu barriga.

—Lo sé. Engordé mucho, pero siempre tenía hambre —dije, sonrojándome—. No podía evitarlo.

—No te preocupes, lo hiciste muy bien, Adriana —dijo Jim, de pie junto a ella.

—Sin duda —dijo Trevor, agarrándome la mano—. ¿Cómo te encuentras?

—Bien, pero estoy segura de que es por los medicamentos —respondí. Algo me decía que después de que se me pasara el efecto, estaría pidiendo más a gritos.

—Jim, dale el sobre —dijo mi madre, mientras mecía al bebé en sus brazos.

Jim metió la mano en el bolsillo y lo sacó.

—¿Qué es esto? —pregunté cuando me lo entregó.

—Ábrelo —dijo ella.

Lo abrí y me quedé boquiabierta. Dentro había dos billetes de avión a Hawái.

—Es para que podáis fugaros o los uséis para vuestra luna de miel —dijo ella—. Como prefiráis.

Todavía no nos habíamos casado. Yo había decidido que quería esperar hasta después de que naciera el bebé.

—Pero acabamos de tener un bebé. ¿Cómo vamos a dejarlo? —protesté.

—No te preocupes, nosotros cuidaremos de Samuel —dijo ella, sonriéndole a Jim.

—¿Quién va a llevar la tienda mientras tú cuidas de Samuel? —pregunté.

—He contratado a un nuevo encargado —dijo ella y sonrió—. Tim.

—¿Por qué? —pregunté, sorprendida.

—¿Recuerdas cuando me desmayé en la tienda el otoño pasado? —dijo ella.

Asentí.

—Mi médico me dijo que tenía demasiado estrés y que me estaba matando a trabajar. Ahora, por fin voy a hacer algo al respecto.

—¿Y tus dolores de cabeza? —pregunté—. ¿También estaban relacionados con el estrés?

—Sí —respondió ella y luego pareció avergonzada—. También tiene que ver con la edad.

—¿La edad? Venga ya. No eres tan mayor —dijo Trevor.

—Gracias, no me siento tan mayor. Aunque aparentemente mi cuerpo sí —dijo ella, riéndose.

—Entonces, ¿estás bien? —pregunté, sintiéndome un poco avergonzada de no haberle vuelto a preguntar por los dolores de cabeza.

—Lo suficientemente bien como para quedarme con Sammy cuando estéis de luna de miel.

—Gracias, Vanda —dijo Trevor. Se acercó y le dio un beso en la mejilla.

—De nada —dijo ella, sonriendo.

—Sí, gracias, mamá. Por todo.

—De nada.

Me entregó a Samuel y ambas miramos su carita.

—Y gracias a ti por darme un nieto tan guapo. A ti también, Trevor. Ya puedo ver que va a tener tus rasgos.

—Gracias, Vanda —dijo él.

Ella se sentó a mi lado en la cama.

—Ser padre no siempre significa que sepas lo que estás haciendo, Adriana. Aprendes sobre la marcha. Incluso cuando tus hijos crecen, a veces tomas decisiones de las que te arrepientes más tarde.

Miró a Trevor.

—O haces suposiciones sobre la gente cuando no deberías.

Él sonrió.

Llamaron a la puerta y Jim fue a abrir.

—Hola, soy Mavis —dijo una voz de mujer—. Soy la madre de Trevor.

Trevor maldijo entre dientes.

—Adelante —la invitó Vanda.

Mavis entró. Era un poco más alta que mi madre, pero muy delgada y de aspecto demacrado.

Levanté la vista hacia Trevor. —¿Te parece bien? —susurré.

No dijo nada, pero parecía enfadado.

Mavis entró en la habitación y me dirigió una mirada de disculpa.

—Siento irrumpir así. Solo quería ver al bebé. Si no es molestia...

—Por supuesto —respondí.

—¿Cómo te has enterado? —preguntó Trevor con severidad.

—La llamé yo —dijo mi madre, sonriendo con inocencia.

—¿Cómo conseguiste su número? —preguntó, volviéndose hacia Vanda.

—Hablé con el presidente de tu club, Slammer —respondió ella—. Debería llegar pronto también. Con Frannie.

—¿Conoces a Frannie? —pregunté sorprendida.

Asintió.

—Sí, fuimos juntas al colegio. No caí en que era la misma mujer de la boda a la que fuiste en Maui. El caso es que estuvieron en la tienda la semana pasada y Slammer se presentó. Nos pusimos a hablar y descubrí que conocía a tu madre, Trevor. Me dio el número de Mavis. Espero que no estés enfadado.

Por la expresión tensa de su rostro, vi que no estaba muy contento. Le agarré la mano y se la apreté.

—Oh, es precioso —dijo Mavis, con los ojos llenos de lágrimas. Dio un paso vacilante hacia la cama—. Y es igualito a ti cuando naciste, Trevor.

—¿Te acuerdas, eh? —preguntó con una mueca de desprecio.

Mavis abrió el bolso y sacó una foto antigua.

—Toma, mira —dijo, ignorando su comentario.

Cogió la foto y se quedó mirándola.

—Déjame ver —dije al cabo de unos segundos.

Trevor me la pasó con expresión indescifrable.

Miré la foto y sonreí. Nuestro bebé sí que se parecía a su padre.

—Tú también tenías el pelo oscuro cuando naciste. Igual que Samuel.

Se encogió de hombros.

—¿Así se llama? —preguntó Mavis—. ¿Samuel?

—Sí —dije, besándole la frente—. Samuel Jordan Larsen.

—Es precioso —dijo, mirando al bebé con anhelo.

—¿Quieres cogerlo? —preguntó Vanda.

Antes de que pudiera responder, Trevor cogió a Samuel y lo estrechó contra su pecho.

—No pasa nada —dijo Mavis con los labios temblorosos—. Debería irme. No quería entrometerme. Solo quería verlo.

—¿Querías verlo? ¿Eso es todo? —preguntó Trevor con mirada dura.

Asintió.

—Sí. Lo siento. Probablemente ni siquiera merezco eso. En fin, os dejo.

—No tienes que irte —dije, sintiendo lástima por ella—. De verdad. Puedes quedarte.

—No —dijo, parpadeando para contener las lágrimas. Volvió a mirar a Trevor—. Lo has hecho bien y sé que vas a ser un padre maravilloso. Solo te pido que no cometas los mismos errores que cometimos nosotros.

—No lo haré —dijo con firmeza.

Asintió y se dio la vuelta.

—Espera —dijo Trevor, y fue hacia ella.

Mavis se volvió.

Le tendió a Samuel.

—No voy a cometer los mismos errores, y eso incluye alejar a las personas que quiero. Coge a tu nieto, Mavis.

Sonrió mientras las lágrimas le corrían por las mejillas y él le ponía a Samuel en los brazos.

—Oh, Dios mío... es tan hermoso. Hola, Samuel —arrulló, acunándolo contra su pecho.

Trevor se dio la vuelta y nuestras miradas se encontraron. Su rostro se relajó en una sonrisa y se la devolví.

Te quiero, articulé con los labios.

Yo también te quiero, articuló él en respuesta.

Justo entonces, la puerta se abrió y entró una enfermera con una caja de regalo.

—¿De quién es? —pregunté mientras me la entregaba.

—La dejó un hombre —dijo—. Es para Samuel.

Trevor cogió el sobre adjunto y lo abrió. Leyó la tarjeta y enarcó las cejas.

—Es de Jordan.

Arranqué el papel de regalo de la caja y todos nos quedamos mirando la pequeña camiseta azul. Tenía la imagen de un mazo en la parte delantera y debajo ponía «No me obligues a llamar a mi tío».

—Bueno, al menos reconoce que es tío —dije sonriendo—. A lo mejor podemos invitarlo en las fiestas de este año. Seguro que le gustaría, ¿no?

Trevor se limitó a reír.

Fin