Capítulo veintiuno
Adriana
Mentalmente agotada por todo lo que me había sucedido ese día, me quedé dormida en la furgoneta.
Un par de horas después, me desperté al oír que se abría la puerta.
Tenía la espalda rígida y dolorida de haber estado tumbada en el suelo duro, pero me alejé rápidamente de la puerta trasera, asustada de lo que pudieran estar planeando hacer con nosotras.
—Despertad, despertad —dijo Skull, sonriendo fríamente a la luz de la luna—. Me temo que vuestro viaje en limusina ha llegado a su fin.
—Vete al infierno —murmuró Brandy.
—Mejor esperemos a que te asees primero —dijo él, guiñándole un ojo—. Luego hablamos de eso.
—Prefiero morir antes que dejar que me toques —dijo ella, fulminándolo con la mirada.
—Eso también se puede arreglar —sacó una pistola y nos apuntó—. Salid. Ahora.
Obedecimos, aunque Brandy se movía muy despacio, lo que irritó a Skull.
—Vamos, no tenemos todo el día —murmuró, agitando la pistola—. Mueve ese culo, zorra.
—Está herida —dije, saliendo de la furgoneta. Lo miré—. Está claro que alguien le ha dado una paliza.
—Está bien. Solo unos cuantos moretones —respondió, observando su rostro en la oscuridad—. Quizás ahora la rubia tonta obedezca órdenes sin rechistar.
—¿Rubia tonta? —Brandy salió de la furgoneta y observé horrorizada cómo le escupía en la cara.
Furioso, le cruzó la cara de un revés.
Se tambaleó, se llevó las manos a la cara y se echó a llorar.
Corrí a su lado y le toqué el brazo.
—¿Estás bien?
—No me toques —siseó, apartándose de un tirón.
—Solo intento ayudar.
—No la necesito —respondió, apartando la mirada.
—Joder, debería pegarte un tiro ahora mismo —espetó Skull, limpiándose la cara—. Total, tampoco te necesitamos.
Justo entonces, otros dos hombres aparecieron corriendo desde detrás de la furgoneta, ambos apuntándonos con sus pistolas.
—¿Qué pasa? —preguntó uno de ellos.
—Esa rubia tonta acaba de escupirme en la cara —dijo Skull, señalando a Brandy.
—¡Sí, pero mira lo que le hiciste tú a la suya! —grité, sorprendiéndome a mí misma—. ¿Le das una paliza y te quejas porque te escupe en la cara?
Dio un paso hacia mí y la expresión de su rostro me heló hasta los huesos.
—No empieces conmigo, princesa. Serás la siguiente. Me importa una mierda quién seas.
Sabiendo de lo que era capaz, me mordí la lengua y aparté la mirada.
—Venga, basta de gilipolleces y empezad a caminar. Las dos —dijo Skull, señalando hacia un edificio destartalado de dos pisos con una puerta roja y un letrero que decía «Prohibido el paso».
—Parece que solo está Mud —murmuró uno de los motociclistas mientras pasábamos junto a una vieja camioneta blanca aparcada cerca de los contenedores. La basura de dentro olía tan mal que me dieron arcadas.
—Huele a muerte ahí dentro, ¿verdad? —dijo Skull, al ver mi expresión de asco—. Si me cabreas más, te meto ahí con la basura. Aunque claro, el olor no te molestará, porque para entonces estarás muerta.
Lo ignoré.
Cuando entramos, las luces estaban encendidas y vi que el lugar era parecido al de Griffin, solo que sin escenario. Además de la barra del bar, había dos barras de pole dance, tres máquinas de pinball y dos mesas de billar en el fondo, junto a una vieja gramola.
—Ya era hora de que llegarais —dijo una voz ronca.
Me volví hacia un hombre que se levantaba de un sofá de cuero negro situado cerca del fondo.
Estaba desnudo de cintura para arriba, era musculoso y tenía varios tatuajes en el pecho y los brazos.
Aparentaba unos cuarenta años y me recordaba un poco al actor Danny Bonaduce, con su pelo pelirrojo y su tez rojiza.
No dijo nada al ver el rostro hinchado de Brandy, pero abrió mucho los ojos de sorpresa cuando me vio.
—Vaya, vaya, mira lo que tenemos aquí. No eres para nada lo que esperaba. Supongo que esta es Adriana —dijo, volviéndose hacia Skull—. ¿La «verdadera» Vieja de Raptor?
—No soy la «verdadera» Vieja de Raptor —murmuré.
Se volvió bruscamente hacia mí.
—¿Es esta la chica, Skull?
—Sí, Mud —respondió, con una sonrisa de suficiencia—. Está mintiendo.
Así que este era Mud.
—No estoy mintiendo —espeté, enfadada—. No estoy con él. Ni siquiera salgo con él. Por lo que a mí respecta, Brandy es su Vieja.
Miró a Brandy.
—¿Eres la Vieja de Raptor?
Ella soltó una risa fría.
—No lo sé. Todavía no se ha decidido.
—¿Eres la que está embarazada? —le preguntó.
Asintió.
—Te dieron bien fuerte —dijo, mirándole el rostro. Bajó la mirada—. ¿Estás sangrando entre las piernas?
—No —respondió en voz baja, visiblemente avergonzada.
—Entonces probablemente estés bien.
—¿Y tú qué sabes, eres médico? —preguntó ella.
—No, pero soy el que decide si vas a recibir otra paliza o no, así que un poco de respeto —espetó.
Ella apretó los dientes, pero no respondió.
Soltó un gruñido y se volvió hacia mí.
—Así que tú eres la universitaria, ¿no?
Me encogí de hombros.
Sus ojos recorrieron mi cuerpo.
—Ya veo por qué Breaker estaba obsesionado con una tía como tú. Eres justo su tipo.
—¿Qué tipo es ese? —pregunté frunciendo el ceño.
—Joven y dulce —respondió Mud mientras se acercaba a mí.
Antes de que pudiera hacer nada, me agarró de la mandíbula y me la sujetó con fuerza mientras me examinaba la cara como si fuera un animal—.
Skull, se parece a esa actriz, ¿cómo se llama?
—preguntó al soltarme—. De Mujeres Desesperadas. Eva algo. Hacía de Gabrielle.
—Ni idea —dijo Skull—. Nunca la vi.
—Longoria —dijo uno de los otros hombres.
—Eso es. La serie no me iba mucho, pero esas tías estaban buenísimas. Sobre todo ella —se acercó a la barra y cogió la botella de whisky que había allí. Desenroscó el tapón y se volvió hacia mí—. Y tú, ¿cómo de desesperada estás? —preguntó con una sonrisa siniestra.
No respondí.
Le dio un trago a la botella y se limpió la boca.
—Venga, va. ¿Qué estarías dispuesta a hacer para salir de aquí con vida?
Arqueé una ceja.
—¿Nos dejarás salir de aquí con vida?
—Puede. Mira, yo no soy el malo de la película. Esos cabrones de los Gold Vipers me han metido en esto.
Entrecerré los ojos.
—¿Te obligaron a matar a Krystal?
—¿Krystal? Ah, te refieres a la rubia, ¿no? —dijo—. Esa tenía mucho genio. En cierto modo, sí me obligaron a matarla. Esos imbéciles mataron a parte de mi familia y alguien tenía que pagar.
—Ella no tenía nada que ver con los Gold Vipers —dije con brusquedad—. Nada.
—¿No era la Vieja de Tank? —le preguntó a Skull.
Asintió.
—Pues ahí lo tienes.
Lo fulminé con la mirada.
—No, solo estaban saliendo. Ella iba a dejarlo.
Soltó una risita.
—Ah. Bueno, pues le ahorré la molestia.
Apreté los dientes.
—Eres un monstruo.
En lugar de enfadarse, sonrió.
—Me han llamado de todo y tengo que decir que esa me gusta. Un monstruo. Sí. Puedo ser tu peor pesadilla, si me da la gana.
Abrí la boca para responder, pero me señaló con el dedo. La sonrisa había desaparecido.
—Aprende a cerrar el pico y puede que vivas más.
Cerré la boca.
—Buena decisión. Mira, tengo tu vida en mis manos. Vale, puede que estés buena —dijo mientras me repasaba el cuerpo con la mirada—. Pero no vamos a tolerar insolencias de ninguna de las dos. Creo que Brandy ya ha aprendido la lección.
Aparté la mirada.
—Hablando de Brandy, ¿qué hacemos con ella? —preguntó Skull.
—No sé. Lo que te apetezca. Pero no la mates —respondió.
Skull la agarró del brazo.
—Esperaba que dijeras eso. Vamos.
Ella intentó zafarse, pero él la agarró del pelo y empezó a empujarla hacia uno de los pasillos.
—¿Adónde vamos? —gritó mientras forcejeaba.
Él le tiró del pelo con más fuerza.
—Ya lo verás cuando lleguemos.
—¡Por favor, suéltame! —sollozó.
—¡Cállate y camina! —gruñó.
Di un paso hacia ellos.
—¡Espera, por favor, no lo hagas! Sabes que está embarazada. ¿Qué clase de enfermo eres?
Se rio.
—Si tienes suerte, puede que lo descubras luego.
—¡Suéltala! —grité mientras me lanzaba hacia ellos. Sabía que iba a violarla y eso me destrozaba por dentro.
Uno de los otros moteros me agarró del brazo y tiró de mí hacia atrás.
Skull, visiblemente frustrado, sacó la pistola de la chaqueta. Le apuntó a la sien a Brandy.
—Como no pares de joder, mato a esta zorra.
—Y lo hará si sigues metiéndote —dijo Mud con calma. Por la expresión de su cara, se notaba que estaba disfrutando del espectáculo.
—Está bien —dijo Brandy, esbozando una sonrisa forzada entre lágrimas—. Estaré bien.
Me solté del tipo que me sujetaba.
—Lo dudo. No con ese animal.
—Ya basta. Ve con cuidado con ella —ordenó Mud. Se volvió y me miró con una sonrisa burlona—. No quiero que se desangre por un aborto. Al menos no hasta que consiga mi dinero de Raptor. Después, por lo que a mí respecta, las dos sois territorio libre para el que quiera echar un polvo.
Lo miré horrorizada al darme cuenta de que nuestra situación era aún peor de lo que había pensado. Aunque Trevor le diera exactamente lo que quería, Mud nunca había tenido intención de dejarnos marchar.