Sobrevivir al motero (Serie Gold Vipers MC nº 2) Capítulo diecinueve
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Capítulo diecinueve

Mud

Mud estaba sentado a su escritorio cuando le sonó el móvil. Contestó.

—El envío está en camino —dijo Skull.

—Bien. ¿Algún problema?

—Casi, pero lo resolvimos.

—Digamos que tenemos dos. A una la recogimos en su casa y a la otra, en otra dirección.

—¿Tiene dos?

—En realidad no. Es complicado —respondió Skull con tono divertido—. ¿Qué pasa por ahí, Mud? Parece que interrumpo algo.

—No es asunto tuyo, joder. Ahora dime que tenemos lo que necesitamos.

—Y más.

—Bien. Nos vemos pronto —respondió, y colgó.

April, una rubia platino muy sexy que acababa de hacerle una mamada, salió del baño con cara de enfado.

Él sabía por qué estaba molesta. En el calor del momento, ella había querido que le hiciera el amor y él se había negado.

Pero April siempre quería algo. Quería llevar su chaleco y montar de paquete en su moto.

Pero él no quería una Vieja, ni arriesgarse a dejarla preñada.

Dieciocho años pagando pensión era una mierda.

Odiaba a los críos y no pensaba tener uno con una tía que se quejaba tanto como April. Aun así, le gustaba tenerla cerca.

Soltó un suspiro, abrió el cajón del escritorio y sacó un porro. Se lo enseñó. —¿Por qué no te buscas un sitio tranquilo y te lo fumas? A lo mejor te relaja un poco.

Ella abrió los ojos sorprendida y sonrió. —Gracias, Mud.

—Que no se diga que nunca te doy nada —dijo mientras ella se inclinaba sobre el escritorio para darle un beso. Él levantó el brazo para detenerla—. No hace falta. No después de lo de antes.

Ella se rio y se colocó el porro detrás de la oreja. —Vale. Sois todos unos raros con eso.

—Si quisiera probar la corrida de otro tío, me haría maricón.

Ella entrecerró los ojos. —Mi hermano es gay. Odia esa palabra. Yo también. Es ofensiva y llena de odio.

—¿Ah, sí? Pues mala suerte. Estás en mi club y digo lo que me sale de los cojones —dijo, alzando la voz—. Si no te gusta, devuélveme el porro y vete a casa con tu maricón de hermano a follártelo hasta que se vuelva hetero. Tienes práctica de sobra en eso. Si alguien puede conseguirlo, eres tú.

Se le llenaron los ojos de lágrimas y apretó los puños. Nadie era tan despiadado como Mud. Nadie. —Eres... eres...

—¿Soy qué? —preguntó, desafiándola a decirlo. Sabía que estaba siendo cruel, pero lo disfrutaba demasiado para dejarlo.

La mirada de Mud le recordó aquella vez que había dado una paliza a una de las otras chicas tan brutal que acabó en el hospital.

April decidió dejarlo estar. Ya estaba harta de su mierda, pero no iba a dejar que le pegara un capullo que disfrutaba dando hostias a las mujeres.

No cuando había otras formas de vengarse, y se juró que lo haría.

—Eres... tan generoso —mintió, deseando poder borrarle esa sonrisa asquerosa de un bofetón—. Por darme este porro.

Él abrió los ojos sorprendido y se rio. —Bien dicho. Ni yo me lo esperaba. Ahora, lárgate de mi despacho. Tengo llamadas que hacer.

Se dio la vuelta y se fue, clavándose las uñas en las palmas.

«Espero que alguien te hunda, gilipollas», pensó April, deseando haberle arrancado la polla de un mordisco cuando tuvo la oportunidad.