Sobrevivir al motero (Serie Gold Vipers MC nº 2) Capítulo dieciséis
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Capítulo dieciséis

Raptor

Frustrado y harto de conducir, volví al Griffin's. Cuando llegué, Slammer y Tank estaban sentados fuera, en la oscuridad, con la espalda apoyada en la mesa de picnic. Los dos fumaban y hablaban en voz baja; por las líneas de su rostro, se notaba que Slammer estaba agotado.

—¿Chopper encontró algo? —pregunté mientras me guardaba las llaves en la cazadora.

—No. No parece que nos hayan pinchado ni puesto micrófonos —respondió. Tenía las piernas estiradas y miraba sus botas de cuero negro, que parecían nuevas—. ¿Te gustan? —preguntó al ver que las miraba.

Asentí.

—Sí. ¿Son nuevas?

—Sí. Frannie me las compró hoy en el centro comercial. Es una buena mujer. Siempre pendiente de todo. Se preocupa por mí como si fuera uno de sus hijos —dejó escapar un suspiro ronco.

—¿Qué te pasa? —preguntó Tank.

Slammer aplastó la colilla en la mesa de picnic y se levantó.

—No lo sé. Puede que esté pensando que deberíamos posponer la boda. Con toda esta mierda de Mud, la cosa podría ponerse peor antes de mejorar.

—Creía que tenías un plan —respondí.

—Y lo tengo, pero no siempre salen como uno quiere, ¿no? —espetó.

Tank y yo intercambiamos una mirada.

Slammer se frotó la cara y volvió a mirarme.

—Lo siento. Estoy agobiado. No debería pagarlo contigo.

—No me quejo —dije, consciente de que yo también la cagaba a veces.

—Escucha, Pop, no dejes que esta mierda con Mud te joda la boda —dijo Tank.

—Me preocupa más la seguridad de Frannie que la boda en sí —dijo él.

—¿Crees que Mud irá a por ella? —pregunté.

—Podría intentarlo. Mira lo que le hizo a Krystal. No puedo vigilarla las veinticuatro horas del día. Y aunque quisiera, ella no me dejaría.

—Tenemos que mover ficha y hacer algo antes de que vengan a por nosotros —dijo Tank.

—Tiene razón —dije a regañadientes—. Hay que hacer algo ya.

—¿Ves? —dijo Tank—. Hasta Raptor está de acuerdo. Que le den a lo de tenderle una trampa a Mud. Que le den a mandarlo a prisión. No se merece tres comidas calientes y un catre. Se merece tres balazos y un hoyo en el suelo.

—No es tan fácil. Lo matamos y uno de nosotros acabará en la cárcel —dijo Slammer.

—No nos pillarán. Nos buscaremos una coartada.

—Ojalá fuera tan sencillo, pero no estoy dispuesto a arriesgarme. Ya hay demasiada gente vigilándonos —miró el reloj—. Se está haciendo tarde. Vamos dentro y haré unas llamadas. A ver si conseguimos tenderle una trampa a Mud.

—Asegúrate de que sea una de la que no pueda levantarse —murmuró Tank.

—Esa es la idea —respondió.

Seguimos a Slammer hasta la entrada, todos en silencio. Entendía perfectamente lo que quería decir: si Mud moría, seríamos los primeros sospechosos. La pasma nos tenía vigilados, eso seguro; hacía unos días había visto coches camuflados rondando por mi manzana.

—Si tu plan no funciona, ¿por qué no volvemos a contratar a The Judge? —preguntó Tank cuando ya estábamos dentro del bar.

—Es caro —respondió—. Déjame darle más vueltas. A ver si encontramos la manera de encargarnos de ese cabrón nosotros mismos —dijo, alzando la voz.

Apenas podía oírlo. Eran más de las nueve y el local estaba abarrotado. Dos estrípers se contoneaban en el escenario, montadas juntas en una moto, mientras los altavoces atronaban con una vieja canción, «Girls, Girls, Girls», de Mötley Crüe.

—¿De quién es esa Harley? —pregunté, mirando la moto.

—De Hilary —dijo Tank, señalando a las estrípers con la cabeza—. Quería usarla para su número.

—¿Cómo la subisteis ahí arriba? —pregunté.

—Por la rampa de atrás —respondió.

La pelirroja, que también era la dueña de la moto, se dio cuenta de que la mirábamos y nos tiró un beso.

—Se parece un poco a Adriana, ¿no? —preguntó Tank.

—Ni de lejos. Adriana es preciosa —dije.

—Hilary también —respondió Tank.

—¿De verdad le has mirado la cara? —bromeó Slammer.

Tank soltó una carcajada.

—No ha sido fácil.

Mientras nos acercábamos a la barra, me sonó el móvil. Lo saqué de la chaqueta y miré la pantalla. No reconocía el número.

—¿Diga? —respondí.

—¿Trevor? ¿Eres tú?

—Sí, soy yo —respondí al reconocer la voz de Vanda.

—¡Oh, gracias a Dios! —gritó histérica—. ¡Necesitamos tu ayuda!

Un mal presentimiento me invadió.

—¿Qué pasa?

—Es Adriana… ¡La han secuestrado!