Capítulo Quince
Adriana
Estaba haciendo los deberes en la biblioteca pública cuando me llamó mi madre.
Me había costado concentrarme, con todas las emociones que me invadían, pero había aguantado repitiéndome que no iba a suspender por culpa de Trevor.
Al contrario, mis ganas de graduarme y largarme de Jensen eran aún más fuertes.
—No coges el teléfono —me regañó.
—Lo siento, estoy en la biblioteca. Bajé el volumen para no molestar a nadie.
—¿La biblioteca? ¿Por qué allí? Nunca estudias en la biblioteca.
Tenía razón, pero no me apetecía explicar lo que había pasado entre Trevor y yo, y era bastante improbable que él apareciera por una biblioteca.
—Necesitaba unos libros —mentí.
—Ah. Bueno, Trevor acaba de pasar por aquí buscándote.
Puse los ojos en blanco y destapé la botella de agua que estaba bebiendo.
—¿Ah, sí? —dije dando un sorbo—. ¿Se ha presentado en la tienda?
—Sí. También ha intentado llamarte. ¿Lo estás evitando?
Suspiré. Era tan entrometida y pesada. No tenía fuerzas para hablar de ello, ni quería ponerme a llorar en la biblioteca. Solo de pensar en la llamada de antes me dolía el corazón.
—No quiero hablar de eso ahora, mamá.
—Mmm... Sí que lo estás evitando.
—Puede ser, pero no quiero discutir esto ahora mismo, ¿vale? —dije bajando la voz al ver que una de las bibliotecarias arqueaba las cejas mirándome.
—Va a ir a casa a ver si estás.
—Pues obviamente no.
—Obviamente. ¿Os habéis peleado?
—Ya te lo he dicho, no quiero hablar de eso y además tengo que colgar —susurré al notar que la bibliotecaria me miraba otra vez. Le sonreí con timidez. Por suerte, me devolvió la sonrisa y volvió a lo que estuviera tecleando en su escritorio—. Tengo mucho que estudiar, ¿sabes?
—Entiendo. ¿Sigues con náuseas?
—No.
—Bien. Llamaré a Trevor y le diré que estás bien, pero que te deje en paz porque estás estudiando.
Abrí los ojos horrorizada. —¿Qué? No, mamá. No necesito tu ayuda con él, ¿vale? Y ¿de dónde has sacado su número?
—Lo copié de tu móvil —dijo—. Ya sabes, por si hay alguna emergencia. Necesito saber cómo localizarte.
Solté un suspiro entrecortado.
—Vale. Pero... no te pongas a llamarlo, ¿de acuerdo? Por el amor de Dios, tengo veintiún años. No necesito tu ayuda para estas cosas.
—¿Qué cosas?
Puse los ojos en blanco, exasperada.
—Hombres.
—Solo intento ayudar, ¿sabes?
—Pues ayúdame metiéndote en tus asuntos —dije con firmeza, aunque me arrepentí en cuanto lo solté. Vanda era muy sensible y podía imaginarme la expresión dolida de su cara.
—Bien —respondió con voz quebradiza—. Pero cuando seas madre, lo entenderás. Solo quiero lo mejor para ti.
—Lo sé, y te agradezco que te preocupes —susurré al notar que la bibliotecaria me miraba de nuevo—. Pero ya soy mayorcita, mamá. Se te olvida constantemente.
O sea, todos los días.
—Lo sé —tomó aire—. Ay, tengo que dejarte. Acaban de entrar dos de mis mejores clientes. El señor y la señora Parker. Te acuerdas de ellos, ¿no?
—Sí.
—El señor Parker llamó antes y dijo que era su aniversario. Van a elegir joyas juntos, como siempre.
La pareja adinerada tenía tres restaurantes en Iowa y solía gastarse una fortuna en joyas cada vez que venían.
Curiosamente, la señora Parker era muy exigente y siempre escogía ella misma lo que su marido le iba a regalar.
Estaba claro que en esa relación no había sorpresas. Casi les tenía envidia en ese momento.
—Bueno, buena suerte. Que les vendas hasta el mostrador.
Vanda se rio.
—Lo intentaré —dijo antes de colgar.
Cuando iba a guardar el móvil en el bolso, vi que Trevor había dejado otro mensaje más y suspiré.
UNAS HORAS más tarde, empecé a recoger mis cosas.
Eran más de las siete, tenía hambre, estaba agotada y lo único que quería era meterme en la cama y dormir un par de días seguidos.
Pero, temiendo todavía que Trevor me estuviera esperando en la puerta, decidí dar un rodeo y parar en una cafetería cerca de casa.
Cuando llegué, entré y pedí un batido de fresa y plátano y un sándwich club de pavo en pan de trigo con miel.
Después me metí en un reservado del fondo y me quedé allí un rato, picoteando mientras jugaba con el móvil.
Cuando terminé de comer, dejé la bandeja y me fui a casa, consciente de que no podía esconderme eternamente.
Decidí que si Trevor tenía la cara de presentarse, le iba a decir dónde podía meterse sus disculpas.
No había nada que pudiera decir para justificar su infidelidad, y yo no era la niñata ingenua de barrio residencial que él se había creído.
Eran las nueve menos cinco cuando por fin metí el coche en el garaje y apagué el motor.
Cogí la mochila, salí, cerré el coche con llave y estaba a punto de cerrar la puerta del garaje cuando vi una sombra alta moviéndose en el borde del camino de entrada.
Convencida de que era Trevor, pulsé rápidamente el botón para cerrar la puerta.
Por desgracia, llegué tarde: un hombre se coló agachándose bajo la puerta, que volvió a subir.
—No te asustes —dijo el desconocido, con las manos en alto—. No quiero hacerte daño.
—¿Quién eres? ¿Qué quieres? —pregunté, tratando de no perder la calma. Era alto, tenía el pelo largo, un montón de piercings y llevaba una chaqueta de cuero negro. Cuando me fijé en los parches de motero, apenas pude respirar. Los había visto antes; era un Devil's Ranger.
Al notar mi terror, le brillaron los ojos en la oscuridad.
—Tranquila, cariño. Me llamo Skull. Estoy buscando a Raptor. ¿Está aquí?
—No —respondí, buscando con la mirada algo con lo que defenderme. Los Devil's Rangers habían asesinado a mi mejor amiga y ahora uno de ellos estaba en mi garaje. No hacía falta ser un genio para darme cuenta de que estaba metida en un buen lío.
—¿Sabes dónde puedo encontrarlo?
Recé para que solo estuviera allí por Trevor y me dejara en paz, sobre todo cuando descubriera que no tenía ni idea de dónde estaba.
—No sé dónde está.
Skull sonrió.
—Eres Adriana, ¿verdad?
Me limité a mirarlo fijamente.
Sin dejar de sonreír, dio otro paso hacia mí.
—Sí, lo eres. He dado con la chica que buscaba.
Las alarmas sonaban en mi cabeza, pero estaba paralizada de miedo. Tenía que hacer algo, pero no podía moverme.
—¿Qué quieres decir?
Metió la mano en el bolsillo y sacó una pistola.
—Vamos a dar un paseo —dijo, apuntándome—. Grita y será lo último que hagas.
Convencida de que estaría muerta en cuanto subiera a su vehículo, me di la vuelta y eché a correr hacia la casa.
—¡Mala elección! —gritó mientras yo cerraba de un portazo.
Entre lágrimas, eché el cerrojo y corrí hacia la cocina con la intención de escapar por la puerta corredera de cristal.
Pero cuando llegué, había otro motero mirándome desde el otro lado del cristal.
Sonrió triunfante y agitó una navaja automática.
Solté un grito ahogado y me di la vuelta para correr hacia el otro extremo de la casa justo cuando Skull derribaba la puerta del garaje de una patada.
—¡Deja de hacer el tonto! —gritó.
Con el recuerdo de cómo habían asesinado salvajemente a Krystal, lo ignoré y corrí hacia la puerta principal.
—¡Detente ahí mismo! —ordenó Skull desde algún lugar a mis espaldas.
Temblando tan violentamente que apenas podía abrir la cerradura, abrí la puerta de golpe y salí corriendo por el césped.
—¡Ayuda! —grité, intentando llamar la atención de algún vecino.
No había nadie fuera, pero la mayoría de la gente de nuestra manzana estaba jubilada y solía estar pendiente de lo que pasaba en el vecindario.
Vamos, que eran unos cotillas. Normalmente eso me sacaba de quicio, pero en ese momento solo podía esperar que alguien estuviera asomado a la ventana.
Al llegar al bordillo, una furgoneta marrón oscuro apareció de la nada y frenó en seco con un chirrido. Intenté correr en la otra dirección, pero otro Devil's Ranger saltó del vehículo y me atrapó. Me agarró por la cintura y me tapó la boca con la mano, ahogando mis gritos.
—¡Déjala en paz! —gritó un hombre al otro lado de la calle. Parecía el señor Barnes, que siempre le traía tomates de su huerto a mi madre y nos limpiaba la nieve del camino con su quitanieves.
—¡Llamaré a la policía!
—¡Métete en tus asuntos! —gritó uno de los moteros—. ¡O te meto una bala en la cabeza, viejo!
No pude oír su respuesta porque me lanzaron dentro de la furgoneta.
—¡No! —grité, arrastrándome hacia la puerta mientras la cerraban de un portazo. Sollozando, empecé a aporrearla con los puños—. ¡Ayuda!
La furgoneta arrancó y salí despedida hacia atrás, chocando contra una mujer que no había visto antes. Estaba acurrucada en posición fetal y parecía sufrir.
—Dios mío, lo siento. ¿Estás bien? —pregunté, con un extraño alivio por no estar sola. Pero cuando levantó la cabeza, vi que alguien le había destrozado la cara a golpes.
—¿Bien? ¿Te parece que estoy bien? —murmuró, abriendo un ojo morado.
Al reconocer el pelo rubio y la voz familiar, miré a la otra mujer horrorizada.
—¿Brandy?