Sobreviviendo en el mundo gay Epílogo. Mi experiencia, mi sentir, mi proceso
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Epílogo. Mi experiencia, mi sentir, mi proceso

EPÍLOGO

Mi experiencia, mi sentir, mi proceso

Estoy escribiendo este último capítulo en una cabañita en Kioto, Japón, planteándome cómo debería cerrar el libro más sentido, personal y sincero que probablemente escriba en mi vida.

He decidido que quiero abrirme, que quiero contar un poco mi proceso, que quiero que entiendas que en la vulnerabilidad está el poder , que las cosas no son fáciles, pero que vivir merece mucho la pena.

Mi proceso personal y mi madurez emocional me han costado muchos dolores de cabeza, y eso que solo acabo de cumplir treinta años (y lo que me queda).

Durante muchos años he tenido miedo a la muerte, al futuro, a la soledad, a la nada.

Me atormentaba pensar en si no conseguiría todas aquellas cosas con las que el Adrián chiquitito soñaba en su cama, mi ambición me llevaba a pensar en si decepcionaría mis propias expectativas de vida.

Recuerdo ver series como Sex Education o Sexo en Nueva York y pensar: «Algún día seré como la madre de Otis, con mi propia clínica, viendo pacientes, o quizá como Carrie, con un pódcast de amor y romance que la gente quiera escuchar».

Y ahí estaba yo, que había logrado conseguir eso y más; pero también me he dado cuenta de que la felicidad no está ahí, que, más allá de mis logros, no había llenado el vacío .

Viajé por todo el mundo durante años buscando el sentido, intentando estar en paz con ese vacío que a veces me taladraba, conociendo mil chicos diferentes, viviendo experiencias, buscando encontrar la respuesta a esa pregunta que tanto me atormentaba: «¿Es esto todo o me espera algo más? ».

Porque sí, siempre sentía que me faltaba algo, que no había encontrado el sentido.

Tardé tiempo, créeme, pero un día llegó la respuesta en forma de paz y comprensión, y me llegó en lo más simple que podría haber esperado : leyendo un libro sentado en una taza del váter.

Ese momento no llegó solo, quiero pensar que es fruto de todas mis experiencias, pacientes, libros, viajes y autoconocimiento, pero el caso es que me permitió alcanzar esa «iluminación» en el momento menos esperado, el momento más simple y humilde, y ahí está la clave irónica de todo este asunto .

Me vas a perdonar, pero viene una parte de psicología transpersonal, una parte mística que quizá no conecte contigo, pero que necesito compartirte.

La vida basada en logros, acontecimientos y estímulos potentes siempre va a tener subidas y bajadas, siempre va a tener vacíos, por lo tanto, han de ser cosas secundarias.

Sin embargo, cuando te despojas de tus logros y de todo aquello por lo que deberías ser merecedor de alabanzas o amor, y te quedas tú al desnudo, en tu esencia, y te abrazas porque sí , porque eres tú y ya, sin razones necesarias ni méritos requeridos, ahí empieza el camino .

Y digo empieza, porque entender el concepto en términos mentales y verbales no es ni de lejos suficiente; no sé cómo explicar algo que de por sí es inefable, pero cuando hice el clic en aquella mística taza del váter de Cartagena de Indias todo encajó de golpe, como si me inundase una sensación de amor y poder que jamás había sentido. Estaba en paz.

En un mundo con todas estas dificultades de las que hemos ido hablando, con toda la gente impredecible, con toda la sociedad superficial y ambiciosa, es muy complicado encontrar estabilidad, paz o serenidad.

Pero la clave no está en vivir mil experiencias para encontrar lo que te falta, tampoco en irse al otro lado del mundo a buscar soledad (y lo digo estando solo en Japón), ni en hacer mil planes y trabajar todo el día para vivir arrastrado por un río automático, la clave está en conectar con tu interior allá donde estés, en encontrar el amor y la aceptación plena e incondicional de lo que eres .

Otra cuestión son los medios que utilices para facilitarte llegar a esa conexión, pero siempre sin olvidar que solo son medios, que la conexión siempre está ahí dentro, a tu alcance, estés donde estés y vivas la experiencia que vivas.

Nelson Mandela lo decía en su autobiografía, nunca consiguieron romperle durante las décadas que pasó en prisión, donde lo trataron como un perro, antes de ser presidente.

A pesar de que se propusieron despojarle de su humanidad y tratarle con el máximo desprecio y humillación, él siempre siguió entero y en paz, tanto que desquiciaba y sorprendía a los guardias.

¿Su razón? «Da igual que fuera diluvie si por dentro hace un sol precioso».

El verdadero sentido está en entender que solo «siendo» y queriéndose en ese estado de «ser» basta. Y desde ahí es desde donde todo fluye.

El camino empieza en ti , la respuesta está en ti, el amor y la felicidad están en ti, siempre estuvieron en ti y puedes acceder a ellas siempre que quieras, puedes irradiarlas siempre que quieras y, sobre todo, puedes compartirlas con el mundo.

Para practicar esta conexión, yo tiendo a hacer un ejercicio que me ayuda a VER.

Todo empieza como una división consciente entre mi «yo pensante» (el que piensa, se preocupa, sufre y se ataca) y mi «yo observante» (el que simplemente observa a la mente decir todo lo que dice, pero sin juicio), básicamente una difusión mental, como se llama en psicología.

Una vez que estoy ahí, me transporto a mi lugar seguro (debes crear el tuyo), que construí en mi imaginación hace ya varios años.

En mi caso es una cabaña en medio del bosque, rodeada de flores silvestres y un riachuelo azul, y es en primavera.

Para conectarme voy sentido a sentido, visualizando y sintiendo todo aquello que me gusta, empezando por cómo se ve, sus colores, sus formas, su viveza.

Continúo con el olor, con cada flor, el río, la madera…

Después paso a escuchar el sonido del río, los pájaros, el viento.

Luego saboreo el aire con ese toque primaveral, o quizá alguna comida recién horneada en mi cabañita.

Y, por último, las texturas, los pies en el agua, el fresquito, mi piel erizada.

¿Qué estoy haciendo aquí? Salir del mundo de los pensamientos tradicionales, de lo verbal, para pasar a sentir .

Una vez que estoy ahí me encuentro conmigo mismo, pero soy yo en un estado diferente.

Llevo mi camiseta favorita, una de color naranja y fresquita, esa que me resalta el moreno y deja que traspase el viento.

Me brillan las mejillas y tengo una sonrisa radiante y los ojos vidriosos de ilusión.

Mi «yo observante» es esa parte de mí que observa en paz cuando me digo cosas malas («No puedo hacerlo», «Mi cuerpo no es como querría», «En realidad no soy tan listo», etc.).

Es esa parte que a veces solo se limita a observar cómo me hablo, pero que otras se niega a aceptarlo y contraataca diciendo que no me hable así nunca más, que rectifique, que valgo mucho, sin juzgarme.

Ese yo siempre me recibe con una sonrisa , me da la bienvenida con amabilidad y sin juicio, suele estar sentado meditando y me permite contarle todas aquellas cosas de mi día que me preocupan, hablarle de mis miedos, mis inseguridades y mi malestar.

Casualmente siempre tiene respuestas positivas y reparadoras, jamás juzga, y a veces me sorprende con sus consejos.

Estarás pensando que estoy loco, o quizá no terminas de comprender qué significa todo esto, si solo soy yo hablando conmigo mismo.

Pero no es tan simple. Hay que conectar con esa parte de ti mismo que ofrece un amor incondicional y puro, entrenarla, potenciarla.

Cuando dicen que la soledad se vuelve tu amiga en el momento en el que tú te conviertes en tu mejor amigo, en seguridad, están en lo cierto.

Si te fijas, la psicología y la ciencia lo ha llamado «defusión mental» o mindfulness ; en el budismo llevan cinco mil años hablando de ello en meditación, que no es otra cosa que eso, callar la mente y conectar con el verdadero estado del Ser, en silencio.

También tenemos el mismo ejemplo en Jesús de Nazaret, que, aunque se ha malinterpretado mucho, dijo la frase: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos», refiriéndose a que aquellos lo suficientemente abiertos para permitirse la vulnerabilidad, humildad y sencillez de caer y derrumbar todos sus muros, sin mostrar resistencia a la verdad y ver lo que hay debajo, encontrarán «el reino de los cielos» (paz, amor y felicidad).

Las claves están ahí, y por supuesto que puedes estar o no de acuerdo con las distintas religiones o con la Iglesia, pero creo que interpretar estas palabras desde el amor propio y desde lo que, bajo mi punto de vista, querían decir puede ayudar a ver cierta sabiduría en determinados textos que, se suelen asociar a cosas negativas.

Mi proceso como gay no ha sido sencillo, pasé muchos años con tanto dolor que no fui la mejor persona para mucha de la gente que me ha acompañado por el camino.

Y considero que, hasta que no he curado todas esas heridas y he aprendido a quererme desde el núcleo, sin condiciones, sin exigencias, con independencia de mi físico y mi posición social, no he podido empezar a mirar a los demás de la misma forma .

Para poder amar y mirar de forma justa, primero debes haber aprendido a hacerlo contigo.

Y quizá el sentido de todo no sea más que eso: aprender a amarnos en lo más íntimo y sencillo, para después irradiar ese amor hacia los demás .

No importa lo que logremos, lo que tengamos o lo que perdamos; lo que importa es quiénes somos cuando nos quedamos desnudos de todo frente a nosotros mismos.

Y, si en ese momento conseguimos abrazarnos con ternura, entonces ya hemos encontrado el cielo en la tierra.

En mi caso, cada vez que me siento decepcionado o empiezo a cuestionarme el futuro con ansiedad debido a tantos desengaños, lamentos y situaciones injustas que veo en terapia, trato de mirar dentro de mí mismo y encontrar amor, eso es lo que me devuelve la fe en que todo saldrá bien .

Porque es posible que los chicos gais tengamos muchas dificultades añadidas, que hayamos pasado por cosas que no deberíamos haber pasado, que hayamos tenido una adolescencia robada, que muchos se hayan alejado del vínculo emocional para dar paso a lo físico y superficial, pero al final del día todos somos personas con una necesidad de amor y unas ganas de ofrecerlo enormemente grandes , aunque muchos no lo sepan aún.

Detrás del proceso de cada chico gay que he acompañado en terapia, he visto un niño herido y roto que busca sentirse querido y mirado con aceptación.

Y sé que en ese intento de ser «fuertes de espíritu», como mencionábamos antes, muchos han roto completamente con la idea de la vulnerabilidad , muchos se niegan a sentirse —ni siquiera por un solo segundo— víctimas, pero son los que más amor incondicional y aceptación necesitan .

Y, si sientes rabia al leer esto, mi abrazo es aún más grande.

Yo no tengo todas las respuestas, y tú tampoco las necesitas, eso sería muy aburrido .

Lo único que necesitas es recordarte, cada día, que eres suficiente, que mereces amor y que tienes derecho a una vida plena y libre.

Lo demás, esos terribles miedos, prejuicios o dudas, es solo ruido.

Y recuerda que tu historia, como la mía, es la prueba de que sobrevivir no es el final del camino , que somos como ese fénix que renace de sus cenizas una y otra vez, cada vez más poderoso y brillante.

Este es solo el inicio, pero quedan muchos caminos por recorrer.

Por eso, cuando cierres este libro, mi querido hermano gay (creo que ya puedo llamarte así), espero que recuerdes algo: nunca estarás solo .

Dentro de ti hay una voz que te acompaña, una fuerza insondable que te sostiene, un amor infinito que siempre te estuvo esperando.

El tiempo pasará, las arrugas llegarán, el mundo cambiará mil veces, pero esa luz interior seguirá intacta, disponible, infinita, eterna.

Abrázala. Confía en ella y confía en ti.

Y desde ahí vive, ama y comparte con orgullo tu camino con cada persona dispuesta a aportar luz en él.

Doy gracias a la vida por haber nacido gay, sin eso no existiría la persona en la que me he convertido y de la que estoy orgulloso.