CAPÍTULO 29 Donde la torre decide quién entra y quién sale
El suelo se abrió bajo los pies de Ana como si la torre quisiera tragársela de una vez. No era una caída. No era un descenso. Era una sentencia .
La torre habló desde todas partes.
—Uno entra. Uno sale.
Ana apretó los dientes.
—No esta vez.
La figura apareció a su derecha. Alta. Delgada. Inclinada hacia delante. Su sombra era más larga que su cuerpo, como si la torre la estirara para ocupar más espacio.
—Siempre esta vez —dijo la figura—. Siempre ha sido así.
Mario estaba frente a ella. Inmóvil. Respirando como si cada inhalación fuera un castigo. Sus ojos vacíos parecían dos huecos que absorbían la luz.
Ana dio un paso hacia él.
—Mario…
Él levantó la cabeza. Su voz era un eco deformado.
—Ana… No vuelvas a dejarme dentro.
Ana sintió que el aire se le rompía en el pecho.
—Voy a sacarte.
Mario negó.
—No puedes.
El niño blanco habló con la voz del niño que había golpeado la puerta veinte años atrás.
—Si lo sacas… yo entro.
Ana se giró hacia él.
—No vas a entrar.
El niño blanco inclinó la cabeza.
—Ya estoy dentro.
La torre vibró. Las paredes se cerraron. El suelo se inclinó.
La figura habló:
—La torre exige un precio.
Ana levantó la llave.
—Entonces lo pagaré.
Mario gritó:
—¡Ana, no! ¡No vuelvas a hacerlo!
La torre respondió con un sonido que no pertenecía a ningún ser vivo. Un sonido que parecía venir de debajo de la piel del mundo.
—Elige.
Ana apretó la llave. El metal ardía. La torre respiraba. El niño blanco avanzaba. Mario temblaba.
La figura habló:
—Uno entra. Uno sale. Decide.
Ana levantó la llave hacia la oscuridad.
—Voy a sacarlo.
La torre se cerró de golpe. El aire desapareció. La sala se inclinó. El niño blanco gritó. Mario avanzó hacia ella como si algo detrás de él lo empujara.
La figura habló por última vez:
—La torre ya eligió.
Ana gritó:
—¡No! ¡La elección es mía!
La torre respondió.
Y el suelo se abrió del todo.
El suelo se abrió del todo.
Ana cayó. Mario cayó. El niño blanco cayó.
Pero no juntos. No en la misma dirección. No hacia el mismo destino.
La torre los separó como si cada uno perteneciera a un nivel distinto del horror.
Ana sintió que el aire desaparecía. Que la oscuridad se volvía líquida. Que la caída no era caída, sino absorción .
La llave 17‑B ardía en su mano. El metal vibraba como si quisiera escapar de ella.
La torre habló desde todas partes.
—La elección ya estaba hecha.
Ana gritó:
—¡No! ¡La elección es mía!
La torre respondió:
—La elección fue tuya hace veinte años.
Ana sintió que el corazón se le detenía.
—No…
La oscuridad se abrió.
Y Ana cayó en una sala que no había visto antes.
Una sala sin paredes. Sin techo. Sin suelo.
Solo puertas .
Decenas. Cientos. Miles.
Todas iguales. Todas metálicas. Todas con el mismo número grabado:
17‑B.
Ana sintió que la respiración se le rompía.
—No… No puede ser…
La torre habló:
—Cada puerta es una decisión.
Ana avanzó hacia la más cercana.
—Mario…
La torre respondió:
—Él está detrás de una de ellas.
Ana apretó la llave.
—Voy a encontrarlo.
La torre habló:
—Si lo encuentras… tú entras.
Ana levantó la llave.
—Entonces entraré.
La torre vibró. Las puertas temblaron. El aire se volvió más denso.
—La torre no admite dos salidas —dijo la voz.
Ana gritó:
—¡No me importa!
La torre respondió:
—A él sí.
Ana se detuvo.
—¿Qué significa eso?
La torre habló:
—Mario eligió.
Ana sintió un golpe en el pecho.
—No… Mario no…
La torre respondió:
—Él eligió quién debía salir.
Ana retrocedió.
—No… No puede ser…
La torre habló:
—Él eligió que fueras tú.
Ana sintió que el mundo se derrumbaba.
—Mario…
La torre continuó:
—Él abrió la puerta para ti. Él bloqueó la cerradura desde dentro. Él se quedó para que tú salieras.
Ana cayó de rodillas.
—No… No… No…
La torre habló:
—La elección fue suya. No tuya.
Ana levantó la cabeza.
—¿Dónde está?
La torre respondió:
—Detrás de la puerta que tú bloqueaste.
Ana apretó la llave.
—Voy a abrirla.
La torre habló:
—Si la abres… él sale. Pero tú entras.
Ana se levantó.
—Voy a abrirla.
La torre vibró.
—La torre exige un precio.
Ana levantó la llave hacia la puerta más cercana.
—Voy a pagarlo.
La torre habló por última vez:
—La puerta ya está eligiendo.
Ana tocó el metal.
La puerta 17‑B se abrió.
Y detrás de ella no estaba Mario.
Estaba ella misma .
Ana niña. Sentada en el suelo. Con la llave en la mano. Sonriendo.
La torre habló:
—La elección siempre fuiste tú.
Ana gritó.
La puerta se cerró de golpe.
Y la torre decidió que había llegado el momento de llevarla al final.